viernes, 16 de mayo de 2008

El inventor


Ya desde la mañana, Eulogio Montes presentía que ése sería un día especial.
No pudo dejar de pensar en ello durante toda la jornada.
Empleado oscuro, pero bien conceptuado por su prolijidad y esmero al momento de realizar sus labores, Eulogio disfrutaba de la soledad en la que llevaba a cabo su trabajo en el archivo de una delegación municipal. Entre pasillos y pilas de expedientes, desviaba tiempo de sus quehaceres menos urgentes, para estudiar e imaginar nuevos inventos. Su sector era un muestrario representativo de lo que su ingenio podía llegar a concebir: el reóstato hidrotérmico, que era un dispositivo para calentar el agua para el mate a temperatura ideal, la tele-aspireta o sea una aspiradora a control remoto y una silla con rueditas que se movía hacia el lugar donde se emitía un silbido, la que aún no había sido bautizada. Pero desde hacía un año, una única máquina le concentraba toda su atención.
Egresado como alumno ejemplar de la escuela de educación técnica de la zona, comenzó desde ese momento una carrera meteórica como ingeniero autodidacta. Entre sus lecturas alternaba tratados de física cuántica con catálogos de ferretería, desde la revista Mecánica Popular hasta la tabla de logaritmos de Howell, entre otros títulos. El taller, que después de mucho esfuerzo pudo montar en el galponcito del fondo de su casa, era el orgullo del barrio. Eximio usuario de la regla de cálculo, se vio forzado a abandonar su uso ante el avance de la tecnología de las calculadoras de bolsillo. Nostálgico, aún guardaba aquella regla en su bolsita de terciopelo, la que de tanto en tanto abría para apreciar su belleza y lo ingenioso de su construcción. Invariablemente, terminaba con las manos sobre sus ojos para evitar la salida de alguna lágrima.
Eulogio se decía y repetía que esta próxima invención no podía fallar. Que la máquina sería una sensación que revolucionaría no sólo la ingeniería, sino también las leyes de la física clásica. Convencido de haber revisado meticulosamente todos los cálculos y detalles constructivos, se repetía que el éxito estaba garantizado. Hacía dos días el comisionista le había entregado aquel retén de doble fase, que tanto había estado buscando. Ya instalado y probado, sólo restaba poner la máquina en funcionamiento. Sin embargo, la imagen de Margarita Paredes, no lo dejaba en paz. La recurrencia de ese tan poco feliz recuerdo, lo intranquilizaba. Y no era para menos, con el quilombo que se había armado en el barrio el día ese. Para aquel entonces, Eulogio había terminado de armar su último invento: el reductor isofásico fibromuscular. Era un aparato que producía un adelgazamiento muy importante en las zonas donde se constataban excesos de tejido adiposo. Como buen hombre de ciencias, Eulogio probó su aparato con la Chachi, una perra que de tantos años ya sólo comía y casi no caminaba, acumulando importantes excesos de grasa. Ante la presencia de las fuerzas vivas de la sociedad de fomento y otras celebridades del barrio, Eulogio procedió ese día a introducir la perra en la cámara de reducción. Con cierto nerviosismo, prendió la misteriosa máquina, y al cabo de cinco minutos de zumbidos y chisporroteos, abrió ceremoniosamente la compuerta. Ante el asombro de los presentes, la Chachi salió caminando con unos cuantos kilos menos, -si hasta parecía más joven la perra- pensó Eulogio. El murmullo se transformó en vivas y felicitaciones al gran vecino que haría historia en los anales de las invenciones. La noticia no tardó en propagarse, y los vecinos se acercaron incrédulos a ver la gran transformación de la Chachi, a quién todo el barrio conocía. Vinieron con botellas de sidra, se sacaron fotos con Eulogio y su invento, pidieron autógrafos y finalmente, se dispararon fuegos de artificio. Todo era festejo y algarabía en el taller de Eulogio, hasta que a doña Remigia se le ocurrió lo que después se iría a transformar en el eje de la tragedia.
-Sabía Ud. Eulogio,-le dijo la señora mientras movía estudiadamente sus brazos -que la Marga, mi hija, ha sido seleccionada para ir a participar al concurso de Miss Belleza de Coronel Garmondia, ¿no?-. Debido a que algo ya había oído, la noticia no sorprendió a Eulogio. Conociendo a la Marga, una chica que se destacaba por sobre el resto debido a su impactante figura, -la elección no habría podido ser más justiciera-, pensó. Casi sin pausa, continuó la madre ¬sin moderar sus ademanes, -Mire, la cosa es que yo la veo que se me excedió un poco en las fiestas y le están apareciendo unos rollitos un poco, ¿como decirle?, un poco antiestéticos ¿vio?-. Eulogio empezó a sospechar las intenciones de doña Remigia pero decidió no adelantar una respuesta hasta tener la certeza de la propuesta. Finalmente, la señora apoyando firmemente sus manos sobre la cintura fue a la carga frontalmente:-¿No le parece a Ud. que podríamos poner a la nena un ratito en la máquina y así dejarle el cuerpo un poco más espléndido?-. Antes de que él comience a reaccionar, su madre, que no se había perdido palabra del monólogo, agregó -¡Si Eulogito! imaginate la gloria y reconocimiento que traería al pueblo un título tan importante como el de reina de la belleza-. Al instante, los muchachos del bar empezaron a cantar "que pongan a la Marga, lalá, lalá lalá". Ya de nada le sirvió a Eulogio decir que a la máquina todavía le faltaban ajustes y un prudencial periodo de prueba: los pibes del Club Once Voluntades ya habían alzado a la Marga y la habían introducido en la cámara de reducción isofásica fibromuscular. De nada le sirvió a Eulogio, decir que era peligroso y que él no iba a participar en tan riesgosa maniobra. Pero fue allí, cuando el grito de "¡Eulogio cagón!" que se escuchó venir de fondo del taller, le tocó el amor propio. -¡Cagón, las pelotas!- retrucó el inventor con un bramante grito y de inmediato tomó la decisión de llevar a cabo la prueba.
Ahí estaba la Marga, linda piba, acostada sobre la parte inferior de la cámara reductora; con su pollerita corta y su musculosa ajustada, la que si bien le remarcaba los insipientes rollos, también le hacía resaltar aún más esos prominentes y tan admirados senos. Con carita de inocencia y cierto nervio, lo miraba a Eulogio como si fuese el salvador de sus excesivas ingestas. Ante el clamor de la concurrencia, cada vez más exaltada, Eulogio cerró la tapa de la cámara reductora, miró al cura y se persignó. Con dedos temblorosos accionó el botón de encendido, y al instante comenzaron los zumbidos y chisporroteos. Eulogio miró la cara de la madre de la Marga y forzó una sonrisa. Con un gesto de confianza y alegría doña Remigia le devolvió una agradecida mirada, mientras Eulogio pensaba -¡cuanta inconciencia!
Los fatídicos cinco minutos parecían no concluir jamás. La gente miraba sus relojes pulsera con avidez y las expectativas crecían en forma inconmensurable. Ya faltando pocos segundos para el tiempo predeterminado, los muchachos del café volvieron a la carga con sus cánticos de loas hacia el gran inventor, los que fueron coreados inmediatamente por la integridad de la concurrencia. Al cumplirse el tiempo establecido, Eulogio levantó su mano acallando todo tipo de expresión festiva y accionó el botón de apagado. Con parsimoniosa lentitud, quitó la traba de la cámara y abrió el compartimiento.
Allí seguía la Marga. Acurrucada, mostraba la misma sonrisita y carita de inocencia que al principio. Al notar que era el centro de atención de todos, sintió que era su instante de gloria y con un movimiento gimnástico se incorporó de un salto levantando sus brazos en pose casi circense. Al instante, los aplausos inundaron el taller. Al cabo de unos segundos se escucharon algunos murmullos, los que rápidamente se convirtieron en abucheo generalizado. Luego, todo se convirtió en un caos demencial. La Marga, si bien había adelgazado, ya no tenía tetas.
Le costó años a Eulogio reconstruir el tallercito. Los pibes del club se habían descontrolado aquella noche destruyendo todo lo que encontraban a su paso.
Trató de dominar sus pensamientos y convencerse de que esta vez todo había sido calculado y revisado, y que nada podía fallar. Tomó confianza y de a poco los recuerdos de Margarita Paredes comenzaron a desvanecerse.
-Esta vez, es todo distinto-, pensó. -Nadie sabe nada.

5 comentarios:

Diego M dijo...

Excelente Claudio!!
Atrapa desde un principio la pintura de Don Eulogio, y ni que hablar de sus excéntricos inventos :-)
Bienvenido a Cruzagramas!!

Adrianina dijo...

Entre todos tus relatos, este, al que yo llamo "cuento maravilloso", está entre mis preferidos. Tiene el toque de humor exacto.
Como siempre es un placer leerte y muy bonitas las obras de tu padre.
Nos seguimos leyendo

Coni Salgado dijo...

Que bueno que exista este espacio y que siempre tengas un cuento para compartir!!!
Felicitaciones!!!

Nanu dijo...

Original como el autor!

Que bueno ver su blog salido del baúl

Besos

Diego dijo...

Claudio: El inventor me enloquecio, el viejo hubiera estado orgulloso de tu desenvolvimiento en las letras y con esa calidad. Y yo tu hermano tambien lo estoy. Me has dejado perplejo y he empezado a ser un consumidor de tu escritura.
Un abrazo