
Hoy no tuve ganas de tomar el tren. Mientras me afeitaba decidí que iba a tomar el colectivo. La mañana estaba soleada y con una temperatura tan agradable que la idea me convenció. En vez de veinte minutos, el viaje me tomaría el doble, pero lo haría sentado y escuchando algún programa matinal de noticias. Sólo por esto, bien valía la pena el cambio. Percibí en la decisión una especie de adelanto de la primavera. Elegí una camisa celeste y una campera bien liviana, que seguramente estaría de más al mediodía. No anunciaban lluvia así que me puse los mocasines nuevos, a los que tanto afecto les estaba tomando.
Las dos cuadras hacia la parada respaldaron la elección. El cielo totalmente celeste, los árboles mostrando los primeros verdores y una melodía de Tom Waits sonando en mis auriculares quisieron convencerme de que, tal vez, la vida no fuese tan mala, después de todo.
Me sorprendí al escucharme decirle "buenos días" al conductor del 130, antes de pedirle el boleto. El único lugar al lado de una ventanilla, era en el último asiento a la derecha. Pese al ruido del motor de esa ubicación, lo elegí sin dudarlo. Me senté, y subí el volumen de mi receptor, que para ése entonces estaba pasando el resumen informativo. Y así comenzó mi trayecto a través de la ciudad que comenzaba a despabilarse.
El ritmo a esa hora me resulta siempre distinto. Los estudiantes no son tan bulliciosos, los trabajadores que vuelven a sus casas están semidormidos y los que van a sus labores −como yo−, van demasiado absortos en sus pensamientos y parecen ausentes.
La contraposición entre los primeros porteros que salen a baldear las veredas y las últimas prostitutas que aún aguardan a algún cliente tardío por los bosques de Palermo me subyuga. Pasar por el hipódromo es siempre una especie de acertijo. Me pongo a dar vueltas mentalmente en tratar de comprender los mecanismos que hacen de aquel juego-apuesta-deporte represente algo tan fascinante, para otros. La radio decía que la máxima del día rondaría los veinte grados y que las bolsas en Asia habían cerrado en alza.
Hasta que en un semáforo en rojo la vi.
No pude quitar mis ojos de los suyos. El pequeño coche que la llevaba ya no tuvo marca. Ni rostro el conductor, del que sólo vi que vestía pantalones cortos oscuros.
Al principio fue un vistazo casual. Ella desde su auto bordó, yo desde mi colectivo azul. Al cabo de unos segundos, ambos decidimos sostener nuestras miradas, cosa que pareció, en esta hermosa mañana de primavera, lo más normal del mundo. Y entre las ventanillas vehiculares, armamos nuestro función privada. Sus ojos me inundaron, su pelo fue mar y su boca el río de los deseos. Entre los cortos segundos de nuestro mutuo juego de seducción, ví su luz. Al instante, su sonrisa bañó todo de magia. Sé que mis labios también se aflojaron dándole algo que yo creí mi mejor sonrisa. Arqueé mis cejas en señal de admiración y circunstancia. Su sonrisa se acentuó cuando abrió la boca, provocadora y adorable. No sé si la última parte de nuestra miradas fue despedida o agradecimiento. El rojo se puso en verde mientras el auto bordó de ella se perdía en el tránsito.
A mi me quedó una especie de luz, y la sensación de que la vida no era tan mala, después de todo.
A ella sé que algo le quedó.