domingo, 26 de octubre de 2008

Lo oscuro de ahí


Llegué al bar atraído por esa inverosímil convocatoria que había leído en el diario del domingo. El aviso era pequeño y en página par, pero al descubrirlo me cautivó de inmediato. Se solicitaba la presencia de público entusiasta, para llevar a cabo un una suerte de experiencia colectiva.
Ese domingo el bar se veía interesante. Traté de llegar ni muy tarde ni muy temprano, como para sopesar el ambiente. Con cierta timidez abrí la puerta de cristal, e inmediatamente noté que la mayoría de las mesas estaba a medio llenar. Se había montado un escenario en el que sólo se podía ver, por el momento, un trípode que sostenía un importante micrófono en el sector central.
Preferí no sentarme muy adelante, para no ser tan partícipe, ni muy atrás como para no perderme nada, así que apunté al sector del medio. Allí, una cabellera rubia atrajo inmediatamente mi atención. Aparentando una fingida distracción, di una vuelta para observar con mayor detalle el rostro de aquella llamativa mujer. Era rubia y hermosa desde donde se la mirara, y para mi sorpresa, la silla a su derecha estaba libre.
Con un simple pedido de permiso me acomodé en el lugar, que quedaba junto a una especie de cortinado lateral. No hubo charla previa, más que las palabras de rigor. Los minutos anteriores al comienzo del evento me resultaron un suplicio: fue una lucha descomunal entre mis deseos de mirarla y mis pruritos de buenas maneras.
La entrada del coordinador significó una especie de alivio. Explicó con lujo de detalles el sentido de la experiencia. Sin embargo, la presencia de ella y algunas de sus miradas no dejaron de inquietarme. Esta situación desvió tanto mi atención que no logré entender en absoluto la explicación ni de la razón de la convocatoria. Yo sólo trataba de no enloquecer.
De repente, la luz se apagó.
Lo primero que llamó mi atención fue que nadie se alarmó. Se percibía una calma casi coordinada, quizás esperada, por lo que traté de proseguir al tono de la conducta de la concurrencia.
Al principio me asombró el sonido de las respiraciones de los asistentes, sentí que sonaban muchísimo más fuerte que con luz. Para no mencionar los carraspeos nerviosos que retumbaban de forma casi estrepitosa. A los pocos minutos pude notar algunas luces que se colaban por entre las ventanas, acompañadas invariablemente por sus propias sonoridades: una moto con su faro, un colectivo con su particular iluminación. Y otras veces, la ausencia total de luces y ruido que cautivaron fuertemente mis sentidos.
Me encontraba absorto entre esas sensaciones, cuando una mano interrumpió mi ciega contemplación. La mano venía desde la izquierda y no mostró ningún atisbo de timidez. Me tomó en un momento de distracción total, sumido en mis pensamientos sobre la experiencia de ausencia de luz. En silencio, dos manos tomaron mi cara y en forma simultanea nuestras copas fueron a dar al piso, causando un eco casi estruendoso. Le siguió un beso feroz, cobijado por el total anonimato de la negrura espesa, pero cargado de astucia y pasión ficticia. El marco de transgresión le agregaba al beso una indescriptible cuota de adrenalina y tentación. Me vi arrastrado voluntariamente hacia el cortinado, donde caímos casi rendidos ante los deseos de cada uno de nosotros. Las manos no encontraban destino fijo, mientras nuestras bocas no dejaban de buscar sitios nuevos. A su vez, implícitamente, divagamos en la condición tácita de no emitir el menor de los sonidos, lo que añadía una magia especial a nuestro momento. Cierres, cintos y botones se abrieron con el mayor de los sigilos. Y llegado el momento, la locura ya no tuvo contención ni límite.
La luz volvió con algunas palabras lejanas que nos tomaron por sorpresa. Las cortinas nos salvaron del ridículo pero no de ser el foco de atención de la concurrencia.
Todos me miraron con curiosidad cuando lentamente me senté junto a mi mesa. Todos la observaron, cuando elegantemente atravesó la puerta de cristal hacia la calle.
Ya en mi mesa me dí cuenta de su evidente ausencia. El paquete de cigarrillos vacío sobre la mesa resultó como un adiós sin despedida. Comprendí todo y todo comenzó a carecer de sentido. Hubiera dado mucho más que mi billetera perdida, por saber como se hacía para volver a encontrarla.

domingo, 5 de octubre de 2008

Con la guardia baja


Frente a la puerta adornada con un crespón negro, se arregló la vieja corbata oscura, suspiró de forma profunda y finalmente entró. Entró al velorio de la forma en que sólo lo puede hacer aquel que ya ha entrado a mil velorios: paso firme, gesto adusto y la mirada dirigida con exclusividad al féretro, que siempre se ubica en el extremo más alejado del salón.
Su entrada, con caminar decidido, siempre lograba atraer cierta atención, en especial la de los familiares más cercanos. Ellos, en lucha titánica con sus memorias, no lograban recordar al recién llegado, tan compungido y de evidente cercana relación con el difunto. Ante este leve pero repentino revuelo, que él tan bien conocía, se paraba solemne frente al cadáver, sacaba el pañuelo blanco, cuya punta asomaba elegantemente del bolsillo del saco, y de a poco comenzaba a sollozar. Eran estos minutos de tristeza fingida inicial los que le permitían hacerse el cuadro de situación: condición social, edad del finado, cantidad de familiares, calidad del ataúd, etc. Nada de lo que observaba le resultaba trivial, toda la información era absorbida con detallado interés. Sabía que para ése entonces, algún familiar, conmovido por su evidente dolor, se le acercaría con la intención de revelar su relación con el finado. Ése, era el momento crucial, o se superaba con hidalguía -y un poco de suerte- o la situación condenaba irremediablemente a una retirada lo más decente posible. Era en ése momento cuando toda la información adquirida en los escasos minutos previos debían proveerlo de una frase brillante, acertada, que tuviera la mayor posibilidad de resultar creíble.
Cuando con su mano derecha se había aferrado a las manos del muerto, una voz femenina y joven lo asaltó en el momento en que él calculó que debía ser abordado. Agradeció el anís, y con la copa pequeña entre sus dedos dio un par de pasos que lo alejaron del féretro. Sabía -o quería creer-que la joven lo acompañaría e intentaría comenzar alguna conversación. Ése momento sería la gran cosecha de la noche. Hablaría de su gran amigo del colegio, y a partir de allí, escucharía toda esa invalorable información que las circunstancias le brindasen. Sin embargo, las coronas del centro de egresados del secundario, del club Social y Deportivo y de los empleados de la estación de ferrocarril, le habían propinado un inmejorable obituario del difunto. Eligió el club porque al hombre se lo veía maduro, pero con una edad bien llevada, y hasta con un cierto aire deportivo. Arriesgó a preguntar si ella era la hija, y tuvo que contener una irresistible sonrisa de satisfacción cuando entre pucheros, la muchacha le contestó que "sí, que era la menor de las dos", mientras señalaba con el índice a su hermana mayor. Andaría por los veitimuchos o treintipocos, y el hecho de que no llevase alianza, ni que hubiese criatura alguna dando vueltas por el salón, le generaron una expectativa de interés, cuyo sabor le resultaba ya conocido. Le confesó que su padre solía hablarle de ella con infinito cariño y orgullo. Alabó al difunto dentro de los límites de lo creíble. Al ver que las primeras lágrimas comenzaban a surgir de sus ojos, comprendió que la noche había sido productiva al extremo.
Luego de la siempre incómoda presentación al resto de los deudos, quienes invariablemente desconocían su íntima pero bienvenida amistad, llegaba el momento del desenlace final. Logró apartarse del grupo de familiares sin que la hija menor dejase de estar a su lado. Allí su nombre, ocupación y situación financiera le llegaron sin mayor inconveniente.
Llegado el momento de la partida, la tomó de las manos y comenzó a despedirse. Se alegró al escuchar que ella le confesaba que la existencia de un amigo tan cercano -y desconocido hasta ése momento- a su padre la había sorprendido, y que deseaba volver a verlo.
El beso en la mejilla sobre la vereda húmeda, le dio la certeza de una futura victoria.
A veces era así. El lo llamaba "la ley de la guardia baja": en este tipo de situaciones, la gente no ofrecía resistencia y mostraba o daba lo que en otra oportunidad no hubiese ni siquiera sospechado
-Hoy había sido un seguro levante- pensó con satisfacción y recordó las ocasiones de cobrar deudas inexistentes, de obtener favores, o inclusive de gratificaciones a su persona a causa de esa -bien fingida- fidelidad a una amistad de años.
Las imágenes de los ojos de la hija menor no lo abandonaban; al tiempo que el colectivo lo acercaba a la pensión.

viernes, 26 de septiembre de 2008

A pique


El agobiante silencio de la tarde, finalmente, fue quebrado por una especie de queja de uno de los amigos.
-¡Che Fusa! ¿Estás seguro de que con hígado de carnada anda bien?
-Pero si, boludo, no ves que ya empiezan a aparecer burbujitas al lado de la tanza.
-Si, las veo- contestó desesperanzado Irusta- pero de pique ni que hablar ¿no?
-Bueno viejo, yo te lo advertí, que esto de la pesca era algo para pacientes.
-OK, no te jodo más con mis preguntas- replicó Irusta bajo el impiadoso sol de enero- pero insisto en que me parece que le erramos con la carnada.
-Bueno, pero vos tenés que ver las cosas desde un punto de vista más optimista- le aconsejó mientras volvía a tomar un trago de la botella de cerveza- mirá si no, que posición ganadora tenemos ante la vida.
-¿Ganadora de qué? ¿O te olvidás el motivo por el que estás acá? Casi de "vacaciones" te diría.
-Posición ganadora, te digo- agregó el Fusa con voz que denotaba algo de enojo -te digo nuestra posición frente a los pescaditos.
-¿Qué tiene que ver el pescadito?- volvió a preguntar Irusta casi sin entender de qué estaba hablando su amigo.
-¿Cómo que "que tiene que ver"?- respondió el Fusa mientras comenzaba a alzar su voz- ¿cómo que tiene que ver?- agregó de inmediato con algo de fastidio- Imaginate que fueras un pescadito y que para alimentarte a vos y a tu familia tuvieras que ir a robar ese pedazo de hígado que flota cincuenta centímetros debajo de la superficie del agua, y que lo sabés ajeno, y que a lo mejor, es de esas comidas que vienen con trampa y que el anzuelo te lleva al otro mundo.
-Mirá que pensás raro vos- dijo Irusta mientras se secaba la abundante transpiración que le corría por la frente.- Capaz que fue por esas boludeces que perdiste tu trabajo de trompetista en el cabarute aquel, en donde nos conocimos. Roshal Naits ¿no?
El Fusa no respondió. Se hizo un silencio forzado por los recuerdos de ambos y por viejas cuestiones nunca aclaradas del todo. El sonido del río acompasaba el ligero vaivén de las hojas de los sauces que crecían al borde de la playita de arena. Pese a que todo estaba en movimiento, la quietud de la tarde tornaba al ambiente vibrante y ajeno. El sol todo lo inundaba.
-Irusta- pronunció como anunciando una confesión- A lo mejor a vos siempre te quedó la duda, pero como buen amigo, nunca me lo preguntaste, y te lo agradezco hermano- terminó el Fusa ingresando a un silencio denso, que no fue interrumpido por el otro.
-Irusta querido- dijo mientras volteaba su cabeza ante su atento amigo- Yo fui uno de esos pescaditos.
-¿De que me hablás Fusa? ¿pescadito de qué?
-Yo fui uno de esos pescaditos, viejo- pronunció solemnemente mientras con su mano izquierda daba cortas palmadas en la espalda de su compañero.-Un pescadito que necesitaba comida, para él y para los suyos.
-...
-Y así fue como esa noche tomé coraje y fuí por la carnada. Mi última noche con la orquesta del "Royal Nights"- dijo el Fusa con la voz casi quebrada.
-¡No!- dijo sorpresivamente Irusta- ¿Entonces fuiste vos el que aquella noche....?
-Fui yo- sentenció el Fusa con gesto adusto.
-Y entonces toda esa historia que me contaste sobre tu estadía aquí ¿es puro verso?
-Puro verso.
A partir de ese momento ambos eligieron no mirarse ni pronunciar palabra por un largo rato. La tarde transcurría apacible pero a su vez inmersa en una tensión que sólo el paso de los minutos junto al fluir del río comenzaron a distender.
-Bueno...., entre vos y yo..., la verdad es que el turco ese era una mierda, y un poco se andaba buscando comerse un plomo.
-Ya no losé- reconoció con timidez el Fusa- antes pensaba como vos, pero ya no más.
-Bueno hermano- dijo Irusta con voz que pretendía mostrar cierto entusiasmo- en dos semanas más ya nadie se acuerda, y te tomás el piro de esta isla de mierda.
El Fusa no respondió. Su mirada se perdía en la salvaje vegetación de la costa de enfrente.
-¡Che boludo! ¡prestá más atención!, ¿no ves como se hunde tu corchito? seguro que hay algo grande que está picando- dijo el Fusa mientras su rostro se debatía entre ocultar una lágrima y un nuevo trago de cerveza caliente.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Reencuentro a secas


No era una casa cualquiera, tampoco lo era el motivo de su visita. No se dejó impresionar por el tamaño de la mansión ni por el lejano recuerdo de aquella mujer. Sin embargo, sintió como el envoltorio del ramo de flores comenzaba a humedecerse al contacto con la palma de su mano.
Tocó el timbre exactamente cinco minutos después de la hora acordada.
Al momento que comenzó a escuchar pasos que se acercaban, mil imágenes se le atropellaron en la memoria: su rostro, los domingos en misa, su impetuosa relación y el involuntario final vilmente orquestado a instancias de "insalvables" diferencias sociales. Se cuestionó si sería capaz de distinguir su rostro. Se respondió que sí, pero no podía imaginarlo.
El llamado lo había dejado perplejo. Cuando al responder el teléfono le comunicó quién era, él no tuvo mejor respuesta que preguntar "¿Qué Valeria?", aunque lo había sabido desde el primer momento en que escuchó su voz. Necesitó sentarse y hubiera dado cualquier cosa por liberarse de ése inesperado nudo en la garganta. Hablaron por un largo rato, a veces interrumpidos por dificultosos silencios, a veces ensombrecidos por insalvables recuerdos. Aceptó de mucho agrado la invitación. Durante los dos últimos días no había podido pensar en otra cosa. Se imaginó la cena de mil maneras, y se propuso evitar cualquier tipo de recriminación sobre lo ocurrido en el pasado. Había decidido no comentarle todo lo que la había recordado. Sin embargo, se sentía ávido de escucharla, de volver a mirarla a los ojos, mientras le contaba sobre su vida durante este largo tiempo. Se sintió como el adolescente que era al momento de conocerla, con esa rara sensación en el estómago que jamás volvería a experimentar después de la ruptura.
Notó que la corbata lo ahogaba y le impedía respirar, aunque tenía plena certeza de que la causa de su sofocación era otra. El perfume de los jazmines lo tranquilizaba mientras la puerta, aún cerrada, lo desafiaba a huir. Oyó el último de los pasos antes de que el sonido de las llaves comenzaran a accionar la cerradura. Pensó una vez más, en que debía mostrar una imagen calma y mundana, mientras observaba como el picaporte giraba lentamente. La puerta al abrirse, dejó ver al principio sólo una penumbra gris que paulatinamente se transformaba en imagen.
Fue como una embestida brutal, como una bofetada infame, que lo enmudeció. El sordo sonido del ramo al caer al piso contrastó con esa añorada sonrisa, que al tomarlo de sus manos le dijo: "te estaba esperando, la cena está lista", al tiempo que el crucifijo de plata se balanceaba a la altura de sus pechos, por sobre el inmaculado hábito.

domingo, 7 de septiembre de 2008

El lago del ocaso (1/5)


I- TORRESI

Era un pueblo tranquilo. Pocas veces se había producido antes alguna alteración del bucólico orden montañés. Estos pocos y rápidamente olvidados incidentes, habían sido en todos los casos originados por turistas. Altercados menores, objetos perdidos y hasta algunas riñas causadas por amoríos pasajeros, solían dar pincelazos de color a la calma y paz que parecía emanar del lago. El Inspector Torresi, recordaba aún el escándalo producido por aquella pareja, que habiendo partido de regreso, había olvidado a su pequeña hija en el hotel. El recuerdo le hizo esbozar una sonrisa, la que mudó prontamente a gesto de preocupación al recordar el caso que lo había llevado a la orilla del lago.
Torresi, cincuentón y jovial, era uno de los más renombrados miembros de las fuerzas vivas de Kara Lauquen. El pueblo, cuyo nombre en idioma mapuche significaba "poblado del lago", había experimentado un gran crecimiento los últimos veinte años, debido a la afluencia de un turismo ávido de naturaleza vírgen en los confines andinos del sur. Hacía ya una década y media se había conformado la unidad de policía rural, en especial para combatir los casos de abigeato y contrabando de ganado en la zona. Con el paso del tiempo y el crecimiento de la comunidad, Torresi se había convertido en jefe del departamento, con el beneplácito de gran parte de la comunidad.
Parado junto a la costa del lago, en una lucha desigual contra el viento, anotaba en su libreta toda la escena con la que se había encontrado hacía minutos. Esa mañana lo despertó el teléfono. Recién comenzaba a clarear, cuando la voz del agente de guardia le informaba del cuerpo encontrado sobre la playa del lago.
Miró la lona que cubría el cadáver y sintió un repentino escalofrío recorrerle su espalda. La hermosa muchacha que yacía a su lado debía andar por la edad de su hija, pensó con amargura. La joven turista mostraba un gran golpe en su cabeza. Todavía no estaban en condiciones de saber si el golpe había sido un hecho casual o no. Sin embargo estaba claro que había sido producido por esa pesada rama de sauce, que se encontraba a un metro del cuerpo. Los rastros de sangre sobre uno de los nudos de la madera no dejaban la mínima duda al respecto. Los guijarros que conformaban la angosta playa no eran una superficie donde las huellas de las pisadas se pudieran marcar. Por lo demás, no encontró rastros de ningún tipo que pudieran revelar la presencia de algún otro ser, al momento del impacto.
Los elementos personales que la joven llevaba consigo, no habían proporcionado muchos datos, con excepción de la máquina de fotos, que ya había sido enviada al laboratorio para investigar su contenido. Al parecer había salido de su cabaña con la intención de dar un corto paseo a la orilla de lago, le había comentado la encargada del lugar, mientras esperaban la orden judicial para investigar la cabaña en que se había alojado.
La jóven había llegado a Kara Lauquen el día anterior. Se alojaba en una de las cabañas que si bien están un poco alejadas del pueblo, se ubican a escasos cien metros del lago, en uno de los lugares más hermosos de la costa. Agustina, tal era su nombre, tenía veinticuatro años y era oriunda de la capital. Por los libros y el instrumental fotográfico que había llevado, parecía dedicarse al estudio y la observación de aves.
Los esfuerzos por contactarse con familiares o allegados de la joven, había sido infructuosos hasta el momento. No se había encontrado ningún teléfono celular, y en la computadora personal que estaba sobre la cama, no se había logrado aún encontrar algún documento relacionado con su vida privada. El número telefónico que había dado al registrarse correspondía a la Facultad de Ciencias Biológicas de la capital, donde ya estaban intentando hallar su nombre en los registros de estudiantes.
Al mediodía, le acercaron un sobre color madera con las fotos reveladas. No eran muchas, al perecer el rollo había sido recién cargado. Las tres primeras eran fotos típicamente turísticas: en una se mostraba la cabaña que habitaba mientras que en las otras dos había tomas del pequeño puerto que se encontraba en las cercanías. Sin embargo la cuarta foto, mostraba una escena poco clara y algo movida, muy distinta a las anteriores. Observando los negativos, constató que se trataba de la última foto, seguramente la última de su corta vida, se dijo para sí.
El inspector Torresi tuvo el presentimiento que la respuesta a todas las incógnitas del caso se encontraban en esa imagen. Separó esa foto y la sostuvo entre sus manos. Se sentó confortablemente, apoyó sus pies, aun con barro de la playa, sobre su escritorio y comenzó a escudriñar los detalles. Incluso, reconoció para sí, podía oír el solemne silencio de las horas del ocaso, sólo acompañado por el ligero oleaje costero. Intuyó que había una brisa fresca, sólo acompañada por el delicado e incitante perfume del bosque que parecía emanar de entre sus manos. Como primera conclusión, observó, la foto había sido sacada desde el mismo lugar en dónde fue hallado el cuerpo. Podía identificar los dos árboles a contraluz que emergen de la playa, justo en el sector izquierdo de la imagen. Por las sombras, llegó a la conclusión que seguramente había sido disparada en momentos del prolongado ocaso de los veranos, probablemente a las 7:00 u 8:00 horas. Identificó las lomas pardas y redondeadas en el sector derecho, al fondo del lago. No le quedaban dudas, era la zona de Punta Mojada, totalmente bañada por el sol. En el centro, si bien algo borroso, se podía identificar al Cristo, que ubicado sobre un promontorio rocoso, había sido inaugurado hacía poco, con la visita del obispo de la capital provincial. Lo intrigó el sector oscuro del rincón inferior izquierdo de la imagen. Creyó ver allí tal vez un animal, tal vez un ser humano, o quizás sólo una sombra, pero evidentemente aún no podía reconocer a ciencia cierta a ese "algo". La foto parecía haber sido sacada en movimiento, pero un movimiento curvo, como si la máquina al momento de obturar estuviera siendo rotada o sacudida. Tenía la casi certeza de que ese movimiento estaba íntimamente ligado a la causa del deceso de la joven.
Pese a que en ese preciso instante hubiese querido seguir con la evaluación de las posibles causas del hecho, no pudo continuar: su esposa lo llamaba por teléfono para indicarle que la comida ya estaba lista.
Caminó las dos cuadras que lo separaban de su casa sin dejar de pensar en la foto y en Agustina.

El lago del ocaso (2/5)

II- AGUSTINA

Agustina no se podía explicar a sí misma muchas cosas. Algunas más trascendentes, otras más triviales, pero este viaje, por el contrario, tenía para ella varias explicaciones. En primer lugar, planeaba realizar el viaje de campo de su tesis de licenciatura sobre el habitat de piedemonte andino y las aves de migración estacional. En segundo lugar, alejarse de Mariano, con quién había terminado una intensa relación a causa de su constante inclinación por seducir a sus amigas. Y en tercer lugar, porque nunca pudo perdonar a sus padres haberla dejado olvidada en este pueblo hacía quince años atrás. Con esa carga de futuro, presente y pasado, respiró el fresco aire andino plena de emoción, al descender del micro en la simpática estación terminal del pueblo.
Sus reservas vía internet habían funcionado a la perfección. La señora a cargo del lugar la esperaba con el hogar de la cabaña despidiendo dorados aromas de fuego y fragancias de madera. Apenas hubo quedado sola, se sentó en el sofá para solamente deleitarse con las luces y el sonido de las chispas que ocupaban todo su universo. Por un momento imaginó que no necesitaba nada más para ser feliz.
Miró el reloj. Todavía faltaba más de una hora para la cita con él. Tendría tiempo de darse un baño y cambiarse. Cuando se estaba agachando para levantar su mochila, sonó su celular. Vio que era su madre la que llamaba y su rostro cambió de semblante repentinamente. Contestó a regañadientes, y le comunicó que había llegado bien y que por favor, no la estuviera llamando a cada rato, que ya era grande y no se sentía bien con el constante seguimiento que le mostraban tanto ella como su padre.
Antes de entrar en la ducha volvió a mirar su reloj. La ansiedad por conocerlo y lo inminente del encuentro, la habían puesto nerviosa. Las cinco; todavía tenía suficiente tiempo, pensó con cierto alivio.
Se bañó mientras que a través de una pequeña ventana espiaba el lago, que se adivinaba al fondo del bosque. Los rayos del sol, y la brisa que hacía ondular las ramas, le imprimían al panorama un dinámica incesante, de luces y sombras que se entrecruzaban sin solución de continuidad. Pudo percibir la presencia de abundantes aves, algunas permanentes, y otras migratorias, que eran las que, justamente, la habían hecho decidir el tema de su estudio. En el momento que desvió su vista para cerrar las canillas, creyó ver una silueta cruzar por debajo de la pequeña ventana. Se puso en puntas de pies, con la intención de observar con más detalle el exterior, pero no pudo reconocer nada que no estuviera acorde con aquel paisaje extraordinario.
En ese mismo instante volvió a llamar su celular. Salió mojada de la ducha, pero cuando notó que era una llamada de Mariano, dejó que su teléfono continúe sonando sin respuesta.
Regresó a la ducha con un dejo de mal humor. Esa llamada, o intento de llamada, la había hecho recordar todos esos momentos de desdicha y frustración con su anterior pareja. Sin embargo, el solo pensamiento de la pronta llegada de él, le cambió el humor.
Terminó de ducharse con tranquilidad. Se vistió con aquel pantalón y aquella blusa, que hacía largo rato había decidido ponerse después de varias indecisiones. Notó que su pelo aún estaba algo húmedo y tomó una toalla para terminar de secarlo.
En ese momento, puntualmente, golpearon la puerta.

El lago del ocaso (3/5)

III- GOITÍA

Goitía. Siempre lo habían llamado así. El Ignacio ya sólo estaba reservado para planillas y formularios burocráticos. Él era simplemente Goitía el guardaparques.
Hacía ya diez años que se encontraba en la zona de Kara Lauquen, comisionado para todas las labores relacionadas con el sector de la Reserva Natural que incluía tanto las zonas de serranías y bosques como las del lago. Disfrutaba de su trabajo, pero los veranos eran en especial agotadores: turistas que preguntaban cosas inverosímiles, niños que mostraban total desaprensión hacia la naturaleza o adolescentes irresponsables haciendo fuego en zonas de alto riesgo. Extrañaba las apacibles jornadas fuera de temporada, cuando utilizaba su tiempo en tareas mucho más redituables para el cuidado de la reserva. Pero este verano se presentaba un tanto diferente. Había recibido en agosto, una propuesta de la universidad para acompañar, en calidad de especialista en flora y fauna de la zona, a una estudiante universitaria en su trabajo final sobre aves de migración estacional. Recibió la oferta de buena gana, y una vez que los contactos con la estudiante, para programar la campaña, comenzaron a hacerse más asiduos, su entusiasmo y empeño se incrementaron sobremanera.
Agustina, la joven que vendría de campaña durante el verano, sonaba simpática y jovial al teléfono. Muy pronto las conversaciones, se fueron alejando de los temas estrictamente de trabajo y la relación comenzaba a tomar un camino más ligado a lo personal.
Goitía ya había buscado datos de Agustina por internet, y no sin sorpresa, se había encontrado con fotos de ella que la mostraban en una secuencia de actividades de campo. Su belleza lo había impactado.
Para el día de la llegada de Agustina al pueblo, Goitía ya tenía preparado todas las rutas hacía las zonas donde ella había puesto su interés prioritario. Tenía los mapas confeccionados, las zonas de campamento elegidas, y tanto la canoa, como los equipos de comunicaciones ya habían sido revisados exhaustivamente.
Calculó con detalle el tiempo para presentarse en la cabaña. No sólo su uniforme estaba limpio y planchado, sino que sus botas relucientes y su rostro recién afeitado hablaban de la dedicación y expectativas que el encuentro le producía al joven guardaparques.
Finalmente golpeó la puerta de la cabaña. Agustina lo recibió mientras aun se secaba sus cabellos rubios con un gran toalla. No hizo falta que se dijeran algo, sus ojos se entrecruzaron de tal forma que no les cupo duda de que el reloj ya había sido puesto en movimiento. El beso en la mejilla, le quemó los labios. Se sintió demasiado torpe como para decir cualquier formalidad y prefirió permanecer callado.
-Bueno, encantada de conocerte. Finalmente, Goitía.- dijo Agustina mientras sus mejillas, impúdicamente, iban aumentando de color.
Ella le propuso preparar unos mates, cosa que fue bien recibida por Goitía con la única condición de que fuesen amargos, aunque no se animó a explicar el porqué.
Al cabo de unos minutos, y con los mapas desplegados, en parte sobre la mesa y en parte sobre el suelo, la invitó a ir a dar una vuelta por las cercanías.
Ella tomó su cámara de fotos y la cargó con una película nueva. Hizo el primer disparo con la cabaña de fondo, a modo de verificar si la película estaba bien sujeta al carrete.
La tarde caía apacible. Le dijo que podían pasar por el pequeño puerto que se encontraba en un recodo del lago. Allí, disminuida entre otras embarcaciones de mayor porte, flotaba la canoa que usarían para desplazarse a la zona de trabajo. Rieron un poco por la humildad de la misma y bromearon respecto a la posibilidad de utilizar alguno de los lujosos cruceros que derrochaban un inusitado confort.
Agustina buscó no quedar a contraluz y obturó dos veces la panorámica del puerto con el solitario lago de fondo. Le confesó que no esperaba tan marcada ausencia de gente, teniendo en cuenta lo benévolo del tiempo y el hecho de estar en plena temporada alta. Goitía le comentó que eso era habitual los días de sol, cuando los turistas se volcaban a realizar las excursiones más prolongadas, y que ya vería como en dos horas más, el pueblo sería un hervidero de veraneantes que regresaban con sus rostros colorados del sol y con un cansancio descomunal.
Siguieron caminando por la estrecha playa donde le contó sobre el Cristo recién construido. Finalmente, llegaron al otro extremo de la costa, donde se sentaron a la sombra de unos imponentes sauces.
Si bien la compañía de Agustina le resultaba muy agradable, Goitía no dejaba de percibir una extraña sensación de que los estaban siguiendo y espiando. Sentado sobre los guijarros de la playa, giraba su cabeza a uno y otro lado con la intención de descubrir si su pálpito era cierto, o era sólo producto del extraño sentimiento de estar de paseo con una muchacha que lo comenzaba a deslumbrar.
De pronto, una imprevista brisa comenzó a soplar. La sensación de frescura los hizo sentir más distendidos. Agustina tomó su cámara y trató de captar en una imagen lo cautivante del momento en ese lugar tan especial. Justo en el momento en que se disponía a disparar, escucharon un fuerte crujido que provenía desde encima de sus cabezas. Ya sin tiempo para escapar advirtieron que una enorme rama caía desde gran altura sobre ellos, inexorablemente.
Goitía salió casi ileso, salvo algún rasguño superficial, nada le impidió incorporarse. Su rostro se desencajó cuando comprendió que la suerte de Agustina no había sido la misma. Creyó enloquecer al verla con su cráneo casi desecho. La tomó de sus hombros e imploró con bruscas sacudidas que todo eso no fuese real.
Sus gritos desesperados ennegrecieron de impotencia el luminoso atardecer.