miércoles, 29 de febrero de 2012

Pasaje Las Begonias



Hacía como cinco días que no iba por el bar. Pero aquella tarde me acerqué. No tanto por la necesidad de la charla amena, la confraternidad –fernet de por medio– a la hora cuando la tarde empieza a convertirse, mágicamente, en noche. No. Lo que me llevaba esa tarde al bar era aquella imperiosa necesidad de charlar con Roberto.
      El bar, como todo el mundo sabe, tiene dos entradas. La que da a la cortada y la que da a la avenida. Una cortada ¿cómo explicarla? Ni muy importante, ni muy escondida, pero bien conocida en todo el barrio. Era donde los chicos del secundario se citaban para los duelos a trompadas por alguna cuestión, nunca muy aclarada, pero que había abierto heridas en el amor propio. "¡Te espero en la cortada!", era la forma de anunciar el “arrojo de guantes”. También practicaba ahí, la comparsa más importante de los carnavales del barrio, y sobre todo, donde vivía Doña Herminia, la dueña del bar. Era conocida por todos como “la cortada”, pero, pese a que tenía un par de carteles bien legibles identificándola: Pasaje Las Begonias, nadie hacía uso de su nombre. Era simplemente la cortada. La avenida, por el contrario, era el alma del barrio. Pasaban por ahí las dos líneas de colectivo que se dirigían al centro y a la zona del puerto, donde también se encontraba la terminal de micros. Y en esa esquina, estaba nuestro bar, y nuestra mesa, que se encontraba justo en el rincón, con visión hacia las dos entradas.
      Al entrar al bar aquella tarde me pareció como si nadie esperase mi llegada. El código que generalmente imperaba, era que una ausencia mayor de tres días sin aviso, se considerase como un afrenta a la amistad sin causa justificada. Y eso sentí, cuando me acerqué a la mesa sin que nadie diese vuelta el rostro para saludarme y sin el mínimo gesto de bienvenida. De todos modos, esta indiferencia permitió que nadie advirtiese la poca adherencia que mis pies tenían con el piso en aquel momento.
      Me senté en la silla que usaba el gordo Terrada, que había dicho que estaba de viaje por trabajo, pero en realidad todos sabíamos que estaba pasando unos días con su amante en una quinta de las afueras. Observé con tristeza que mi silla estaba ocupada por el turro de Cortines, quién seguramente, de no haber sido por mi ausencia de cinco días, jamás se hubiera animado a sentarse a menos de tres metros de mí. Pero así estaban las cosas. A nadie le importaba ya nada.
      No bien me senté ubiqué a Roberto, sentado frente a mí, aunque un poco en diagonal. Roberto no pareció advertir mi llegada, pero minutos después, luego de observarlo persistentemente, cruzó una mirada breve, pero certera, que lo hizo percibir mi presencia.
      Las charlas, que unas semanas antes me hubieran parecido de una magnificencia única, me aburrieron sobremanera. Reconozco que mi única intención aquella tarde era hablar a solas con Roberto, pero los comentarios sobre el gol de rabona de Cucharita Cutriani, o sobre las tetas de la viuda Echenique, pasaron sobre mi interés como moscas en una tarde de verano.
      Roberto se reía, y contaba no sé qué historia de la viuda en la que ellos habían quedado encerrados, por un desperfecto en el ascensor del municipio, más de tres horas. Miles de cosas se contaban sobre aquel acontecimiento. Roberto sonreía socarronamente, pero nunca alcanzó a pronunciar ni media palabra sobre lo que realmente había ocurrido. Aunque a mí, ya nada me importaba. Necesitaba imperiosamente hablar con él y pedirle su opinión sobre cosas que me estaban acuciando.
      Luego de dos o tres interminables ruedas de fernet, en las que cruzamos con el turro de Cortines unas miradas llenas de veneno y “ya vas a ver cuando te agarre”, la conversación se fue desvaneciendo. Aquel gol comenzó a parecer casi consecuencia de una casualidad irritante, y las tetas de la viuda comenzaron a reducirse a una velocidad coloquial. El primero en saludar e irse fue el pelado Gamarra, cuya esposa lo tenía cagando, y era casi un milagro de la vida que tuviera asistencia perfecta en el bar. La ida del pelado era casi como una bandera de largada. Se iba él y ya el permiso para la retirada estaba otorgado. Sin embargo, Roberto tardaba en pararse y saludar. Le crucé un par de miradas, que él identificó pero trato de ignorar. Doña Herminia pasó, saludó y nos hizo alguna referencia sobre el calor y la tormenta que había anunciado el servicio meteorológico. Cortines le comentó no sé que boludez de un frente frío que avanzaba por el sur y, por suerte, él también, aprovechó para irse.
      Finalmente acepté la cuarta rueda de fernet. Ya éramos pocos. Casi el núcleo fundador de la barra del bar. La charla se disparó para el lado de la política, pero como nos conocíamos hacía años, nadie mordió ningún anzuelo y nada más allá de “políticos corruptos” o “que dejen de robar”, nada hizo que la amenidad se quebrara. Roberto, en un movimiento casi abrupto, que yo percibí como tratando de pasar inadvertido, aprovechó para pararse y se despidió en forma general.
      Casi no lo pensé, me levanté de la silla del gordo Terrada y lo alcancé ya cuando atravesaba la puerta que da a la avenida. Lo tomé del antebrazo y le dije que necesitaba hablar con él, y que era con cierta urgencia. Se detuvo casi como presintiendo mi necesidad, me miró a los ojos, y con un gesto de saber que esto iba a suceder, me dijo “vamos a la mesa del fondo”.
      Nos sentamos en aquella mesa, que estaba reservada casi con exclusividad a parejitas de enamorados, o para conversaciones cuya importancia requerían de una distancia cómplice. Roberto invitó una rueda de ginebra, pero yo preferí continuar con el fernet. Al principio conversamos sobre el rumor atemorizador que invadía al bar: la posibilidad de que a Doña Herminia no le renovaran el contrato de alquiler. Nos hablamos con cierto optimismo infundado, que “después de tantos años es imposible” o de que “éste es un patrimonio de la historia de barrio” pero, en realidad, los dos temíamos que no fueran más que palabras que mostrasen sólo nuestros más profundos deseos.
      Cuando llegaron las bebidas, y luego de que el mozo se retirase, en medio del primer sorbo Roberto me preguntó:
      –¿Y?
      –Mirá Roberto –le dije tratando de no mirarlo a los ojos–, te vengo a hablar sobre Neila.
      –¿Quién?
      –Neila, no te hagás el boludo –le gruñí sin dejarlo responder–, yo sé bien que la conocés.
      –¿Qué? –me respondió con una cara de total desconocimiento, la que yo conocía, y agradecí su postura de caballero. Pero no dejó de asombrarme por el gesto de desconcierto que mostró al entrecerrar los ojos y hacer una mueca de incomodidad.
      –¿Neila? –pronunció mientras adelantaba sus brazos por encima de la mesa juntando los cinco dedos de cada mano.
      –Sí, Neila –le dije con una voz que había ascendido un par de décimas–. Ella siempre te menciona.
      –No conozco ninguna Neila –me repitió con ojos de no entender nada.
      –Te agradezco la caballerosidad –le dije–, pero no quería hablar con vos para recriminarte nada, sino para pedirte un consejo... un consejo de amigo.
      Roberto me miró intrigado, con sus ojos que parecían decir “no entiendo nada”, pero al cabo de unos segundos me habló con voz clara y me dijo:
      –OK, ¿en qué te puedo ayudar?
      Pensé bien cómo iba a decírselo. En el modo y la entonación que usase para pronunciar la siguiente frase estaba la posibilidad de que Roberto, siempre tan exitoso con las mujeres, me ayudara.
      –Vos sabés que Neila vuela –le dije sin más preámbulos.
      Roberto entrecerró los ojos y me miró pidiendo alguna explicación, con las palmas de sus manos queriendo sostener algo que no se veía.
      –Lo sabés tanto como yo –le repetí sin lograr que su gesto cambie–. Ella siempre me habla de vos.
      –¿Neila? ¿La piba de San Telmo?
      –Vos lo sabés bien –le insistí–, y te agradezco que adoptes esta postura. Habla bien de vos.
      Roberto no dijo nada, levantó el vaso y tomó casi sin pausa un prolongado trago de ginebra.
      –En realidad, te quería hacer una consulta –le hablé adoptando un tono confesional.
      Por momentos, el ruido proveniente del bar, y en especial de un par de sirenas que se oyeron desde la avenida, interrumpieron nuestra conversación, lo que no pareció afectar la sorpresa que Roberto seguía exhibiendo en su rostro.
      Su silencio me animó a continuar.
      –Pasa que Neila cumple años el 26 –le dije mientras su celular, apoyado sobre la mesa comenzaba a sonar.
      –¡No contestes! –Le pedí, casi en tono de súplica.
      –Es mi jermu –me explicó con voz confusa.
      –No contestes que te sigo explicando –le dije algo agitado.
      –¿Estás bien?
      –Estoy perfecto, y te decía que Neila cumple años. Y no sé que regalarle –terminé de decir esto justo en el momento en que el celular dejaba de emitir aquellos patéticos acordes de "Para Elisa".
      Roberto continuó sin comprender, pero el gesto de su rostro pareció recobrar un poco de tranquilidad.
      –Ah... ¿era eso? –me dijo como quién se refiere a una breve desilusión.
      –Sí –dije con seriedad–, y no es sencillo hacer un regalo a una mujer que vuela –agregué con esperanzas de obtener algún consejo.
      Tomé un sorbo cortito del fernet ya tibio, y en silencio esperé su respuesta.
      –¿Y porqué creerías que yo te puedo ayudar? –me preguntó con un tono que adoptaba una postura de superioridad.
      –Porque vos sos el único que sabe, y además nunca se lo contaste a nadie. Confío en vos.
      –Tito –me dijo mirándome fijamente a los ojos–, la gente no vuela, no vuela –hizo una pausa en la que aprovechó para mirar al cielorraso del bar en busca de las palabras que parecía necesitar y no encontraba.
      –Sé que anduvo de vacaciones por el Caribe. Y... ¡sí!, seguramente habrá tomado un avión.
      La mención de aquel viaje, me angustió. Ella se había ido con su novio de entonces y el solo recuerdo de lo yo sentí como un abandono colosal, me golpeó el corazón nuevamente.
      –¡Vos sabés que ella vuela! –pronuncié casi perdiendo el control–. Los otros días le vi una pequeña pluma blanca asomar del bretel de su corpiño –le dije en voz tan baja como pude–, que surgía desde el escote de su remera –aclaré acercándome hacia él, con mi mano derecha haciendo pantalla sobre mi boca, como para que lo dicho no fuese escuchado en las cercanías.
      –Tito –volvió a repetir mi apodo, esta vez con cierta lástima–. Mandale unas flores y sacate a esa mina de la cabeza, sabés que nunca te va a dar bola –me dijo mientras se paraba e intentaba darme un abrazo en forma de consuelo.
      –¡Boludo! ¡No entendés nada! –le grité–, ¡sabés bien que esa mina vuela! –grité aún con más fuerzas, logrando que las miradas de la gente de las otras mesas se volteen hacia nosotros.
      Roberto, parado con las palmas de las manos abiertas junto a su cadera y con un gesto desencajado, intentaba mostrarme su impotencia para darme alguna ayuda. Lo vi darse vuelta y caminar con algo de desamparo hacia la salida de la avenida. Vi como atravesaba la puerta y desaparecer en el instante que doblaba hacia la izquierda. Luego el semáforo volvió a dar verde y la avenida retomó su agitado tráfico de colectivos y humo.
      Habré estado parado al lado de la silla un par de minutos, quizás algunos más. Mi única esperanza de ayuda se alejaba por la avenida y yo sin otra reacción que mirar al suelo y sentir la densidad del aire.
      Resignado, me subí arriba de la mesa. Flexioné levemente las piernas y apunté hacia la puerta del Pasaje Las Begonias. Pegué un saltito y salí volando.

martes, 27 de diciembre de 2011

Anacrónicas garmondianas


El viernes 25 de noviembre de 2011 se realizó la presentación del libro "Anacrónicas garmondianas", en la sala Augusto Cortazar de la Biblioteca Nacional.



En la presentación participaron Olga Ortega y Mónica Driban, quienes narraron "El inventor" y "Estatua viva" respectivamente.

Ediciones Artilugios
Editor: Sebastián Barrasa
Revisión: Sebastián Olaso
Prólogo: Daniel Leyba
Páginas: 145
Precio: $50.-





Prólogo

     Coronel Garmondia, pueblo insignia entre las decenas que fundara el mayor Alcides Jesús del Huerto Garmondia en la llanura pampeana, ya no será olvidado. No después de que el lector recorra las sorprendentes historias que aquí se relatan.
     Primero se llamó Cincuentenario Patrio, nombre que el mayor eligió precisamente porque lo fundó el 9 de julio de 1866. Pero 10 años después de su muerte, ocurrida en 1868 en un prostíbulo de Último Remanso, y como homenaje a su mentor, Cincuentenario Patrio fue rebautizado Coronel Garmondia.
     Las Anacrónicas Garmondianas son eso, crónicas sin cronología. Cuentos con peso propio que se pueden leer sin respetar su orden de aparición. y que a la vez pueden ser encarados como una ingeniosísima novela.
     Más que como un narrador, Claudio Sylwan se comporta como un parroquiano que se adueña de la mesa y está dispuesto a no ahorrar recursos para atrapar a sus interlocutores. Evita la estridencia y recurre a modales casi siempre circunspectos, recursos que contrastan con su rescate de historias que juegan con el límite de la razón. Y todo lo construye a partir de esa herramienta tan noble que es una buena historia bien contada.
     Último testigo omnisciente del pasado y presente de Garmondia, gran cazador de recuerdos, la prosa de Sylwan se da una vueltita por el realismo mágico, juega con el absurdo y se divierte con las sorpresas. Cuando el final cantado está por llegar, la resolución se dispara para otro lado. El humor es su otro gran aliado.
     Bienvenidos a Coronel Garmondia, entonces. Con esta guía que ahora ayuda a recorrer el lugar no la puede pasar mal. Olvídese de su geografía. Aquí los que importan son sus personajes y sus vivencias.
     Conocerá a Stella Doris Gómez De Finiroli, directora de la escuela principal y dueña de la peluca colorada cuya desaparición provocara uno de los más resonantes casos policiales de Garmondia. O al inventor Eulogio Montes, creador del reductor isofásico, que alterará la naturaleza de la Marga justo cuando sus curvas estaban por representar a los garmondianos en un destacado concurso de belleza. Cuídese de la vieja familia italiana del doctor Alderete. Y no se sorprenda si una mañana todos los pájaros del lugar aparecen dormidos, hieráticos, colgando de los cables. O si un buque de gran porte llega sin explicaciones, y encalla en ese hilo de agua que es el arroyo del pueblo. Tenga mano el tallador que se anime a entrar al “Edén profano”, mucho más que una casa de citas. Y preocúpese si está frente a un caso que sólo puedan resolver Las Mellizas del Susurro.
     A lo largo del libro, el autor no cita documentación ni entrega pistas de cómo les fueron reveladas las historias que decidió compilar. Como al fin y al cabo quedan también al descubierto secretos inconfensables de los habitantes, es comprensible su cuidado por no revelar fuentes.
     Las Anacrónicas Garmondianas llegan para pintar esa pequeña aldea de la llanura pampeana que en verdad es universal. Sylwan, irrumpe en la literatura, sigiloso y firme, con una voz propia amena y contundente, y una imaginación audaz. Logra así un libro que atrapa a medida que el lector va desandando los cuentos, capítulos, crónicas de vida, reflejos de nuestras pampas.
     Bienvenidos a Coronel Garmondia: un lugar en el mundo donde la única rutina es lo impensado.

Daniel Leyba


Texto de contratapa

     Coronel Garmondia: un pueblo sumergido en un tiempo que no es necesario, ni quizás posible definir. Conocidas, inocentes y hasta casi previsibles son las actitudes y miserias de sus habitantes cuando de repente todas las aves de la zona se ven imposibilitadas a despertar de un profundo sueño o cuando la reina de la belleza debe revalidar su título en una contienda de características hilarantes.
Los políticos, el fútbol, el burdel, marinos ingleses, inmigrantes escandinavos y hasta un mercachifle turco se dan cita en estas páginas que, con cierto humor y en forma desprejuiciada, nos hablan de parte de nuestras raíces.
     Anacrónicas garmondianas es una brisa fresca que sopla desde lo más profundo de nuestras inconmensurables pampas.





El libro se puede comprar en:

BALVANERA
    - Ediciones Artilugios
      edicionesartilugios@yahoo.com.ar
      http://www.edicionesartilugios.com.ar/
      Venezuela 2111 (Cap. Fed.)
      4862-6662

CENTRO
    - Menéndez Libros, Paraguay 431
    - Librería Hernández, Corrientes 1436 y Corrientes 1311

SAN TELMO
    - La Libre, Bolívar 646

BARRIO NORTE
    - Librería Santa Fé, Santa Fé 2376  y Santa Fé 2582

PALERMO
    - Librería Santa Fé. Santa Fé 3253, local 2012, Alto Palermo

BELGRANO
    - Librería Santa Fé, Cabildo 605

CONGRESO
    - Librería Santa Fé, Callao 335

INTERNET
Mercado Libre (con envíos a Capital Federal únicamente)
http://articulo.mercadolibre.com.ar/MLA-436507899-anacronicas-garmondianas-claudio-sylwan-_JM





jueves, 17 de junio de 2010

Genio ausente



El amanecer de hoy me encontró caminando por mi playa. Ése es un momento en que verdaderamente se puede disfrutar toda la mansedumbre de los primeros arreboles que envuelven a la ciudad que todo lo devora.
Pero es el Río de la Plata el que siempre me sorprende: su color argentino, su aroma a mar, pero por sobre todo sus playas. Sí, sus playas enormes y doradas, donde impera el canto de los tucanes y el vaivén de las palmeras. Como cada miércoles, el cardumen de las sirenas pasó a saludarme, con sus labios mojados de rouge.
Pero hoy fue distinto. Por casualidad, y casi a riesgo de seguir de largo sin verla, me encontré una botella, que las olas quisieron hacerla llegar a mis pies. Al principio, pensé que podría tratarse de algún genio encerrado, por lo que la froté con la intención de pedir mi deseo más anhelado, pero nada pasó. No me quise dar por vencido, quizás se trataba de un genio al que no le gustaba tanto franeleo, por lo que me dispuse a sacar el tapón. No tengo palabras para expresar mi sorpresa y alegría, ya que en vez de ver salir una nube de humo con la figura de un genio gordo y malhumorado, me encontré algo muchísimo mejor: carta de ella.
Seguí caminando por mi playa. Los pies mojados por las cálidas aguas de junio no hicieron más que recordarme que debía contestar la carta.

jueves, 27 de mayo de 2010

El por qué de los porqués


Desde el domingo último escucho una y otra vez la misma pregunta: ¿por qué?
Al principio fue sólo en el Gigante, luego caminando por las bucólicas callejuelas de Arroyito. Mis seres queridos, mis familiares, mis amigos, mis allegados, conocidos, todos, nos preguntábamos ¿por qué?
La respuesta no se debe hacer esperar. Los festejos bicentenarios, tal vez, hayan servido para poder analizar la cuestión desde una perspectiva más amplia, más abarcativa, más existencial.
Nos fuimos a la "B". El glorioso Rosario Central se fue a la "B", y este hecho de tan ingrata trascendencia merece únicamente la explicación que nos pueda dictar la historia.
¿Alguien se ha detenido a observar que hasta el mismísimo Don Rodrigo Díaz de Vivar tuvo su momento de oscuridad antes de trascender a la gloria perenne? Quien algunos años más tarde fuera el vencedor de los ocupantes moros en Iberia, y que con la sola presencia de su cadáver a la grupa del pingo Babieca, liderase la batalla final, tuvo que partir al ostracismo del destierro. Él también, sí.
El gran Miguel Ángel, ¿quién menos?, creador de las mayores obras de arte de la humanidad, tuvo que exiliarse fuera de su querida Florencia, antes de llegar a soñar siquiera, en el trabajo que le esperaba en la Capilla Sixtina.
Hasta el mismísimo General San Martín, padre innegable del suelo argentino, tuvo su inesperado ocaso en Cancha Rayada, para desde la derrota acometer triunfal con la empresa de comandar el añorado sueño americano.
Como negar lo innegable; si hasta al mejor dibujante, como dijese el entrañable Fontanarrosa, se le vuelca el tintero.
Sabemos que nuestro destino de grandeza es inexorable.
Aceptamos con la hidalguía de quién ha caído derrotado en la batalla, la realidad que nos depara este trance pasajero y nimio.
Resurgiremos con nuestros laureles reverdecidos; lo sabemos.
Renaceremos en la cruzada frente a Boca (Unidos), o en la lid contra el siempre temible tatengue.
Iniciaremos el vuelo desde el tablón de Isidro Casanova o contra el viento en Comodoro.
Retoñaremos desde la grama de Caballito o desde la policromía de los cerros jujeños.
Ni siquiera nos detendremos, como dijera el Gran Lama, cuando en estas pampas se nos llame "El Barcelona de la Argentina", ¡no! sino que no cejaremos en nuestra lucha hasta el día en que al Barcelona se lo denomine "El Rosario Central de España"

Central sic transit gloria mundi

martes, 23 de marzo de 2010

Reloj, no marques las horas


—¡Buenas! ¿Me podría decir la hora?
—Sí; como no: "la hora"
—¡No! Quisiera que me diga la hora, la hora que marca su reloj.
—¡Ah! Ahora sí. Las 7:30.
—¿Cómo las 7:30? Si estamos cerca del mediodía.
—Lo que pasa es que ayer se quedó sin baterías.
—Bueno..., lo hubiera dicho desde un principio.
—Ud. quiso saber la hora que indicaba mi reloj, no el estado de las baterías
—¿Y porqué no le cambia las baterías?
—¿Para qué?
—¿Cómo para qué? Para saber la hora.
—Pero era usted el que quería saber la hora, no yo.
—Bueno, pero... ¿no le interesa saber que hora es?
—Por supuesto, son las 7:30.
—No hombre, su reloj no funciona, es cerca del mediodía.
—Para usted. Para mí son las 7:30 hs.
—Pero, ¿Qué le pasa?
—Es que he decidido estancarme en el tiempo.
—¿¡Cómo!?
—Sí. De ahora en más ya no tendré apuro, ni pereza.
—Pero el tiempo no se puede detener...
—No crea, es más fácil de lo que piensa.
—Definitivamente, usted está delirando.
—¿Me creería si le digo que ya no llego tarde a mis citas?
—No le creo.
—Ya no es ni tarde ni temprano, sólo las 7:30 hs.
—¡Esto es imposible!
—¿Cómo imposible?
—Sí, esto es una total pérdida de tiempo.
—No. Yo no tengo perdido mi tiempo
—Usted no sabe nada.
—Sí, sé que en mi reloj son las 7:30 hs.
—¿Y?
—Y que usted está tratando de averiguar que hora es.

lunes, 15 de marzo de 2010

Inolvidablemente ahora



Creía que si no pensaba en ella podría olvidarla fácilmente. Pero no: me sale por todos lados.
Comenzó como una simple exhalación. Salió un poco tibia al principio y me fue envolviendo. Y eso que yo no pensaba en ella ni aún cuando la extrañaba.
Siguió saliendo en libros y en periódicos. Era su nombre en anuncios de moda, en resultados de fútbol y hasta en los colofones de las ediciones más recónditas.
En la tele me apareció una sola vez, pero fue en una película de amor de tres horas de duración. Para cuando su voz emergió por la radio, yo ya estaba tan acostumbrado que no me sorprendió.
Ahora se me aparece en éste mismo papel, blanca y desnuda. Pero ya aprendí: la tapo con todas las letras que pueda.
Lo que aún no sé es si la escondo o si la abrigo.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Insólito episodio de hombre con pijama bordó



Los besos de la maga aún le ardían en los labios cuando abrió la puerta de su casa a oscuras. No quiso, ni tampoco necesitó encender la luz. El reflejo pálido de la luna llena, ocupaba cada espacio del living vacío. La agradable penumbra lo acompañó hasta que se echó en la cama y de dispuso a dormir. La jornada había sido larga y llena de emociones.
Dio vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. La imagen de ella y el placentero recuerdo de sus besos no lo abandonaron. Miró el reloj varias veces, pudiendo medir de esa forma las horas que aún podría aprovechar a dormir, si era que el sueño en algún momento le llegaba. No se sentía cansado, muy por el contrario, una sensación de placidez lo envolvía por completo.
El agrio sonido del despertador no lo sobresaltó. Después de toda una noche de insomnio, ya deseaba que la hora de levantarse llegase aliviadora. Pasó el día pensando en ella. Ni siquiera se asombró cuando después del almuerzo no sintió esa especie de modorra que lo atacaba diariamente, luego de un rato de estar sentado en su escritorio.
Durante la segunda noche sin dormir un pensamiento amenazador lo comenzó a preocupar, sin embargo el solo recuerdo de aquellos labios mágicos le hicieron reposar en tranquilidad, sin pegar un ojo.
Al día siguiente la llamó por teléfono. La esperó en la esquina de su casa.
A la semana sin poder dormir, le mandó un telegrama.
Al mes, comenzó a pegar cartelitos con su búsqueda en los alrededores de su barrio y de su trabajo.
Ya no le importaba no dormir. Después de todo no se sentía cansado, y últimamente aprovechaba el tiempo nocturno en adelantar trabajo para su oficina, lo que le había significado un aumento considerable de sueldo por su mejora en la producción de tareas burocráticas. Mucho no le importó; era la búsqueda de ella y el deseo de nuevos besos lo único que motorizaba su voluntad.
A los tres meses vendió la cama. Le ocupaba espacio y ya no tenía ningún sentido su presencia en aquel cuarto. La almohada se la dio al gato, para el total desconcierto del animal, que más de una vez había sido castigado por haberse acostado sobre ella. Al pijama bordó, lo clavó con chinches a la pared, para que le recordara aquellos tiempos en que solía malgastar las horas de la noche en la improductiva tarea de dormir.
Sacó avisos de búsqueda, incluso con una jugosa recompensa económica, en los principales diarios de la ciudad. Acudió a los canales de televisión y mandó mensajes a la radio suplicando datos de su paradero.
Instaló en su casa una computadora con la tecnología más avanzada. Y cuando nada pudo encontrar, contrató los servicios de un famoso detective privado, de una vidente de la farándula y de un sabueso que poseía un increíble historial de rastreos exitosos. Deambuló durante días y noches por los sectores más olvidados de la ciudad. Conoció una enorme cantidad de personas de las más disímiles calañas. Cazó un sinnúmero de sapos, para besarlos desenfrenadamente, no con la intención de romper el hechizo, sino con la incierta esperanza de que alguno se convirtiera en su añorada maga.
Estuvo a punto de darse por vencido, una tarde frente al río. Se sacó los zapatos mientras el estruendoso rugir de un avión al aterrizar no le desvió su atención. Se sacó la ropa y se vistió con su viejo pijama, mientras la gente se comenzaba a congregar a su alrededor. Cuando se trepó a la baranda de la Costanera algunos intentaron disuadirlo de su intención.
Los testigos juran y perjuran que el hombre del pijama bordó saltó hacia el río, justo en el momento en que uno de los guardias de seguridad del Aeroparque intentó tomarlo de sus pies. Juran y perjuran que nadie lo vio caer al agua. Juran y perjuran que desapareció en el aire, mientras llamaba desesperadamente a alguien con nombre de maga.