viernes, 11 de julio de 2008

El vestido rojo


Ni bien abrió la puerta de su departamento, un deseo impostergable de comenzar el fin de semana lo asaltó. Se quitó los zapatos, dejó el maletín sobre la silla e inmediatamente se dirigió a la cocina. De la forma habitual, tomó un hielo del congelador y lo puso en su vaso preferido. Lo llenó con whisky, aunque cuando ya se disponía a tapar la botella, sirvió esa porción extra que se permitía cuando el cansancio acumulado era demasiado, además, pensó, era viernes.
Con el vaso en la mano pasó junto al equipo de música y puso a sonar aquel compilado de blues que le gustaba escuchar en los momentos de relax. Abrió la puerta del balcón, y sintió con satisfacción esa tibia brisa de primavera, que tanto le agradaba recibir sobre el rostro. Se sentó y puso sus pies descalzos sobre la baranda. El cielo, despejado en gran medida, se preparaba para el espectáculo del ocaso, la hora en que los objetos se despiden de la luz y los sentidos se preparan para ser testigos de esa magia. Tomó un trago y reconoció el amigable sabor de la bebida recorrer su garganta. Pensó en lo fatigosa que había sido la jornada y tuvo la sensación de que el día, en la práctica, ya había concluido. Sólo después de unos minutos se daría cuenta de lo equivocado de su apreciación.
El balcón no era muy alto, sólo tres pisos lo separaban de la calle, pero la abundancia de casas bajas le permitían tener una vista panorámica muy poco común en ese sector de la ciudad. Además, la calle, al no tener salida, era de una tranquilidad inusual.
Le llamó la atención una mujer totalmente vestida de rojo, que se aproximaba por la vereda de enfrente, con un caminar muy sensual. Pese a la distancia, se podía advertir un rostro atractivo y una figura muy llamativa. A mitad de cuadra, justo enfrente a su balcón, ella se detuvo y abrió su cartera. Sacó una libreta y pareció constatar una dirección. De inmediato se acercó a la puerta y pulsó el botón del timbre. La casa a la que se dirigía la mujer, no le resultaba anónima. Varias veces se había fijado en ella, ya que la joven pareja que la habitaba, poseía un llamativo y lujoso coche deportivo, que estacionaban en la calle. Además, como para capturar la atención de cualquier espectador, era habitual que no cerrasen las cortinas de la habitación. Esto hacía que se pudiera observar, a veces, los pies de la pareja sobre el extremo visible de la cama. Era, pensaba él, como en el film: una verdadera ventana indiscreta.
Se abrió la puerta y observó la silueta de la joven rubia que con un beso y una sonrisa daba la bienvenida a la visita de rojo. Entraron y la puerta se cerró cuando ya el horizonte se vestía de rosa y púrpura. Mientras observaba los últimos segundos de vida de su hielo en el fondo del vaso, notó que se encendía la luz de la ventana. Al principio fue sólo la luz, sin nada que anunciara lo que iba a suceder no más tarde que unos pocos minutos. Las sombras que se percibieron luego, tampoco le llamaron la atención. Pero cuando observó, las prendas de vestir de color rojo depositadas en el piso, ya no pudo quitar su mirada de esa ventana.
Por momentos, vio como dos pares de pies, aparecían y desaparecían del extremo de la cama. Una mano casi al pasar y unos cabellos rubios, asomando apenas al campo visual, lo encontraron con su vaso totalmente vacío. Recorrió los pasos que lo separaban de la cocina con un apuro casi desmedido. Llenó su vaso nuevamente y se apresuró a volver a su puesto de vigía. Ya de noche, sólo la tenue luz de la ventana y los cuatro pies entrelazados y vibrantes, le dieron la nueva bienvenida a su balcón.
Con sobresalto notó que por la esquina se aproximaba lentamente el lujoso auto deportivo rojo. Los pensamientos lo arrasaron. Sintió una oleada de adrenalina que lo inmovilizó. Gestó para sí la imagen del marido que entra a su casa y encuentra la escena con la mujer de rojo. Imaginó violencia, sólo verbal al principio, gritos y llantos, amenazas y acusaciones. Se sintió inhabilitado moralmente de no impedir lo peor. Se sintió culpable y hasta cómplice de desatar una escena, de delatar el crimen. Se paró impetuosamente, y decidido a prevenir el fatídico e inevitable desenlace, se dirigió a la calle. Bajó las escaleras casi corriendo y trató de recobrar el aliento cuando el vecino se disponía a cerrar el auto.
-¡Buenas noches!- dijo en un tono medio agitado y con la incertidumbre de no saber como continuar. El muchacho le retribuyó el saludo con gesto de curiosidad, acelerando su propio proceso mental que le dijera si conocía o no a esta persona. Le pareció una cara conocida del barrio, pero no registraba ningún detalle adicional de este individuo que comenzaba a hablarle de su auto y hacerle preguntas sobre el mismo.
-No, no está en venta- respondió secamente. Era evidente que el tipo no sabía nada de autos, y que sus preguntas se dilataban en un sin número de vueltas inconexas, para repetirse y perderse en laberintos de palabras que jamás encontrarían un sentido.
El joven quiso terminar la charla, que ya presentaba visos de inverosimilitud, y dijo
-Bueno, muchas gracias por su interés- con la esperanza de que ese "bueno" prolongado y sereno, actuase como una invitación a concluir la conversación y despedirse. No logró su objetivo.
El hombre, comenzó a percibir que nada había hecho para alertar a la joven rubia, sino tan sólo postergar el momento del encuentro, por lo que comenzó a mostrarse molesto consigo mismo. Nada hacía percibir que desde adentro de la casa se hubieran anoticiado de la llegada del joven.
Casi desesperado y sin saber como continuar, en un acto impulsivo pasó su brazo derecho por el hombro del muchacho, y a modo confidente le dijo:
-Mirá, sé que esto te parecerá una especie de desubicación, pero si no te lo digo ahora, quizás no tenga oportunidad de pedírtelo en otro momento- le dijo en el instante en que las primeras gotas de sudor empezaban a brotar sobre su frente.
-Este auto me vuelve loco- le dijo a modo de declaración, y la idea ya comenzaba a tomar forma en la cabeza del hombre.
-Bueno- dijo el joven -ahora sí que me deja con la intriga. ¿Que es lo que me quería pedir? en una de esas puedo complacerlo- le dijo ya con la certeza de estar decidido a hacer cualquier cosa para despedir al hombre y finalmente entrar en su casa.
-OK, te voy a ser franco y voy a ir al grano- le dijo soltando el hombro del muchacho y mirándolo de frente.
-Siempre quise saber como es la sensación cuando uno se sienta frente al volante de esta joyita. Quizás te parezca que es una locura, pero te estaría inmensamente agradecido si me dejás sentar por un instante en tu auto y tomar el volante- le dijo con total conciencia de lo ridículo de su pedido. Por un momento se replanteó toda esta locura de jugar al Robin Hood barrial para evitar que se descubra la infidelidad de la rubia. La imagen del vestido rojo en el piso a los pies de la cama lo tranquilizó momentáneamente. Esos pies gozosos, vibrantes y entrelazados bien valían ser preservados y protegidos.
-No hay problema hombre. Me lo hubiera dicho desde un principio- exclamó el joven dirigiéndose a la puerta delantera del auto con la llave en su mano.
-Yo también, más de una vez, tuve de esos deseos. Venga, suba, que no hay ningún problema.
El hombre lo miró a los ojos y agradeció su gesto y en especial su comprensión. Entró al auto demorando el momento. Sabía que cuanto más dilatase la entrada del joven a la casa, más posibilidades de que desde adentro se dieran cuenta de la situación.
El auto olía a lavanda, su estado era impecable. El tablero, los asientos y los comandos le hicieron sentir que estaba a bordo de una nave del futuro.
El hombre sacó su mano del volante, con lentitud la llevó al costado y accionó con total alevosía la bocina del vehículo. Había llegado a la conclusión de que la joven rubia debería reconocer la bocina de su propio auto estacionado frente a la puerta de su casa.
-¿¡Qué hace hombre!? ¿¡Qué hace!? ¡déjese de joder con tanto ruido!, parece un chiquilín.
El hombre dio vuelta su cara, y con una sonrisa de niño travieso, lo miró de frente y le confesó:
-Siempre quise hacer esto- dijo como implorando comprensión.
-Disculpame y muchas gracias por tu amabilidad- pronunció mientras se bajaba del auto y observaba como el joven un poco molesto, cerraba con llave la puerta.
-Muchas gracias- repitió con alegría.
Después de una rápida pero casi torpe despedida el joven se dirigió a la puerta de su casa, en tanto que él se apresuró a regresar a su departamento. Se sentía contento por su propia acción. No dudaba de que los sonidos de la bocina hubieran alertado a la rubia. Calculaba, que aunque un poco escaso, el margen de tiempo había sido el suficiente para arreglar las apariencias de la situación.
Llegó al tercer piso, y sin dilaciones se dirigió al balcón. Enorme fue su sorpresa al observar en el extremo de la cama el par de pies entrelazados quietos y laxos. Pensó que su intento había sido en vano, que las mujeres con seguridad se habían dormido, y que no habían podido escuchar la bocina del auto. Sintió con tristeza que el final se aproximaba inexorablemente. Se sentó sin dejar de dirigir su mirada a la ventana.
Cuando los desnudos pies masculinos pisaron el vestido rojo, quedó perplejo.
Fue a la cocina por una nueva recarga de whisky y al retornar encontró a los seis pies fundidos en una incesante caricia que comenzaba a tornarse frenética fricción.
La noche fue larga y la temperatura descendió bastante esa noche en el balcón. Casi con la salida del sol, el vestido rojo emprendió su regreso. El auto del mismo color, contrastaba con los árboles que comenzaban a florecer.

lunes, 7 de julio de 2008

Juegos de a dos


Un caballero jugaba a las damas con una dama.
Se ubicaban frente a frente, separados por una pequeña mesa.
Después de analizar minuciosamente su próxima jugada, él levantó su mirada y dirigiéndola a los ojos de ella le preguntó:
-Vos, ¿te dejás comer?
Ella, obedeciendo a siglos de educación oscura y moralinas de damas, le respondió sin bacilar y en forma casi automática, con una negativa rotunda.
Él se levantó parsimoniosamente, juntó las fichas, plegó el tablero y guardó todo dentro del estuche.
-¡Muy bien!- dijo -de ahora en más, sólo jugaremos a los caballeros.
Y cerró la puerta tras de sí.

viernes, 27 de junio de 2008

Agradecimiento












Buenos Aires, 10 de junio de 2008

Querida Profesora:

Muchas veces pienso en lo injusto que son nuestros recuerdos para con nosotros mismos. Su persona es uno de los recuerdos más lindos que tengo del colegio secundario, llevo presente su cara con bastante precisión, sus palabras y conversaciones, pero no logro recordar su nombre.
Pero no le escribía para comentarle esto, sino para agradecerle. Agradecerle que aquella tarde de cuarto año de bachillerato, Ud. me haya abierto la puerta. Y yo pasé, al principio por la obligación de cumplir con aquel trabajo práctico de su materia, pero casi de inmediato me di cuenta de que había entrado en el lugar más fantástico que había conocido en mis jóvenes 16 años. Enseguida supe que no me iría nunca más.
Recordará Ud. que el trabajo práctico consistía en leer algo así como 100 páginas de "Cien años de soledad" y hacer un ejercicio de análisis del texto. Calculé que el trabajo me iba a llevar gran parte del fin de semana, por lo que mi primera reacción fue de fastidio. ¡Cuan errado estaba! Como yo le comenté a los pocos días: "me devoré" literalmente la totalidad del libro. Me fasciné de tal forma que hice un trabajo práctico imponente, con "árbol genealógico" incluido, lo que casi me valió para aprobar totalmente su materia.
Y la fascinación por la lectura continuó durante los siguientes meses de ese año: "Los premios" de Cortázar, "Crónicas reales" de Mujica Láinez, "El túnel" de Sábato, entre otros.
Quiso la fortuna, que Ud. también tuviese la cátedra de literatura en quinto año. Después de las vacaciones le comenté que me había pasado todo el verano entre "La ciudad y los perros", "El coronel no tiene quién le escriba", "Todos los fuegos, el fuego" y "Pedro Páramo", que Ud., sabiamente me había recomendado.
Todavía tengo grabado en mi memoria, su gesto de sorpresa, cuando le comenté que había decidido entrar en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales. Y sus apesadumbradas palabras de desilusión: "seguramente, las letras se van a perder un gran autor" todavía resuenan entre mis recuerdos.
Debo confesarle también, que si bien una vez egresado, no extrañé para nada el secundario, a nuestras charlas sobre literatura, las comencé a añorar muy rapidamente.
La abraza con afecto

Claudio S.
4°4° y 5°4°
Colegio Nacional Nro. 6 Manuel Belgrano

sábado, 7 de junio de 2008

Arácnidos


Durante lo que les restó de vida y hasta sus últimos instantes, las palabras de aquella gitana no dejaron de perseguirlos.
Todo había comenzado una tarde de domingo de aquel inolvidable verano. Ricardo y Carla hacían su primera salida desde que vivían juntos. Habían ido a visitar la feria de atracciones que hacía unas semanas se había instalado en la ciudad. La tarde había sido maravillosa, se entretuvieron con la montaña rusa y el tren fantasma, y pudieron demostrar sus habilidades en los juegos de tiro al blanco y lanzamiento de pelotas para derribar latas. La tarde se iba convirtiendo en noche, y la temperatura se tornaba muy agradable, cuando decidieron dar por terminado el paseo. Se dirigieron a la salida del predio llevando consigo aquel gigantesco oso peluche como trofeo.
Ricardo había conocido a Carla en el tren. Cuando consiguió aquel trabajo en un comercio del centro comenzó a tomar el que pasaba a las 7:02 por aquella estación de suburbio de la gran ciudad. Desde el primer día notó su presencia en la estación. Siempre sola, se paraba junto a un farol del andén para aprovechar la luz y poder continuar la lectura de su libro. Con el transcurso de los días, ya Ricardo esperaba su presencia y hasta se preocupaba los días en que ella no acudía a esa cotidiana cita de desconocidos. Durante semanas no encontró Ricardo la forma de entablar una conversación que pareciera casual, o al menos no forzada. Sin embargo, él había percibido algunas miradas que le hacían creer, que ella empezaba a notar su diaria presencia. Hasta que un día, de forma totalmente casual -eso quiso creer Ricardo-, Carla trastabilló en el andén dejando escapar el libro de sus manos. Al agacharse a tomar el libro, no pudo Ricardo dejar de notar que se trataba de una novela de Kundera .
-¡No! ¿a vos también te gusta?- le preguntó tímidamente poniendo su dedo índice sobre el nombre del autor. De allí en más no pararon de hablar durante todo el trayecto. Ese mismo día, se encontraron en un café del centro después del horario de trabajo. Intercambiaron vivencias, historias y teléfonos. Se despidieron tarde, con la certeza de estar inmersos en una gran atracción recíproca. El tren diario, tomarla de la mano, y aquel beso primero, fueron el corto camino a un amor tan pasional como inesperado.
Se podía decir que se habían estado esperando mutuamente. Casi agazapados ante la vida, al conocerse, se lanzaron el uno hacia el otro en forma tan natural como espontánea, como si supieran que el otro era a quién estaban esperando.
Los últimos meses, habían comenzado a hablar de convivir. Si bien, hasta allí, todo era ideal entre ellos, interiormente se preguntaban cómo sería traspasar el gran abismo que separa una relación de dos domicilios a una bajo el mismo techo. Era un tema que los mantenía en charlas interminables, que invariablemente culminaban sin la menor conclusión.
-Hay que darle para adelante, y ponerle el pecho a la vida- decía Ricardo ante una más moderada Carla que con dulzura le repetía:
-¡No! es una construcción diaria, que se hace con amor y comprensión.
Y fue así como ese domingo al encaminarse hacia la salida de la feria, se encontraron con la gitana que les ofreció leerles el destino. Ricardo quiso seguir caminando sin siquiera contestar a la oferta, pero Carla pensó que era una buena oportunidad para que les dijeran lo venturoso que se veía el recién comenzado futuro en común. Con una simple mirada convenció a su compañero. La gitana tenía ojos muy grandes y abiertos, que pese a su tamaño, parecían no pestañear jamás. Con tono serio, y con total falta de simpatía, los invitó a ingresar en la carpa donde atendía al público. Carla y Ricardo entraron de la mano y se sentaron frente a la gitana. En el lugar abundaban todos los clásicos objetos del mundo de la quiromancia: barajas, inciensos, una esfera de vidrio y hasta un gran búho embalsamado. A pedido de la gitana, Carla y Ricardo le extendieron sus manos derechas y desconcertados escucharon a la gitana recitar unas cadenciosas letanías en un idioma desconocido. Al culminar esta ceremonia, la gitana abrió sus ojos y ante la luz de una vela comenzó a escudriñar el destino escrito en las manos de la pareja. Al cabo de unos segundos, la cara de la gitana se tornó alterada y sorprendida, con un rápido movimiento tomó con sus manos las de ellos y las juntó, cerrándolas entre las suyas. Este gesto no programado, que al parecer no era parte de la rutina de la adivinación, tomó por sorpresa a los novios que preguntaron casi al unísono que era lo que estaba sucediendo.
-¡Lo he visto, lo he visto!- decía la gitana sin parar de repetir esa inquietante frase.
-¡Por favor! ¡díganos qué es lo que ha visto!- le pidió Carla casi implorando. Al principio, la gitana se sumió en un profundo silencio y su cara se tornó desencajada. Se paró de repente, tomó un gran crucifijo entre sus manos y con gesto solemne y aterrador les dijo:
-La señora de negro, vestida de araña, los va a encontrar muy pronto-.
Totalmente sorprendidos y atemorizados por las palabras que acababan de escuchar, Carla y Ricardo se pararon y comenzaron a retirarse, como si de esa forma pudieran terminar con esta situación que parecía una broma de mal gusto. Ya a unos metros de la carpa, escucharon a la gitana que a los gritos les pedía que esperasen un momento. Con un gesto alterado, que parecía haberla hecho envejecer años, les entregó un par de monedas de plata, pidiéndoles por favor que no las separen nunca, que quizás esto los ayudara a superar el destino escrito en las palmas de sus manos.
Caminaron horas sin decirse palabra. Llegaron tarde y no cenaron. Ya en la cama, fue Ricardo el que habló primero.
-Me imagino que no creerás en absoluto lo que nos dijo- masculló con pretendida despreocupación.
-No, creer no creo, pero te confieso que esto me ha dado un miedo que nunca antes había sentido- susurró Carla sin mirarlo.
-Por las dudas, puse las dos monedas en la cajita del aparador- le dijo a modo de buenas noches.
Durante horas permanecieron acostados en silencio. Ambos con sus miradas clavadas en el cielorraso a oscuras, cada uno siendo conciente de la incómoda vigilia del otro.
Un grito aterrador hizo que Ricardo se despierte sobresaltado y aturdido esa mañana. Encontró al instante a Carla parada en el rincón opuesto de la habitación, cubierta por una sábana, llorando de espanto, con su vista y su dedo índice apuntando hacia arriba. La enorme araña negra que había horrorizado a Carla, se movía lentamente por el cielorraso. De un repentino salto, Ricardo subió a la cama y con una almohada aprisionó a la araña. Con su puño golpeó con furia la almohada, justo en el sector donde calculaba que se encontraba su presa. Finalmente, llevó la almohada plegada al baño, y ambos constataron que el animal se encontraba muerto. Al apretar el botón del inodoro, vieron como el remolino de agua se lo llevaba.
Dominados por la creencia popular de que las arañas andan siempre de a dos, ese día no fueron a trabajar. Comenzaron por las alacenas de la cocina, continuaron por los taparrollos de las ventanas, siguieron por los roperos, y cuando vieron que lo único que les faltaba era buscar dentro de los sillones y el colchón de la cama, se sentaron en el piso y se miraron sin poder entender toda esa frenética búsqueda. Optaron por hacer cierto orden y colocar veneno y cebos por toda la casa.
Pasaron la noche en un hotel. Tuvieron una larga conversación en la que trataron de explicarse este enloquecimiento que los había invadido desde su encuentro con la gitana. Tomaron la decisión de ir al día siguiente a la feria y ver que podían averiguar con esa señora. Fuese cual fuese el resultado de la charla, se comprometieron a tomarse unos días de vacaciones en forma inmediata. Este estado de alteración en el que se veían sumergidos, bien podía estar aumentado por la intensidad en la que habían vivido las últimas semanas.
-Si, lo mejor sería tomarse unos días, lejos de la ciudad, y olvidar toda esta pesadilla- acordaron ambos.
Fue una gran decepción, la mañana siguiente, cuando llegaron al predio donde había estado instalada la feria tan sólo dos días antes. Ahora, ya no había ni rastros de la misma. Preguntaron a los vecinos quienes creían haber escuchado que se habían trasladado al Uruguay. Hicieron como si la noticia no los hubiese afectado y decidieron comenzar de inmediato con las planeadas vacaciones.
Habían tomado la decisión de ir a un lugar en donde no hubiese arañas. Para ello visitaron la biblioteca del museo entomológico donde pudieron investigar, que la altura, y los climas muy áridos y secos no eran favorables para el desarrollo de los arácnidos. Fue así como, con el trasbordo del ómnibus en la ciudad de Mendoza, arribaron a Uspallata dos días después.
Se alojaron en el Gran Hotel, una hermosa edificación que si bien había tenido sus días de esplendor en la década del cincuenta, aún se mantenía en buena forma: un hotel limpio y bien atendido. Pudieron descansar y disfrutar de distendidos paseos bajo el colosal marco de Los Andes y sus celestísimos cielos. No dejaron de preguntar a toda persona de la zona sobre la presencia de arañas, y se tranquilizaron con todas y cada una de las respuestas:
-No, en esta zona no hay arañas-.
Esa mañana, el día se presentaba diáfano y claro como ninguno. Tenían programado salir temprano para aprovechar el último día de su estadía en la montaña. Se dirigieron a desayunar, y se sentaron en una mesa central del salón señorial, que prontamente iría a llenarse de turistas apurados y ruidosos.
Al principio percibieron algo extraño, pero creyeron que sólo había sido una rara sensación. A los pocos segundos, el temblor estalló con toda su intensidad y fuerza. Nunca antes habían estado en un terremoto, y el furioso movimiento los tomó por sorpresa. Carla no podía levantarse de su silla, y Ricardo, con gran dificultad, pudo llegar hacia ella ayudándose con sus rodillas. La tomó de la cintura, la llevó hacia él y la abrazó contra el suelo. Todo era ruido, miedo e interminables sacudidas. A través del polvo que empezaba a invadir el ambiente, Carla y Ricardo vieron como desde el techo del salón se desprendía y caía hacia ellos la gigantesca araña de caireles negros, orgullo del hotel.
Los encontraron abrazados y sin vida.

lunes, 2 de junio de 2008

Lunes


Después de un fin de semana pleno de cariño y música, la alarma del reloj sonó alegre, pese al frío y la oscuridad de ese lunes.
Durante los últimos días había estado pensando en nuevos proyectos, tanto personales como laborales para llevar a cabo. La libertad que ejercía en su vida era algo que valoraba mucho, y lo creativo de su actividad, lo obligaba al desafío permanente de innovar y renovar.
Ese lunes llegó a la oficina con una vitalidad especial, no veía la hora de prender su computadora y comenzar a desarrollar esas ideas que habían ido madurando en su cabeza durante los últimos días.
Tomó el café habitual, el de la primera hora, junto con algunos compañeros. Comentaron las últimas novedades del país y del tiempo, y como ese fin de semana su equipo de fútbol había ganado, fue él quién tocó el tema deportivo, aquel lunes.
Pasó las primeras horas de la mañana sumido en su proyecto, frente a la pantalla de la computadora. Un rato antes del horario de salir a almorzar, sonó el teléfono. La señora que lo ayudaba con las tareas de la casa, había recibido de manos del cartero un sobre manuscrito a su nombre, y quería hacerle conocer este hecho inusual, como si estuviera imaginando lo trascendente de su contenido. Le dijo que pusiera la carta en el primer cajón del escritorio, con palabras que veladamente mostraron su desconcierto. ¿Quién podría haberle mandado una carta hoy en día? pensaba intrigado, sabiendo que todo su universo de contactos y relaciones se movía en la actualidad por medio del correo electrónico, si es que no por teléfono.
Al retornar a su casa, lo primero que hizo fue ir al escritorio a develar la curiosidad acumulada a través de las horas. Abrió el primer cajón de su escritorio y allí estaba la carta. El sobre tenía su nombre y dirección, pero no mostraba remitente. No le fue difícil reconocer la letra de ella. Antes de abrirla, observó que había sido despachada temprano, esa misma mañana, con entrega urgente.
Se sentó, abrió con prolijidad el sobre, como postergando el momento, y comenzó a leer. El mensaje estaba escrito en el primer par de renglones, todo lo demás era justificación de lo que ella no sería capaz. Un sinfín de palabras para explicar, que se quedaba en tierra, por un raro designio que él no alcanzaba a entender. Que el vuelo, decía, que tanta libertad, no habían sido hechas a su medida. Leyó y releyó la carta, analizó cada uno de sus pasajes sacando conclusiones e interpretaciones. Le dolió lo epistolar, lo defraudó el silencio.
Inhaló profundamente, como tratando de digerir esa hiriente revelación manuscrita. Al exhalar, un espeso humo negro comenzó a brotar de su boca.
Conmocionado por lo repentino de la situación, se tomó el cuello e intentó taparse la boca. Desafiante, un hilo fino de humo lograba salir por entre sus dedos y ganar el aire. No dolía, sólo impresionaba. Confundido por la situación trató de sentir algún indicio que le indicara un funcionamiento incorrecto de su cuerpo. Tacto, vista, incluso su respiración, parecían estar en perfecto estado. Se obligó a calmarse, y la sugestión fue disminuyendo. Permaneció sentado y comenzó notar que a medida que continuaba respirando, el humo iba siendo cada vez menos espeso. Al cabo de unos minutos ya era casi imperceptible. Sin embargo, una espesa nube negra comenzaba a dar vueltas por sobre su cabeza, crecía y parecía no extinguirse. Creyó entrever que el humo formaba figuras enigmáticas de fantasmas y otros monstruos. Con total falta de calma fue al baño para verse frente al espejo. Si, allí seguía la nube, tranquila ahora, pero con cierto movimiento oscuro, tal vez aún amenazante. Estuvo un rato observándose, levantó los brazos y los agitó con la intención de despejar el humo, pero éste sólo se adelgazaba un poco para volver a hacerse más denso después de unos segundos.
Pensó en ella. La nube comenzó a encresparse, soltaba por momentos intimidantes relámpagos de ira. Con temor y cautela regresó al escritorio. Replegó la carta y la introdujo en el sobre. Volvió a abrir el primer cajón de su escritorio y guardó la carta.
La nube, seguía en su constante transformación. Ahora moldeaba flechas que volaban frenéticamente a su alrededor.
Cerró el cajón con decisión y firmeza. La nube, entonces, dibujó primero una ronda de notas musicales, claves de sol y corcheas, para comenzar a disolverse muy lentamente.

viernes, 30 de mayo de 2008

El ilusionista


Y de pronto, ahí estaba ella. El no la esperaba, tampoco la conocía. El no sabía que cosas así pudieran suceder, ni existir. Todo cambiaría a partir de ese momento. El tiempo pasó a ser un antes y un después de Marumbá.
Su vida era el ilusionismo. Eugenio fue ilusionista desde el día en que su madre le regaló un juego de magia para principiantes, en su cumpleaños número siete. Fue entonces cuando comenzó a realizar sus primeros trucos. Primero fue en familia, después con amigos, para finalmente convertirse en un profesional, muchos años después.
La vocación por ser ilusionista fue muy fuerte. Ya cuando promediaba el secundario, tuvo las primeras discusiones con sus padres, que insistían en que debía estudiar una carrera universitaria. Para ese entonces, Eugenio ya se encontraba haciendo pequeños shows, en los que verdaderamente mostraba una habilidad inusual. Sentía que ése era su modo de vivir. Con gran pasión renovaba constantemente sus actos y dedicaba toda su energía para perfeccionar hasta los últimos detalles. Finalmente, cuando los ingresos comenzaron a ser significativos y estables, se mudó e instaló un taller para construir todos los accesorios y artefactos para sus propios trucos. No le gustaba que le dijeran mago. Decía que lo que hacía eran ilusiones, y sus actos consistían en ilusionar a los niños.
Esa tarde, Eugenio se encontraba en su taller terminando su última invención: una caja del tamaño de un ser humano, en la que hacía entrar a su ayudante. A continuación, la caja era sometida a una serie de artilugios mecánicos que la reducían al tamaño de una caja de zapatos. El acto terminaba cuando la caja era devuelta a su tamaño original, y la ayudante salía caminando en perfecto estado. No estaba conforme aún. Había resortes y bisagras cuya apariencia tosca y rudimentaria, todavía le imprimían a la caja un aspecto poco cautivante. Y si había algo que Eugenio sabía del público, era justamente eso, que debía ser cautivado para poder llevar a cabo el arte de la ilusión. Miraba la caja, montaba nuevos herrajes e ideaba nuevos mecanismos, sin embargo, no llegaba a finalizar con éxito ninguna de las refacciones.
Y allí estaba la caja, sobre la gran mesa del taller. Al final, casi jugando, y un poco por aburrimiento, tomó su varita mágica entre los dedos de su mano derecha, y con una mezcla de ironía y descreimiento dijo muy suavemente "y ahora, señoras y señores, de esta caja, aparecerá alguien a quien no podrán olvidar", dio vuelta su cabeza, quizá como dirigiéndole una mirada al público y exigió: "aplausos, por favor". Y con exagerado, pero delicado gesto tocó con la punta de su varita, la sorprendente caja.
Sintió Eugenio un leve crujido provenir de su nuevo artefacto, a lo que no dio mayor importancia ya que sabía lo que era trabajar con madera recién cortada. Pero, cuando los sonidos continuaron inequívocamente saliendo de la caja, se asustó. Corrió hacia el marco de la puerta y desde allí comenzó a mirar lo que estaba sucediendo en su taller. Al cabo de unos minutos, la tapa se abrió sostenida por una mano rebosante en anillos y pulseras. Eugenio no podía creer que esto estuviese sucediendo, hacía instantes había visto el interior de la caja totalmente vacío, sin embargo, una imponente mujer comenzaba a incorporarse desde su interior. Su sonrisa no podía inspirar más que confianza. Sus ojos no podían significar más que dulzura. Su cuerpo cobrizo no podía más que alojar placeres paradisíacos.
Y de pronto, ahí estaba ella. El no la esperaba, tampoco la conocía. No sabía que cosas así pudieran suceder, ni existir. Alta, con curvas inimaginadas, sus pechos parecían indicar el camino al cielo. Vestía una especie de bikini verde totalmente ornamentado con variadas frutas y flores de pequeño tamaño. Lo mismo el turbante con que cubría su cabeza, por el que asomaban castaños cabellos ensortijados. Su aspecto le hizo recordar a aquellas sensuales cantantes de rumba de las bandas de música tropical de los años cincuenta. Embelezado, la vio pararse sobre la mesa, extender una mano hacia él y decirle con dulzura irreverente "Marumbá". Casi en estado de levitación espiritual, Eugenio se acercó a la mesa y con un gesto amable invitó a la mujer a descender. Ya sobre el piso, le preguntó su nombre, a lo que la mujer respondió "Marumbá". Le preguntó de donde venía y respondió: "Marumbá". Sin entender lo que estaba sucediendo, Eugenio la invitó a sentarse, y ella accedió sin esconder esa sonrisa que no dejaba de cautivarlo. Eugenio se sentó a su lado y trató infructuosamente de obtener alguna información sobre ella. Marumbá era siempre la única palabra que recibía como respuesta. No pudo dejar de llamarla de esta forma.
Al cabo de unos minutos de mirarla y admirarla, le tomó la mano, ella le tomó la otra. Sus miradas se mezclaron durante unos minutos, mientras las palabras parecieron ausentarse para siempre. Las sonrisas se convirtieron en labios que se buscaban con decisión y temor. Hasta que se encontraron. El beso trasvasó cualquier dimensión. Sus brazos se entrelazaron y sus manos se acariciaron sintiendo que nunca habían acariciado. Marumbá no era una mujer, era todas las mujeres de todos los tiempos, su esencia y presencia. Eugenio, que sentía que comenzaba a nacer nuevamente, tomó con ambas manos sus mejillas y mirándola a los ojos le confesó lo que ella ya sabía.
Se amaron entre sensaciones desconocidas, nuevas y avasallantes. El amor con Marumbá era empezar a conocer el amor, como un tifón en alta mar, como una eterna caída al vacío. Y era a su vez como regresar al abrigo del puerto demandado, como experimentar la tibieza de un refugio ansiado. El deseo de pertenecerle, era casi una imposición de su voluntad, ya sin albedrío.
Al tercer día tomó la decisión. Su corazón le pertenecía y ya no concebía la posibilidad de no estar junto a ella.
La condujo hacia la caja, la acomodó, le besó los labios y con deliberada dulzura cerró la tapa. Tomó la varita mágica entre los dedos de su mano derecha, y con temor y enorme esperanza dijo "Señoras y señores, he aquí un viaje a Marumbá". Y con extrema delicadeza tocó con la punta de su varita la sorprendente caja.
Al levantar la tapa y constatar su ausencia no supo si llorar o dar una exclamación de felicidad. De inmediato tomó una hoja de papel, escribió una improvisada despedida, y la depositó sobre su escritorio. Luego se puso la galera de hacer aparecer conejos sobre su cabeza, se introdujo en la caja y con tranquilidad renovada bajó la tapa desde adentro, oscureciendo su entorno, y su historia. Tomó la varita mágica entre los dedos de su mano derecha, y con enorme esperanza dijo para sí "Señoras y señores, he aquí un viaje a Marumbá". Y con delicadeza extrema volvió a tocar, por última vez, con la punta de su varita, la sorprendente caja.

viernes, 16 de mayo de 2008

El inventor


Ya desde la mañana, Eulogio Montes presentía que ése sería un día especial.
No pudo dejar de pensar en ello durante toda la jornada.
Empleado oscuro, pero bien conceptuado por su prolijidad y esmero al momento de realizar sus labores, Eulogio disfrutaba de la soledad en la que llevaba a cabo su trabajo en el archivo de una delegación municipal. Entre pasillos y pilas de expedientes, desviaba tiempo de sus quehaceres menos urgentes, para estudiar e imaginar nuevos inventos. Su sector era un muestrario representativo de lo que su ingenio podía llegar a concebir: el reóstato hidrotérmico, que era un dispositivo para calentar el agua para el mate a temperatura ideal, la tele-aspireta o sea una aspiradora a control remoto y una silla con rueditas que se movía hacia el lugar donde se emitía un silbido, la que aún no había sido bautizada. Pero desde hacía un año, una única máquina le concentraba toda su atención.
Egresado como alumno ejemplar de la escuela de educación técnica de la zona, comenzó desde ese momento una carrera meteórica como ingeniero autodidacta. Entre sus lecturas alternaba tratados de física cuántica con catálogos de ferretería, desde la revista Mecánica Popular hasta la tabla de logaritmos de Howell, entre otros títulos. El taller, que después de mucho esfuerzo pudo montar en el galponcito del fondo de su casa, era el orgullo del barrio. Eximio usuario de la regla de cálculo, se vio forzado a abandonar su uso ante el avance de la tecnología de las calculadoras de bolsillo. Nostálgico, aún guardaba aquella regla en su bolsita de terciopelo, la que de tanto en tanto abría para apreciar su belleza y lo ingenioso de su construcción. Invariablemente, terminaba con las manos sobre sus ojos para evitar la salida de alguna lágrima.
Eulogio se decía y repetía que esta próxima invención no podía fallar. Que la máquina sería una sensación que revolucionaría no sólo la ingeniería, sino también las leyes de la física clásica. Convencido de haber revisado meticulosamente todos los cálculos y detalles constructivos, se repetía que el éxito estaba garantizado. Hacía dos días el comisionista le había entregado aquel retén de doble fase, que tanto había estado buscando. Ya instalado y probado, sólo restaba poner la máquina en funcionamiento. Sin embargo, la imagen de Margarita Paredes, no lo dejaba en paz. La recurrencia de ese tan poco feliz recuerdo, lo intranquilizaba. Y no era para menos, con el quilombo que se había armado en el barrio el día ese. Para aquel entonces, Eulogio había terminado de armar su último invento: el reductor isofásico fibromuscular. Era un aparato que producía un adelgazamiento muy importante en las zonas donde se constataban excesos de tejido adiposo. Como buen hombre de ciencias, Eulogio probó su aparato con la Chachi, una perra que de tantos años ya sólo comía y casi no caminaba, acumulando importantes excesos de grasa. Ante la presencia de las fuerzas vivas de la sociedad de fomento y otras celebridades del barrio, Eulogio procedió ese día a introducir la perra en la cámara de reducción. Con cierto nerviosismo, prendió la misteriosa máquina, y al cabo de cinco minutos de zumbidos y chisporroteos, abrió ceremoniosamente la compuerta. Ante el asombro de los presentes, la Chachi salió caminando con unos cuantos kilos menos, -si hasta parecía más joven la perra- pensó Eulogio. El murmullo se transformó en vivas y felicitaciones al gran vecino que haría historia en los anales de las invenciones. La noticia no tardó en propagarse, y los vecinos se acercaron incrédulos a ver la gran transformación de la Chachi, a quién todo el barrio conocía. Vinieron con botellas de sidra, se sacaron fotos con Eulogio y su invento, pidieron autógrafos y finalmente, se dispararon fuegos de artificio. Todo era festejo y algarabía en el taller de Eulogio, hasta que a doña Remigia se le ocurrió lo que después se iría a transformar en el eje de la tragedia.
-Sabía Ud. Eulogio,-le dijo la señora mientras movía estudiadamente sus brazos -que la Marga, mi hija, ha sido seleccionada para ir a participar al concurso de Miss Belleza de Coronel Garmondia, ¿no?-. Debido a que algo ya había oído, la noticia no sorprendió a Eulogio. Conociendo a la Marga, una chica que se destacaba por sobre el resto debido a su impactante figura, -la elección no habría podido ser más justiciera-, pensó. Casi sin pausa, continuó la madre ¬sin moderar sus ademanes, -Mire, la cosa es que yo la veo que se me excedió un poco en las fiestas y le están apareciendo unos rollitos un poco, ¿como decirle?, un poco antiestéticos ¿vio?-. Eulogio empezó a sospechar las intenciones de doña Remigia pero decidió no adelantar una respuesta hasta tener la certeza de la propuesta. Finalmente, la señora apoyando firmemente sus manos sobre la cintura fue a la carga frontalmente:-¿No le parece a Ud. que podríamos poner a la nena un ratito en la máquina y así dejarle el cuerpo un poco más espléndido?-. Antes de que él comience a reaccionar, su madre, que no se había perdido palabra del monólogo, agregó -¡Si Eulogito! imaginate la gloria y reconocimiento que traería al pueblo un título tan importante como el de reina de la belleza-. Al instante, los muchachos del bar empezaron a cantar "que pongan a la Marga, lalá, lalá lalá". Ya de nada le sirvió a Eulogio decir que a la máquina todavía le faltaban ajustes y un prudencial periodo de prueba: los pibes del Club Once Voluntades ya habían alzado a la Marga y la habían introducido en la cámara de reducción isofásica fibromuscular. De nada le sirvió a Eulogio, decir que era peligroso y que él no iba a participar en tan riesgosa maniobra. Pero fue allí, cuando el grito de "¡Eulogio cagón!" que se escuchó venir de fondo del taller, le tocó el amor propio. -¡Cagón, las pelotas!- retrucó el inventor con un bramante grito y de inmediato tomó la decisión de llevar a cabo la prueba.
Ahí estaba la Marga, linda piba, acostada sobre la parte inferior de la cámara reductora; con su pollerita corta y su musculosa ajustada, la que si bien le remarcaba los insipientes rollos, también le hacía resaltar aún más esos prominentes y tan admirados senos. Con carita de inocencia y cierto nervio, lo miraba a Eulogio como si fuese el salvador de sus excesivas ingestas. Ante el clamor de la concurrencia, cada vez más exaltada, Eulogio cerró la tapa de la cámara reductora, miró al cura y se persignó. Con dedos temblorosos accionó el botón de encendido, y al instante comenzaron los zumbidos y chisporroteos. Eulogio miró la cara de la madre de la Marga y forzó una sonrisa. Con un gesto de confianza y alegría doña Remigia le devolvió una agradecida mirada, mientras Eulogio pensaba -¡cuanta inconciencia!
Los fatídicos cinco minutos parecían no concluir jamás. La gente miraba sus relojes pulsera con avidez y las expectativas crecían en forma inconmensurable. Ya faltando pocos segundos para el tiempo predeterminado, los muchachos del café volvieron a la carga con sus cánticos de loas hacia el gran inventor, los que fueron coreados inmediatamente por la integridad de la concurrencia. Al cumplirse el tiempo establecido, Eulogio levantó su mano acallando todo tipo de expresión festiva y accionó el botón de apagado. Con parsimoniosa lentitud, quitó la traba de la cámara y abrió el compartimiento.
Allí seguía la Marga. Acurrucada, mostraba la misma sonrisita y carita de inocencia que al principio. Al notar que era el centro de atención de todos, sintió que era su instante de gloria y con un movimiento gimnástico se incorporó de un salto levantando sus brazos en pose casi circense. Al instante, los aplausos inundaron el taller. Al cabo de unos segundos se escucharon algunos murmullos, los que rápidamente se convirtieron en abucheo generalizado. Luego, todo se convirtió en un caos demencial. La Marga, si bien había adelgazado, ya no tenía tetas.
Le costó años a Eulogio reconstruir el tallercito. Los pibes del club se habían descontrolado aquella noche destruyendo todo lo que encontraban a su paso.
Trató de dominar sus pensamientos y convencerse de que esta vez todo había sido calculado y revisado, y que nada podía fallar. Tomó confianza y de a poco los recuerdos de Margarita Paredes comenzaron a desvanecerse.
-Esta vez, es todo distinto-, pensó. -Nadie sabe nada.