viernes, 30 de mayo de 2008

El ilusionista


Y de pronto, ahí estaba ella. El no la esperaba, tampoco la conocía. El no sabía que cosas así pudieran suceder, ni existir. Todo cambiaría a partir de ese momento. El tiempo pasó a ser un antes y un después de Marumbá.
Su vida era el ilusionismo. Eugenio fue ilusionista desde el día en que su madre le regaló un juego de magia para principiantes, en su cumpleaños número siete. Fue entonces cuando comenzó a realizar sus primeros trucos. Primero fue en familia, después con amigos, para finalmente convertirse en un profesional, muchos años después.
La vocación por ser ilusionista fue muy fuerte. Ya cuando promediaba el secundario, tuvo las primeras discusiones con sus padres, que insistían en que debía estudiar una carrera universitaria. Para ese entonces, Eugenio ya se encontraba haciendo pequeños shows, en los que verdaderamente mostraba una habilidad inusual. Sentía que ése era su modo de vivir. Con gran pasión renovaba constantemente sus actos y dedicaba toda su energía para perfeccionar hasta los últimos detalles. Finalmente, cuando los ingresos comenzaron a ser significativos y estables, se mudó e instaló un taller para construir todos los accesorios y artefactos para sus propios trucos. No le gustaba que le dijeran mago. Decía que lo que hacía eran ilusiones, y sus actos consistían en ilusionar a los niños.
Esa tarde, Eugenio se encontraba en su taller terminando su última invención: una caja del tamaño de un ser humano, en la que hacía entrar a su ayudante. A continuación, la caja era sometida a una serie de artilugios mecánicos que la reducían al tamaño de una caja de zapatos. El acto terminaba cuando la caja era devuelta a su tamaño original, y la ayudante salía caminando en perfecto estado. No estaba conforme aún. Había resortes y bisagras cuya apariencia tosca y rudimentaria, todavía le imprimían a la caja un aspecto poco cautivante. Y si había algo que Eugenio sabía del público, era justamente eso, que debía ser cautivado para poder llevar a cabo el arte de la ilusión. Miraba la caja, montaba nuevos herrajes e ideaba nuevos mecanismos, sin embargo, no llegaba a finalizar con éxito ninguna de las refacciones.
Y allí estaba la caja, sobre la gran mesa del taller. Al final, casi jugando, y un poco por aburrimiento, tomó su varita mágica entre los dedos de su mano derecha, y con una mezcla de ironía y descreimiento dijo muy suavemente "y ahora, señoras y señores, de esta caja, aparecerá alguien a quien no podrán olvidar", dio vuelta su cabeza, quizá como dirigiéndole una mirada al público y exigió: "aplausos, por favor". Y con exagerado, pero delicado gesto tocó con la punta de su varita, la sorprendente caja.
Sintió Eugenio un leve crujido provenir de su nuevo artefacto, a lo que no dio mayor importancia ya que sabía lo que era trabajar con madera recién cortada. Pero, cuando los sonidos continuaron inequívocamente saliendo de la caja, se asustó. Corrió hacia el marco de la puerta y desde allí comenzó a mirar lo que estaba sucediendo en su taller. Al cabo de unos minutos, la tapa se abrió sostenida por una mano rebosante en anillos y pulseras. Eugenio no podía creer que esto estuviese sucediendo, hacía instantes había visto el interior de la caja totalmente vacío, sin embargo, una imponente mujer comenzaba a incorporarse desde su interior. Su sonrisa no podía inspirar más que confianza. Sus ojos no podían significar más que dulzura. Su cuerpo cobrizo no podía más que alojar placeres paradisíacos.
Y de pronto, ahí estaba ella. El no la esperaba, tampoco la conocía. No sabía que cosas así pudieran suceder, ni existir. Alta, con curvas inimaginadas, sus pechos parecían indicar el camino al cielo. Vestía una especie de bikini verde totalmente ornamentado con variadas frutas y flores de pequeño tamaño. Lo mismo el turbante con que cubría su cabeza, por el que asomaban castaños cabellos ensortijados. Su aspecto le hizo recordar a aquellas sensuales cantantes de rumba de las bandas de música tropical de los años cincuenta. Embelezado, la vio pararse sobre la mesa, extender una mano hacia él y decirle con dulzura irreverente "Marumbá". Casi en estado de levitación espiritual, Eugenio se acercó a la mesa y con un gesto amable invitó a la mujer a descender. Ya sobre el piso, le preguntó su nombre, a lo que la mujer respondió "Marumbá". Le preguntó de donde venía y respondió: "Marumbá". Sin entender lo que estaba sucediendo, Eugenio la invitó a sentarse, y ella accedió sin esconder esa sonrisa que no dejaba de cautivarlo. Eugenio se sentó a su lado y trató infructuosamente de obtener alguna información sobre ella. Marumbá era siempre la única palabra que recibía como respuesta. No pudo dejar de llamarla de esta forma.
Al cabo de unos minutos de mirarla y admirarla, le tomó la mano, ella le tomó la otra. Sus miradas se mezclaron durante unos minutos, mientras las palabras parecieron ausentarse para siempre. Las sonrisas se convirtieron en labios que se buscaban con decisión y temor. Hasta que se encontraron. El beso trasvasó cualquier dimensión. Sus brazos se entrelazaron y sus manos se acariciaron sintiendo que nunca habían acariciado. Marumbá no era una mujer, era todas las mujeres de todos los tiempos, su esencia y presencia. Eugenio, que sentía que comenzaba a nacer nuevamente, tomó con ambas manos sus mejillas y mirándola a los ojos le confesó lo que ella ya sabía.
Se amaron entre sensaciones desconocidas, nuevas y avasallantes. El amor con Marumbá era empezar a conocer el amor, como un tifón en alta mar, como una eterna caída al vacío. Y era a su vez como regresar al abrigo del puerto demandado, como experimentar la tibieza de un refugio ansiado. El deseo de pertenecerle, era casi una imposición de su voluntad, ya sin albedrío.
Al tercer día tomó la decisión. Su corazón le pertenecía y ya no concebía la posibilidad de no estar junto a ella.
La condujo hacia la caja, la acomodó, le besó los labios y con deliberada dulzura cerró la tapa. Tomó la varita mágica entre los dedos de su mano derecha, y con temor y enorme esperanza dijo "Señoras y señores, he aquí un viaje a Marumbá". Y con extrema delicadeza tocó con la punta de su varita la sorprendente caja.
Al levantar la tapa y constatar su ausencia no supo si llorar o dar una exclamación de felicidad. De inmediato tomó una hoja de papel, escribió una improvisada despedida, y la depositó sobre su escritorio. Luego se puso la galera de hacer aparecer conejos sobre su cabeza, se introdujo en la caja y con tranquilidad renovada bajó la tapa desde adentro, oscureciendo su entorno, y su historia. Tomó la varita mágica entre los dedos de su mano derecha, y con enorme esperanza dijo para sí "Señoras y señores, he aquí un viaje a Marumbá". Y con delicadeza extrema volvió a tocar, por última vez, con la punta de su varita, la sorprendente caja.

2 comentarios:

natibé dijo...

Ilusionarse con la magia del amor. ¿Eso será Marumba?
Como sea, cualquier excusa es válida para que nos maravilles con tu magia cuentista.

ade dijo...

- No se muy bien que pasa que no entra el comentarío, vuelvo entonces a comentar.
Me gustan tus cuentos, sos un romantico soñador. No hay nada más lindo que tener a un ilusionista.
Sos el Claudio que no quiere gerundios apilados? Felicitaciones.
Las pinturas son exelentes, un gran artista tu padre.