lunes, 2 de febrero de 2009

Exclusión astral


Sinceramente, ya no sé que hacer.
No doy más.
El viernes, después de una vida más larga que la que quisiera, pero -debo reconocer- más interesante que lo que hubiera podido esperar, me vengo a enterar que ya no soy más de Sagitario.
Yo, que antes de prender la luz del velador cada mañana encendía la radio para escuchar mi horóscopo (y actuar en consecuencia) . Justo a mí, que fui siempre un centauro, un ixiónida con arco y flecha que impartía justicia entre los hombres.
El centauro. Ser majestuoso si los hay. La sagacidad del animal y la destreza e inteligencia del hombre conjugados en un ser único. Divino, como lo describiera no sólo Plutarco, sino también Ovidio. El hecho de que Herácles los venciera no ha sido nunca ratificado por la prensa independiente, por lo que me acojo al beneficio de la duda.
Pero no. Ahora me niegan la pertenencia. Sin más, y de la última página de un diario, en general bien informado, me vengo a enterar, mientras tomaba mis mates matinales, que ya no soy más de Sagitario.
Esta injusticia es propinada a aquellos que como yo, emergimos al mundo entre el 30 de noviembre y el 17 de diciembre. Un castigo, ilícito y cruel, como se podrá comenzar a atisbar.
Ahora soy de Ofiuco. Que es como decir que nos fuimos a la "B" del campeonato del horóscopo. ¡De Ofiuco! ¡Ofiuco! Que es como responder "naranjín" o "virulana" si a uno le preguntan de que signo es.
¡Ofiuco!, ¡Ofiuco! Si hasta el nombre es casi una decepción. ¿Ofiu... que? respondió mi hija cuando intenté explicarle que todas las virtudes que yo poseía como buen sagitariano, se habían esfumado.
Después de evaluarlo durante un par de horas, entre vasos de whisky y música de Divididos, me decidí a llamar a mi terapeuta. Por suerte, quiso el destino que ella me pudiera atender desde su celular. Estaba en la plataforma de salida de un colectivo con destino a la costa, para emprender su mes de vacaciones. Me dijo que a la vuelta lo trabajábamos. "¡No!", le dije. "¡No me podés hacer esto!", a lo que me contestó que a lo mejor podría ser ventajoso este imprevisto cambio. De nada valió contarle que ya no sería más ése centauro flechense y aerodinámico que solía ser. ¡No! Ahora sería un Ofiuco. Ofiuco, que lejos de ser un ixiónida, es el "hombre que sostiene la serpiente", cosa que a lo mejor desde el lado de la fantasía femenina me podría resultar en alguna liga. Pero no lo creo. Una serpiente, curva y gelatinosa, fría y esquiva, nunca podría superar a aquella flecha erguida y recta que desafiaba las distancias y que invariablemente, con aguda puntería llegaba certera y veloz a destino. Siempre me sentí una especie de Cupido zodiacal, y ahora, despiadadamente, no puedo más que pensarme como un número de circo.
Suspendí mis vacaciones de cuajo. Mi viaje al Gran Arrecife Coralino Australiano tendrá que esperar. No me importa si me devolverán el dinero del pasaje o la reserva del hotel cinco estrellas: esto me supera.


Del artículo original: http://criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=17778

domingo, 18 de enero de 2009

El encargo de Ferrari


Aquel había sido un día tan común como cualquier otro, sin nada especial para recordar y con el pronóstico de terminar de la misma forma de siempre: tomar la cartera, despedirse de sus compañeros de trabajo y partir a tomar el colectivo. Luego, se bajaría en la misma esquina de su casa, pasaría por el almacén para realizar algunas compras impostergables y finalmente sucumbiría ante la fácil tentación del televisor, o tal vez de alguna prolongada charla telefónica con su madre o alguna amiga.
Se dirigió sin prisa hacia la parada del colectivo. Recorrió las calles con cierta alegría. El atardecer se sentía placentero y las sombras ocres del ocaso comenzaban a abrazar la ciudad. Al llegar a la parada contó con precisión doce personas. Era suficiente, pensó. Sabía que de haber sido veintitrés, habría esperado el próximo micro para asegurarse un asiento al inicio del recorrido.
Al subir eligió un asiento doble. Se sentó del lado de la ventanilla, puso la cartera por sobre su falda. Dejó perder su vista por aquella plaza, siempre tan llena de gente. Observó a las personas correr por la acera hacia el colectivo, a los vendedores ambulantes de todos los días y a las habituales parejas, que bajo la complicidad del lento oscurecer se besaban al abrigo de un anonimato casi endeble.
Antes de que el colectivo se ponga en movimiento, algo llamó su atención. En el piso, justo al lado de su pie derecho, y debajo de la ventanilla, un impecable sobre blanco brillaba con una vitalidad que sólo logra un objeto totalmente fuera de su contexto. Miró a su alrededor. La casi totalidad de los pasajeros se encontraban sentados. Los pocos que se encontraban de pie, se ubicaban fuera del alcance visual del sobre. Decidió agacharse lentamente, y fingiendo distracción tomar aquel sobre abandonado, o quizás extraviado. La idea de que contuviese dinero, se mezcló en su pensamientos por una breve fracción de segundos. Esto la disgustó consigo misma. Sin embargo, tomó el sobre e inmediatamente volvió a mirar a su alrededor. Nadie parecía haber notado nada. Lo puso debajo de su cartera.
Esperó a que el colectivo comience su marcha. Esos pocos minutos la encontraron inquieta y con cierto grado de ansiedad. Había percibido con rapidez que el sobre se encontraba cerrado y que en su frente había algo escrito, quizás un nombre o una dirección.
El colectivo, semilleno, comenzó con su habitual recorrido. Sin esperar más, sacó el sobre desde debajo de su cartera. Sólo una dirección, manuscrita y ningún nombre, en impecable tinta negra: Concepción 739. Conocía la calle, no era lejos de donde vivía, por lo que decidió bajar una parada antes, para alcanzar el sobre a la dirección del sobre. No le tomaría mucho tiempo, y luego de entregarlo se sentiría complacida por haber cumplido con ése casual deber ciudadano.
La calle Concepción cruzaba la avenida del recorrido del colectivo a la altura del cuatrocientos. Caminó esas cuadras con distracción. La curiosidad jugaba con ella. Las simples preguntas tales como quién sería el destinatario, o el porqué de la carta, no la abandonaron hasta llegar a la cuadra en la que se debía ubicar la dirección. Cruzó hacia el lado de los números impares y vio una seguidilla de casas bajas y bien cuidadas. Encontró el número 737 e inmediatamente, sin mediar separación, el número 741. Dudó y pensó si había tomado la calle correcta. Se dirigió a la esquina y observó el cartel, que ratificaba la dirección. Volvió a mirar el sobre y corroboró el número 739, claro y certero. Se dirigió nuevamente a las casas, o bien al lugar que le hubiese correspondido al número 739. El desconcierto la iba ganando cuando vio salir a una señora de una casa vecina. Desesperanzada preguntó si existía el número 739. La señora, al amparo de la obviedad, le contestó lo que ella ya sabía.
Guardó el sobre y comenzó a caminar hacia su casa. Durante las nueve cuadras de su trayecto no pudo sacarse de la cabeza el asunto del sobre. A medida que avanzaba se iba convenciendo de que ante la ausencia de un domicilio existente debía abrir el sobre y ver su contenido. Al acercarse a su casa decidió que la pasada por el almacén no era tan impostergable.
No bien entró en su casa, apartó una silla, se sentó y puso el sobre encima de la mesa. Al mismo instante comenzó a sonar el teléfono. No quiso atender, y luego de diez timbres el incómodo llamado cesó.
Con cierto temor abrió el sobre. No tenía lugar ni fecha y comenzaba directamente con el encabezamiento:

"Amor,
Disculpas por no haberte hecho partícipe de esta situación tan particular con anterioridad.
No quisiera que sientas que mi ausencia ha sido alguna especie de olvido. No, no podría olvidarte. Tampoco es castigo, revancha ni indiferencia. El motivo de mi ausencia es totalmente ajeno a cualquier acto tuyo.
El destino es a veces impredecible. Y las búsquedas, a pesar de nuestro empeño, son a menudo infructuosas.
No quisiera que esta ausencia dé motivos a que nuestro imprevisto distanciamiento te castigue. A modo de breve explicación, he dejado algo que tal vez pueda disipar aquellas dudas que seguramente te estarán invadiendo: te agradecería que pases por el hotel Imperio, y pidas al conserje el encargo de Ferrari.
Tuyo siempre, R."


No bien terminó de leer las escuetas pero misteriosas líneas de cuidada caligrafía, dejó la carta abierta sobre la mesa y sus pensamientos se fugaron hacia esa historia de amor, ajena y triste. Rápidamente calculó que por la mañana podía llamar a la secretaria del odontólogo y solicitar un nuevo turno, con cualquier pretexto. Se dio cuenta de que ya no podía permanecer fuera de esta historia, al menos como una nueva espectadora.
El día transcurrió monótono en el estudio. Los mismos llamados de siempre, las mismas charlas de todos los días. Inspeccionó el sobre y la carta en repetidas oportunidades. Intentaba encontrar una explicación a aquella historia de desencuentros. Sintió una creciente ansiedad a medida que se acercaba la hora en que terminara con sus actividades y se hiciese presente en el hotel.
Se detuvo en la letra R., con la que el autor de la misiva firmaba. Imaginó que podría ser Rodolfo, quizás Raúl o más improbablemente Renato. Pero al cabo de unos segundo de pensar nombres, descubrió que en la carta no había ningún indicio que indicara haber sido escrita por un hombre para una mujer, ni viceversa.
Dobló la esquina y se encontró con la fachada lúgubre, pero pretenciosa, de aquel viejo hotel de escasas estrellas. Sus años de esplendor habían pasado dejando la nostálgica impresión de que ellos no retornarían ya.
Dudó un instante, pero al ver la recepción vacía tomó coraje y entró. No bien se acercó a la puerta de entrada, un muchachito con uniforme verde inglés y botones dorados pero sin brillo, se apresuró a abrirle la puerta. Agradeció y encaminó su pasos hacia el mostrador, en el rincón más alejado del salón. Observó con atención el casillero de las llaves y notó con sorpresa que todas las llaves se encontraban en su lugar. Sin embargo nadie se encontraba del otro lado del mostrador. Tocó con la palma de su mano derecha una de esas campanillas que sólo aparecen en las películas de hoteles. Como por arte de magia, una puerta se abrió y una persona, con un uniforme muy parecido al muchachito de la puerta, le dio las buenas tardes. Un poco sorprendida por la súbita aparición, le devolvió el saludo y sin mayores preámbulos le dijo que "venía por el encargo de Ferrari". Un gesto de sorpresa mezclado con una mueca de desaprobación transformaron la cara del conserje, quién de inmediato le dijo que tomara asiento, y que en unos minutos sería atendida.
Se acomodó en un sillón junto a una ventana que, si bien un poco escondida, daba a la calle. Las primeras sombras, comenzaban a asaltar la ciudad. Recordó que hacía veinticuatro horas, a la misma hora de la puesta del sol, encontraba el sobre que la había hecho recalar en aquel hotel. A falta de buena iluminación, la recepción comenzaba a mostrarse más lúgubre que al comienzo. Un pobre sistema de audio pasaba una mala versión de Kind of blue. Los nervios le hacían sentir un in crescendo, a los que se reconoció, estar poco preparada. Tomó la decisión de esperar diez minutos más. En caso de no aparecer nadie que le explicase algo, o le diera aquel misterioso encargo, se retiraría.
Miró nuevamente el gran reloj que se encontraba a la derecha del mostrador. Se dijo para sí, que ya habían pasado seis minutos, y volvió a asumir su idea de abandonar el lugar en el plazo por ella establecido. Pero no pudo cumplir con su plan: el hombre de traje gris oscuro, que acababa de bajar por las escaleras, se dirigió a ella de forma decidida y precisa. Su imagen distaba mucho de ser la que se hubiera esperado de un caballero, pese a que el hombre en vez de estirar su mano para estrechar la de ella, la extendió en el sentido de tomarla y besarla en cercanías de sus nudillos. Sorprendida, lo dejó hacer. No sólo le molestó su saludo, sino que su traje arrugado, la corbata raída, y las manchas tenues en el cuello de la camisa, la pusieron en un estado de tensión aún mayor.
Las dos palabras: "buenas noches", pronunciadas con un acento casi con seguridad de algún país de Europa del Este, la sobresaltaron. Pero fue la siguiente frase la que terminó por decidirla a entregarse a un destino que ella ya no podía gobernar. Entendió que lejos estaba de develar aquella historia de amor ajeno, que habían hecho que su imaginación volase por los lugares en los que ella nunca había podido estar, pero sí imaginado. Cuando escuchó al hombre preguntar -o asentir- "La señora Concepción ¿no?" un nudo en la garganta le impidió contestar, y solamente, y por voluntad de una fuerza de la que ella ignoraba el origen, se limitó a asentir con un leve movimiento de su cabeza. "Sígame, por favor" le pidió el hombre en aquel cada vez más acentuado tono eslavo. Pese al temblor de sus rodillas, se incorporó y pudo seguirlo.
La habitación donde se dirigieron presentaba la apariencia de una especie de oficina anexa al hotel. No daba la impresión de que allí se tratasen temas relacionados con huéspedes ni con empresas que brindasen servicios. Más bien, lo inadecuado del lugar sugería algo preparado para no ser mostrado, más bien escondido.
El hombre con su tosco castellano, pero con gran surtido de palabras galantes, le pidió que tomara asiento. Sujeta a un destino que a cada segundo parecía pertenecer a otra dimensión, tomó asiento frente al escritorio, donde el hombre esperaba a que ella se sentara para hacer lo mismo. Al momento que él le solicitó la carta, ella, con la torpeza que se hubiese esperado del momento, encontró sin mucho esfuerzo el sobre dentro de su cartera. El hombre abrió el sobre con suma delicadeza, y con una complicidad que se vislumbró entre sus ojos, se abocó a leer las escasas líneas manuscritas en tinta negra. El gesto de aprobación implícita la hizo revivir, o al menos le brindó un respiro en aquella situación tan irreal para ella.
El hombre la miró y con gesto tranquilo le dijo que estaba todo bien. Se agachó y tomó del último cajón del escritorio un portafolio negro. Lo depositó con gran cuidado por encima de algunos papeles, al parecer sin importancia y le dijo: "Señora Concepción, ya está todo arreglado. Siguiendo las instrucciones del Sr. Ramirez, cumplo en entregarle este maletín. No es necesario que lo abra aquí" agregó finalmente con su grave acento y le extendió la mano. Esta vez para estrecharla, sin beso.
Al salir del hotel, sintió que el maletín pesaba mucho más que cuando lo había tomado por primera vez, tan solo tres minutos antes.
Pese a la distancia a la que se encontraba de su casa, decidió tomar un taxi.
El trayecto le pareció eterno. No tuvo el coraje suficiente para abrir el portafolio dentro del auto. Ni siquiera la primera media hora en que estuvo en su casa, con el maletín sobre la mesa, cerrado. Lo miraba y daba vueltas, sin atreverse ya a tocarlo.
Finalmente, luego de evaluar todo lo irrazonable de la situación lo abrió con ansiedad.
Primero desplegó la nota que estaba por encima de los billetes:

"Concepción: Agradecido por tan buen trabajo. R."

Luego contó, incrédula, durante largos minutos, los setecientos treinta y nueve mil dólares perfectamente acomodados en el interior del maletín.

martes, 30 de diciembre de 2008

De peces voladores


El ruido de la lluvia sobre el techo y los relámpagos que iluminaban por instantes la furia del mar, hicieron aún más intrigante la historia que estaba por comenzar a ser contada esa noche.
-¡Vea joven! -se oyó pronunciar en voz baja pero con acento grave, desde un rincón del salón. -Yo que Usted, me andaría con más cuidado al hablar del Capitán Rapaport,-dijo el viejo Gualterio al momento que dirigía su vista hacia el muchacho cuya conversación comenzaba a mantener en vilo a los parroquianos del lugar.
Toda la concurrencia de la fonda, unas quince personas aproximadamente, dirigieron de inmediato su atención al viejo. Él se paró sin que su mano derecha soltara el vaso de ginebra. Caminó los pocos pasos que lo separaban del joven y se sentó a su lado.
"Yo fui tripulante de Rapaport" dijo de una forma como si sus ojos estuvieran mirando hacia el pasado" y estuve a bordo del Kalimera, la tarde del episodio", y no bien terminó de decir esto apuró su bebida hasta vaciar totalmente el vaso.
El joven sintió la necesidad de expresar su respeto al viejo, y le hizo saber que lo que había comenzado a contar eran sólo las habladurías que se comentaban en el pueblo, acerca de la singular historia del Capitán Julius Rapaport, pero no pudo convencer a nadie.
"Era una tarde sin viento, calma chicha total" comenzó el viejo a contar mientras dirigía su mirada hacia la ventana y el mar. "El Kalimera, flotaba apacible, y al garete. Las velas de tan inmóviles, daban lástima, por lo que el Capitán decidió arriarlas".
"Rapaport, el contramaestre y yo nos encontrábamos en el puente, charlando de cosas de mar, como se suele hacer en este tipo de ocasiones. La conversación se centraba en quién había experimentado la calma chicha más prolongada" rememoró el viejo.
"En eso estábamos, cuando vimos que sobre la cubierta habían caído unos cuantos peces voladores" dijo Gualterio con sus ojos entrecerrados, como buscando de esa forma sus recuerdos con mayor precisión.
"Los tres bajamos de inmediato a cubierta y comenzamos a recoger los peces con la intención de entregárselos al cocinero". En la sala se iba generando una atención casi sacra, con la totalidad de las miradas convergiendo hacia Gualterio que parecía casi ausente, o casi nuevamente a bordo del Kalimera.
"En un momento, el Capitán se acercó a la baranda con la intención de tomar un pez que había quedado sobre ella" y al pronunciar estas palabras y recordar el momento, el rostro del viejo empalideció repentinamente.
"En el mismo instante que la mano de Rapaport se posaba sobre el pez, una fuerza desconocida lo levantó y lo arrastró por encima de borda hacia el agua, como si fuera un poder demoníaco ¡Juro que nunca vi nada igual!" culminó el viejo en el instante que la sala se estremecía con un refucilo que iluminó los rostros teñidos por la sorpresa. Pocos segundos después, el trueno cercano hizo temblar la totalidad de los vidrios de las ventanas junto, con los temores de más de alguno de los presentes.
"Varios días estuvimos buscando alguna señal de Rapaport, pero nada pudimos encontrar. Finalmente, y luego de haber fracasado en nuestra búsqueda, el Kalimera puso proa a puerto" contó el viejo mientras pedía que le llenaran el vaso nuevamente.
"El viaje de regreso no fue lo que se dice una navegación normal. La tripulación se encontraba muy asustada por la desaparición de su capitán. Mil conjeturas se elaboraban a cada instante: que el diablo, que un pulpo gigante, hasta hubo alguno que llegó a elucubrar algo sobre un posible suicidio".
Luego de un premeditado silencio, el viejo continuó con su relato. "Algunos reconocieron haber escuchado ruidos en el camarote de Rapaport, y el mayordomo aseguró haber visto manchas de agua en el piso. La cuestión es que se revisó la embarcación de proa a popa, muy minuciosamente, pero nada anormal pudo ser descubierto".
Desde el otro lado de la sala, un parroquiano preguntó si esos indicios podrían significar que Rapaport, por algún medio, había logrado subir a la embarcación y regresado a puerto escondido.
"De haber sido así, lo hubiéramos descubierto, ya que nuestra inspección fue muy meticulosa. A menos que ... ". El viejo detuvo abruptamente su alocución dejando un halo de duda y curiosidad flotando sobre la sala.
"A menos que..., como se rumoreaba a bordo, hubiese tenido la colaboración de algún marinero para ocultarlo" dijo el viejo, "pero esto, no pudo nunca ser comprobado".
"Sin embargo, al llegar a puerto hubo varias cuestiones que llamaron la atención. En primer lugar la viuda no reaccionó en la forma desconsolada que se hubiera esperado de ella, al recibir la trágica noticia" contó el viejo con un gesto de visible fastidio.
"Al cabo de unos meses la viuda cobró el seguro por la muerte del Capitán Rapaport, vendió la casa y rápidamenete abandonó el poblado. Nunca más hemos vuelto a saber de ella. Sin embargo ..." el viejo calló repentinamente.
Dos o tres parroquianos insistieron airadamente para que el viejo concluyese la frase silenciada.
El viejo los miró, se paró, se arregló su añoso gabán azul marino, y mirando a los jóvenes de costado les contestó casi desde el vano de la puerta:
"Sin embargo, ya las tripulaciones no salen a cubierta cuando aparecen peces voladores" respondió, mientras se adentraba presuroso en la noche lluviosa.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Noche sin paz


Se fue a dormir con la alegría de saber que su tiempo estaba llegando. En pocas horas más, su marido se iría de la casa, tal como habían acordado ante los abogados, como parte del proceso del tan ansiado divorcio.
Hacía meses ya, que dormía en el cuarto de su hija. Dejar de dormir en el lecho nupcial le había dado cierta tranquilidad. En primer lugar demostrar con hechos su decisión de romper con las premisas de un matrimonio, que ya hacía unos años, no era lo que ella había deseado, ni siquiera imaginado. En segundo lugar, la seguridad que le brindaba la presencia de su hija, que si bien pequeña, le otorgaba la tranquilidad que, en principio, ningún acto de violencia se produciría ante los ojos de la pequeña.
Ya eran horas nomás. Tal como constaba en el convenio, él se iría el domingo, radicaría un nuevo domicilio y ella se quedaría en la casa. El régimen de visitas, la división de bienes y otras cuestiones, habían quedado perfectamente aclaradas durante las tediosas reuniones entre ellos y sus respectivos abogados.
Ella sabía que existía otra vida. La que había llevado hasta ahora, limitada, absorbida y encerrada no la hacía feliz. Tampoco la violencia, la denigración y la indiferencia que experimentaba de parte de su marido, las que prontamente llegarían a su fin.
Se acostó. La respiración de su hija dormida le contagió serenidad.
Pensó en aquel hombre. Lo había conocido hacía un año. Ella se había enamorado desde el momento en que descubrió que el amor podía ser algo diferente a lo que había sentido hasta ese momento. Se dio cuenta de que no sólo la pasión era algo que brotaba libremente, sino que también existían muchas cosas para compartir y soñar. En los brazos de él había encontrado una razón para seguir creyendo, como para sentirse más joven y para volver a confiar en que había sueños que podían ser llevados a cabo de a dos.
En el transcurso de los últimos meses, su amante le había dado muestras de un compromiso firme y de un amor auténtico, demostrado en más de una oportunidad. Los planes urdidos entre abrazos y caricias parecían poder concretarse en breve, y de allí una nueva vida en la libertad alejada de ese matrimonio esclavizante.
No escuchó la puerta abrirse. La despertó la mano fría de su esposo que se posaba sobre su hombro.
Entre sollozos, atenuados para no despertar a la niña, él le dijo que no podía irse. Bañado en lágrimas le repitió que la amaba, que su vida sin ella carecería de sentido. Sumido en un triste llanto le pidió, como tantas otras veces, una nueva oportunidad.
El hecho de haber sido despertada tan abruptamente la confundió. Las lágrimas le removieron viejos instintos y la lástima la abordó. Posó su mano izquierda sobre la cabeza de él y con la derecha apartó las lágrimas que brotaban de sus ojos. No rechazó el beso que él tímidamente le dio sobre sus dedos.
Quiso creer una vez más en él, en los juramentos de una nueva vida, de que cambiaría y de que todo sería diferente, a partir de ése momento.
Sin ningún fundamento, ella quiso volver a creerle y no rechazó la mano posada sobre su pecho, debajo del camisón. Tampoco supo porqué, accedió a ir a la cama matrimonial esa noche. Y con una convicción precaria hicieron el amor de modo triste y sin que la vergüenza estuviese ausente.
Él finalmente retiró el brazo donde ella apoyaba su cabeza. Puso el codo sobre el colchón y con la palma de la mano sujetó su mejilla. La miró a los ojos y con el mayor de los desprecios le dijo pausada y serenamente: "sos una puta".
A ella no le sorprendió su insulto. Volvió de repente a recordar la cantidad de veces que se había sentido ultrajada por ése hombre. La indignación comenzó a invadirla. No por el insulto recibido, sino por haber traicionado sus planes de liberación, por haberse traicionado ella misma, sucumbiendo ante un nuevo juramento de respeto, rápidamente incumplido. Pensó en su amado. Lo sabía totalmente ignorante del suceso, pero no se perdonaba esta infidelidad. No se perdonó no haber podido cumplir con lo que ella había deseado largamente.
Aprovechando que él ya se había dormido sobre la desarreglada cama, se levantó. Pasó por el cuarto de su hija. Le dio un beso en la frente, con la suavidad necesaria para no despertarla. Se quedó unos instantes sentada junto a ella, con la sola intención de observar su paz al dormir.
Se dirigió a la cocina. Abrió la heladera y sacó un frasco de dulce. Caminó por la casa como quién camina por un lugar ajeno y desconocido. Abrió el segundo cajón de la gaveta del escritorio y tiró al piso la franela con olor a vaselina.
Entró al baño. La traición a sus convicciones y al amor que la estaba esperando más allá del domingo, lleno de planes y esperanzas la estremecieron, una vez más.
Se untó el sexo con jalea de membrillo. "La bala atravesará con menor fricción" pensó. Y cerró los ojos.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Desde el mismo jardín


Una vez admitido el inconcebible resultado de su proceder, no le quedaron dudas de que su vida se tornaría irreversiblemente cruel a partir de ése momento.
Abrió la puerta de su habitación, justo en el momento en que la luna se escondía detrás de una nube solitaria. Hacía calor y el repentino cambio de luz, lo animó a salir al jardín. Sólo le bastó dar el primer paso para que el frío del rocío sobre el césped, se transmitiera invasivo, hacia todo su cuerpo. No le dio importancia y sus pasos lo alejaron de la casa en forma casi mecánica. Su nerviosismo lo había puesto en un estado tal de excitación que tampoco le molestó mojar su espalda al recostarse sobre la reposera húmeda y pegajosa. Luego de un prolongado y profundo suspiro, miró al cielo, ya sin aquella inoportuna nube y trató de comprender el significado de lo acontecido.
Su propia sombra se dibujaba tenue, delineando una difusa silueta sobre el césped, pero no reparó en ella. De a poco fue sintiendo como su cuerpo comenzaba a experimentar una sensación de laxitud, que hacía mucho tiempo no sentía. Trató de poner en orden sus pensamientos, pero éstos todavía se encontraban dispersos y conmocionados. Bajo ese cielo que lo cautivaba y le traía recuerdos de sus más placenteras vivencias, trató de alejar algunas recientes imágenes que le eran de encarnado dolor. Tuvo plena conciencia de sus actos, podía volver a reproducir con exactitud toda la escena, pero tendría que esmerarse para aceptar y entender el futuro a partir de su nueva realidad.
El canto de un grillo, lo hizo desviarse de sus pensamientos, y lo llevó por unos pocos segundos a imaginarse un mundo sin sonidos. No pudo recrear en su mente semejante abstracción, esa noche era de sombras, pensó, como si se tratase de un mandato de obligada obediencia.
Recordó su niñez, y las fiestas familiares en ése jardín, en las veces que les era permitido a él y a sus primos, jugar hasta horas bien tardías. Para esos momentos, a los mayores nada les importaba, gracias a las influencias de los vinos de guarda, que su padre sólo abría para esas ocasiones. Le vino a la memoria la noche en que el rayo había acertado caer sobre el viejo ciprés, atemorizando con el terrible estruendo y su refulgente luz a toda la familia. O esa primera noche con Emilia, cuando al amparo de los ligustros se juraron amor sincero mientras desparramaban sus ropas sobre ése mismo césped.
¿Qué va a ser de Emilia? pensó a modo de estéril interrogación. Por la tarde la había encontrado de un humor lúgubre y con la mirada ausente. Se preguntó porqué había accedido a casarse, a pesar de que con antelación, había descubierto que no era amor lo que lo había acercado a ella. Tenía la certeza de que había sido en parte insistencia de las familias, y en parte, la facilidad con que una joven bonita y de buena posición social, se le entregaba en forma dócil y sin resistencia. No podía decir que no la quisiera, quería creer que la había amado, aunque sabía que ese sentimiento hacía tiempo se había tornado una mezcla de hastío y conveniencia. Se le hizo presente cuando el bonachón de su suegro le había ofrecido, en una noche tardía, nombrarlo gerente de la empresa, y para sorpresa de él y de todo el entorno familiar, un mes más tarde cumplía su promesa. En ese mismo jardín se festejó el acontecimiento, recordó con un dejo de tristeza. Todos los invitados y toda la pompa de la celebración fueron insuficientes para alegrar el rostro de Emilia, que hacía una semana volvía a perder prematuramente su segundo embarazo.
Dirigió su mirada hacia la casa, y vio en la ventana de su habitación, una sombra estática y vigilante, sólo interrumpida de a momentos, por el suave balanceo de las cortinas. Seguramente, se dijo, tendría que acostumbrarse a ello.
Volvió a replantearse el día: su llegada después de una ardua reunión de directorio, en la que su opinión era diametralmente opuesta a la de su suegro, y el deseo imperioso de llegar a la casa. Deseo que se vería opacado con la recepción autómata y rutinaria del personal doméstico y la indiferencia de su siempre alicaída esposa. Sintió que ya no había otro lugar donde encontrar reposo ni contención. Pensó, no sin sorprenderse, de lo reciente de esta nueva situación; sólo horas lo separaban de ésa metamorfosis tan fantástica como inimaginada.
Se vio entrar en la habitación y encontrar a Emilia sollozando sobre la cama. No pudo resistirse a abrazarla e intentar una protección que ya no se sentía capaz de brindarle. Sin embargo no lo dudó, la abrazó y le susurró palabras de aliento junto a su oído. Conciente de que ni él ni ella lo creían espontáneo, lo siguió haciendo, con la certeza de saber que era parte del juego que los sustentaba a continuar.
Lo distrajo una luciérnaga que imprevistamente se posó sobre su muslo. No era habitual, para esa época del año la aparición de éstas, pero lo celebró con una nostálgica sonrisa. Era como la aparición de la luz, en una noche de abundante sombra.
Sus pensamientos regresaron rápidamente a la habitación. Se vio nuevamente sobre la cama, digiriendo los lamentos de su esposa vacua y lejana. Remembró la mutua ausencia de deseos, y la mustia sensación de hartazgo, de una Emilia poco amada y su propia e inescrupulosa ambición de progreso social, mal saciada. Ordenó un sinnúmero de recientes imágenes prematuramente envejecidas y decidió conservarlas como último recuerdo de ella. Y la vio tirada sobre la cama, con sus ojos casi inmóviles apuntando hacía arriba, sin ver ni percibir. Hinchados y rojizos, inundados en lágrimas y miserias, incapaces de concebir alguna imagen, rebosantes de oscuridad.
Un fugaz y repentino brillo de la luna sobre su anillo logró desviarlo de sus pensamientos. Por un momento trató de permanecer alejado de ellos; pero de inmediato regresó a aquellos abrazos, que se prolongaron por largos minutos, en los que el silencio imperó estruendoso. Emilia trató que el abrazo se convirtiera en beso, que él aceptó de forma casi involuntaria, o tal vez por concesión a una realidad que sabía ya el relicto de un pasado lejano. Al momento de darse cuenta de que ése beso significaba más lástima que deseo, se separó abruptamente de ella con un leve, pero significativo empujón.
Mientras observaba una vez más como la luna se escondía tras una nube grisácea y oscura, recordó como Emilia comenzaba a llorar con su rostro cubierto por ambas manos, mientras él mismo se incorporaba con un movimiento premeditado y veloz, quedando parado a los pies de ella.
Fue en ese momento cuando tomó coraje, recordó, y se dio la potestad de confesarle toda su verdad. Con tristeza y sin remordimiento le dijo lo que ella hacía tiempo sabía. El "ya no te quiero" sincero y largamente contenido resonó sin respuestas durante largo rato en la habitación fría. Ella, luego de dirigirle una mirada última, comenzaba a convertirse lentamente e inexorablemente en una sombra.
El no podía creer lo que estaba ocurriendo. Convulsionado, trató desesperadamente de tocarla, abrazarla o algo; pero ella ya era intangible y etérea. La sombra o Emilia, iba y venía por la habitación sin derrotero, casi sin ataduras, pero en cierta forma con una libertad nueva.
Recostado sobre la reposera, que al pasar del tiempo resultaba más fría, recordó sus últimos intentos de revertir la situación con palabras y promesas vagas. Todo fue inútil y vano. Luego de un largo rato de ver la sombra de Emilia deambular dentro de la habitación, se dio por vencido con una mezcla de espanto y conmoción.
Dirigió una vez más su mirada a la ventana de la habitación y vio como la sombra permanecía calma y sosegada sobre el alfeizar, justo cuando la tormenta se anunciaba feroz.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Fin de juego


Ahora, parado solitario frente a la puerta, sintió que el paso final estaba ahí, a menos de un metro por delante suyo.
El hombre había llegado a la última puerta. El proceso de alcanzar este punto culminante le había resultado arduo y tedioso. Aún recordaba, a modo de penosa búsqueda, todo el tiempo transcurrido desde el inicio del recorrido. Tampoco olvidaba los infranqueables obstáculos que había tenido que sortear, e incluso las veces que tuvo que volver atrás para comenzar un nuevo intento.
Imponente y de una impresionante fortaleza, la puerta era de color gris, totalmente sólida y construida en una sola pieza. No tenía visillo ni picaporte, ni ningún otro objeto que sobresaliera de su pulida superficie. El hombre se agachó y con sus manos trató de sentir si existía alguna corriente de aire proveniente del otro lado. Se agachó aún más, y con su cabeza contra el suelo quiso ver si alguna evidencia de luz se colaba entre la puerta y el piso. Nada, parecía totalmente hermética.
Al cruzar la puerta se encontraría con una enorme cantidad de cosas. Se imaginaba salir y sentirse invadido por las extraordinarias fragancias que emanaban de aquella cautivante pradera inundada de flores silvestres. Sintió el aroma penetrar invasivo en sus fosas nasales. Vio el lago, que se recostaba junto al verde, adornado por innumerables flamencos y cisnes. Vio el cielo diáfano, plagado de golondrinas que daban permiso al comienzo de la primavera. La suavidad del sol le iluminó el rostro, y sintió su tibieza sobre la espalda. Con agua fresca y cristalina del manantial, sació su sed acumulada. Pudo sentir y percibir todo lo que había imaginado. Finalmente, se imaginó plácido, recostado sobre el césped, mientras observaba unas pocas nubes que en forma lenta flotaban hacia el lago. Se dio vuelta y ya no vio la puerta, lo que lo hizo sentir más seguro.
De pronto, el ruido metálico de la cerradura, lo hizo volver a su realidad. La puerta, despaciosamente, comenzaba a abrirse en total silencio. La emoción y la ansiedad lo invadieron, mientras que su corazón parecía latir en forma desmesurada. Cerró los ojos y pensó que cuando los abriera estaría frente a aquella magnífica pradera del lago.
La puerta hizo un ruido seco y tosco, como indicando que había llegado a su tope. El hombre abrió sus ojos y con enorme asombro vio una pared de ladrillos que bloqueaba la salida. Sobre ella, una leyenda escrita con aerosol fluorescente: "Game Over".
Apoyé mi frente contra la pantalla y metí mi mano en el bolsillo. Al tiempo que el metal enfriaba mis dedos, las ganas de vomitar se me volvieron irrefrenables.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Cinco segundos


Apenas se dio cuenta de que bajaría del cielo en forma casi vertical, acomodó su cuerpo para recibirla. Gutiérrez sabía que si lograba pararla con el muslo, la podría amortiguar y dominarla rápidamente para dar un pase en profundidad sin que su rival pudiera obstruirlo.
El Serrucho Aguilera no pudo creer la forma inverosímil en que había quedado tirado en el piso. La reciente demostración de habilidad para dominar una pelota de aire lo hizo calcular mal y dar una ridícula pirueta, que lo dejó "pagando". Completamente desairado, oyó algunas risas provenientes del público cercano al alambrado. Con gran irritación, adivinó de inmediato que el griterío se volvería infernal cuando el puntero derecho tomase el pase en profundidad, bien pegado al lateral.
El clamor de las tribunas envalentonó al chiquito Sepúlveda. Recordó al instante la larga convalecencia de su última lesión y pensó en su novia, que lo estaría mirando desde la platea local. Empezó a correr junto a la raya unos instantes antes de que el pase partiese hacia él. Sin haber tocado aún la pelota, con un vistazo casi imperceptible pero efectivo, conoció al detalle la ubicación del resto de los jugadores. Se tranquilizó al no escuchar el silbato del árbitro, ya que por un momento había sospechado que podría encontrarse en posición adelantada.
El árbitro dudó, y su primera intención fue la de hacer sonar el silbato. Sin embargo, la maestría de la jugada y el hecho que el equipo local fuese en desventaja, lo hicieron cambiar de parecer. Continuó corriendo hacia adelante y pudo observar cómo la pelota era impulsada en forma de centro, que inequívocamente iba a ser cabeceada por el centrodelantero que ya se preparaba para recibirla.
Al momento de saltar a cabecear, Cacho Garisoldi comprendió que no se trataba de una jugada más. Él, que llevaba convertida una cantidad impresionante de goles, supo que era ése el momento de cimentar una historia larga y exitosa, o no. Midió la trayectoria de la pelota al mismo tiempo que se daba cuenta de lo importante de su decisión. Se convenció de que la conversión del gol sería bastante sencilla. Ya en el aire, la duda lo volvió a asaltar. Recordó la visita que había tenido en los vestuarios, y el color de aquellos billetes. Al momento de cabecear, fue también conciente de la mala ubicación del arquero rival.
El gato Herrera, guardavalla de larga experiencia, reconocería durante muchos años que su salida a cortar el centro había sido totalmente a destiempo. Desubicado junto al primer palo, había "regalado" involuntariamente todo el arco vacío para que la conversión resultase muy fácil. Escuchó el sonido del parietal derecho contra la pelota, un poco apagado por el estruendoso murmullo de los espectadores a su espalda. Con gran sorpresa vio como la pelota pasaba velozmente muy por encima del travesaño, un yerro muy difícil de explicar. En ese mismo momento se convenció de que los rumores que circulaban sobre la conducta del centrodelantero debían ser totalmente ciertos.