viernes, 30 de mayo de 2008

El ilusionista


Y de pronto, ahí estaba ella. El no la esperaba, tampoco la conocía. El no sabía que cosas así pudieran suceder, ni existir. Todo cambiaría a partir de ese momento. El tiempo pasó a ser un antes y un después de Marumbá.
Su vida era el ilusionismo. Eugenio fue ilusionista desde el día en que su madre le regaló un juego de magia para principiantes, en su cumpleaños número siete. Fue entonces cuando comenzó a realizar sus primeros trucos. Primero fue en familia, después con amigos, para finalmente convertirse en un profesional, muchos años después.
La vocación por ser ilusionista fue muy fuerte. Ya cuando promediaba el secundario, tuvo las primeras discusiones con sus padres, que insistían en que debía estudiar una carrera universitaria. Para ese entonces, Eugenio ya se encontraba haciendo pequeños shows, en los que verdaderamente mostraba una habilidad inusual. Sentía que ése era su modo de vivir. Con gran pasión renovaba constantemente sus actos y dedicaba toda su energía para perfeccionar hasta los últimos detalles. Finalmente, cuando los ingresos comenzaron a ser significativos y estables, se mudó e instaló un taller para construir todos los accesorios y artefactos para sus propios trucos. No le gustaba que le dijeran mago. Decía que lo que hacía eran ilusiones, y sus actos consistían en ilusionar a los niños.
Esa tarde, Eugenio se encontraba en su taller terminando su última invención: una caja del tamaño de un ser humano, en la que hacía entrar a su ayudante. A continuación, la caja era sometida a una serie de artilugios mecánicos que la reducían al tamaño de una caja de zapatos. El acto terminaba cuando la caja era devuelta a su tamaño original, y la ayudante salía caminando en perfecto estado. No estaba conforme aún. Había resortes y bisagras cuya apariencia tosca y rudimentaria, todavía le imprimían a la caja un aspecto poco cautivante. Y si había algo que Eugenio sabía del público, era justamente eso, que debía ser cautivado para poder llevar a cabo el arte de la ilusión. Miraba la caja, montaba nuevos herrajes e ideaba nuevos mecanismos, sin embargo, no llegaba a finalizar con éxito ninguna de las refacciones.
Y allí estaba la caja, sobre la gran mesa del taller. Al final, casi jugando, y un poco por aburrimiento, tomó su varita mágica entre los dedos de su mano derecha, y con una mezcla de ironía y descreimiento dijo muy suavemente "y ahora, señoras y señores, de esta caja, aparecerá alguien a quien no podrán olvidar", dio vuelta su cabeza, quizá como dirigiéndole una mirada al público y exigió: "aplausos, por favor". Y con exagerado, pero delicado gesto tocó con la punta de su varita, la sorprendente caja.
Sintió Eugenio un leve crujido provenir de su nuevo artefacto, a lo que no dio mayor importancia ya que sabía lo que era trabajar con madera recién cortada. Pero, cuando los sonidos continuaron inequívocamente saliendo de la caja, se asustó. Corrió hacia el marco de la puerta y desde allí comenzó a mirar lo que estaba sucediendo en su taller. Al cabo de unos minutos, la tapa se abrió sostenida por una mano rebosante en anillos y pulseras. Eugenio no podía creer que esto estuviese sucediendo, hacía instantes había visto el interior de la caja totalmente vacío, sin embargo, una imponente mujer comenzaba a incorporarse desde su interior. Su sonrisa no podía inspirar más que confianza. Sus ojos no podían significar más que dulzura. Su cuerpo cobrizo no podía más que alojar placeres paradisíacos.
Y de pronto, ahí estaba ella. El no la esperaba, tampoco la conocía. No sabía que cosas así pudieran suceder, ni existir. Alta, con curvas inimaginadas, sus pechos parecían indicar el camino al cielo. Vestía una especie de bikini verde totalmente ornamentado con variadas frutas y flores de pequeño tamaño. Lo mismo el turbante con que cubría su cabeza, por el que asomaban castaños cabellos ensortijados. Su aspecto le hizo recordar a aquellas sensuales cantantes de rumba de las bandas de música tropical de los años cincuenta. Embelezado, la vio pararse sobre la mesa, extender una mano hacia él y decirle con dulzura irreverente "Marumbá". Casi en estado de levitación espiritual, Eugenio se acercó a la mesa y con un gesto amable invitó a la mujer a descender. Ya sobre el piso, le preguntó su nombre, a lo que la mujer respondió "Marumbá". Le preguntó de donde venía y respondió: "Marumbá". Sin entender lo que estaba sucediendo, Eugenio la invitó a sentarse, y ella accedió sin esconder esa sonrisa que no dejaba de cautivarlo. Eugenio se sentó a su lado y trató infructuosamente de obtener alguna información sobre ella. Marumbá era siempre la única palabra que recibía como respuesta. No pudo dejar de llamarla de esta forma.
Al cabo de unos minutos de mirarla y admirarla, le tomó la mano, ella le tomó la otra. Sus miradas se mezclaron durante unos minutos, mientras las palabras parecieron ausentarse para siempre. Las sonrisas se convirtieron en labios que se buscaban con decisión y temor. Hasta que se encontraron. El beso trasvasó cualquier dimensión. Sus brazos se entrelazaron y sus manos se acariciaron sintiendo que nunca habían acariciado. Marumbá no era una mujer, era todas las mujeres de todos los tiempos, su esencia y presencia. Eugenio, que sentía que comenzaba a nacer nuevamente, tomó con ambas manos sus mejillas y mirándola a los ojos le confesó lo que ella ya sabía.
Se amaron entre sensaciones desconocidas, nuevas y avasallantes. El amor con Marumbá era empezar a conocer el amor, como un tifón en alta mar, como una eterna caída al vacío. Y era a su vez como regresar al abrigo del puerto demandado, como experimentar la tibieza de un refugio ansiado. El deseo de pertenecerle, era casi una imposición de su voluntad, ya sin albedrío.
Al tercer día tomó la decisión. Su corazón le pertenecía y ya no concebía la posibilidad de no estar junto a ella.
La condujo hacia la caja, la acomodó, le besó los labios y con deliberada dulzura cerró la tapa. Tomó la varita mágica entre los dedos de su mano derecha, y con temor y enorme esperanza dijo "Señoras y señores, he aquí un viaje a Marumbá". Y con extrema delicadeza tocó con la punta de su varita la sorprendente caja.
Al levantar la tapa y constatar su ausencia no supo si llorar o dar una exclamación de felicidad. De inmediato tomó una hoja de papel, escribió una improvisada despedida, y la depositó sobre su escritorio. Luego se puso la galera de hacer aparecer conejos sobre su cabeza, se introdujo en la caja y con tranquilidad renovada bajó la tapa desde adentro, oscureciendo su entorno, y su historia. Tomó la varita mágica entre los dedos de su mano derecha, y con enorme esperanza dijo para sí "Señoras y señores, he aquí un viaje a Marumbá". Y con delicadeza extrema volvió a tocar, por última vez, con la punta de su varita, la sorprendente caja.

viernes, 16 de mayo de 2008

El inventor


Ya desde la mañana, Eulogio Montes presentía que ése sería un día especial.
No pudo dejar de pensar en ello durante toda la jornada.
Empleado oscuro, pero bien conceptuado por su prolijidad y esmero al momento de realizar sus labores, Eulogio disfrutaba de la soledad en la que llevaba a cabo su trabajo en el archivo de una delegación municipal. Entre pasillos y pilas de expedientes, desviaba tiempo de sus quehaceres menos urgentes, para estudiar e imaginar nuevos inventos. Su sector era un muestrario representativo de lo que su ingenio podía llegar a concebir: el reóstato hidrotérmico, que era un dispositivo para calentar el agua para el mate a temperatura ideal, la tele-aspireta o sea una aspiradora a control remoto y una silla con rueditas que se movía hacia el lugar donde se emitía un silbido, la que aún no había sido bautizada. Pero desde hacía un año, una única máquina le concentraba toda su atención.
Egresado como alumno ejemplar de la escuela de educación técnica de la zona, comenzó desde ese momento una carrera meteórica como ingeniero autodidacta. Entre sus lecturas alternaba tratados de física cuántica con catálogos de ferretería, desde la revista Mecánica Popular hasta la tabla de logaritmos de Howell, entre otros títulos. El taller, que después de mucho esfuerzo pudo montar en el galponcito del fondo de su casa, era el orgullo del barrio. Eximio usuario de la regla de cálculo, se vio forzado a abandonar su uso ante el avance de la tecnología de las calculadoras de bolsillo. Nostálgico, aún guardaba aquella regla en su bolsita de terciopelo, la que de tanto en tanto abría para apreciar su belleza y lo ingenioso de su construcción. Invariablemente, terminaba con las manos sobre sus ojos para evitar la salida de alguna lágrima.
Eulogio se decía y repetía que esta próxima invención no podía fallar. Que la máquina sería una sensación que revolucionaría no sólo la ingeniería, sino también las leyes de la física clásica. Convencido de haber revisado meticulosamente todos los cálculos y detalles constructivos, se repetía que el éxito estaba garantizado. Hacía dos días el comisionista le había entregado aquel retén de doble fase, que tanto había estado buscando. Ya instalado y probado, sólo restaba poner la máquina en funcionamiento. Sin embargo, la imagen de Margarita Paredes, no lo dejaba en paz. La recurrencia de ese tan poco feliz recuerdo, lo intranquilizaba. Y no era para menos, con el quilombo que se había armado en el barrio el día ese. Para aquel entonces, Eulogio había terminado de armar su último invento: el reductor isofásico fibromuscular. Era un aparato que producía un adelgazamiento muy importante en las zonas donde se constataban excesos de tejido adiposo. Como buen hombre de ciencias, Eulogio probó su aparato con la Chachi, una perra que de tantos años ya sólo comía y casi no caminaba, acumulando importantes excesos de grasa. Ante la presencia de las fuerzas vivas de la sociedad de fomento y otras celebridades del barrio, Eulogio procedió ese día a introducir la perra en la cámara de reducción. Con cierto nerviosismo, prendió la misteriosa máquina, y al cabo de cinco minutos de zumbidos y chisporroteos, abrió ceremoniosamente la compuerta. Ante el asombro de los presentes, la Chachi salió caminando con unos cuantos kilos menos, -si hasta parecía más joven la perra- pensó Eulogio. El murmullo se transformó en vivas y felicitaciones al gran vecino que haría historia en los anales de las invenciones. La noticia no tardó en propagarse, y los vecinos se acercaron incrédulos a ver la gran transformación de la Chachi, a quién todo el barrio conocía. Vinieron con botellas de sidra, se sacaron fotos con Eulogio y su invento, pidieron autógrafos y finalmente, se dispararon fuegos de artificio. Todo era festejo y algarabía en el taller de Eulogio, hasta que a doña Remigia se le ocurrió lo que después se iría a transformar en el eje de la tragedia.
-Sabía Ud. Eulogio,-le dijo la señora mientras movía estudiadamente sus brazos -que la Marga, mi hija, ha sido seleccionada para ir a participar al concurso de Miss Belleza de Coronel Garmondia, ¿no?-. Debido a que algo ya había oído, la noticia no sorprendió a Eulogio. Conociendo a la Marga, una chica que se destacaba por sobre el resto debido a su impactante figura, -la elección no habría podido ser más justiciera-, pensó. Casi sin pausa, continuó la madre ¬sin moderar sus ademanes, -Mire, la cosa es que yo la veo que se me excedió un poco en las fiestas y le están apareciendo unos rollitos un poco, ¿como decirle?, un poco antiestéticos ¿vio?-. Eulogio empezó a sospechar las intenciones de doña Remigia pero decidió no adelantar una respuesta hasta tener la certeza de la propuesta. Finalmente, la señora apoyando firmemente sus manos sobre la cintura fue a la carga frontalmente:-¿No le parece a Ud. que podríamos poner a la nena un ratito en la máquina y así dejarle el cuerpo un poco más espléndido?-. Antes de que él comience a reaccionar, su madre, que no se había perdido palabra del monólogo, agregó -¡Si Eulogito! imaginate la gloria y reconocimiento que traería al pueblo un título tan importante como el de reina de la belleza-. Al instante, los muchachos del bar empezaron a cantar "que pongan a la Marga, lalá, lalá lalá". Ya de nada le sirvió a Eulogio decir que a la máquina todavía le faltaban ajustes y un prudencial periodo de prueba: los pibes del Club Once Voluntades ya habían alzado a la Marga y la habían introducido en la cámara de reducción isofásica fibromuscular. De nada le sirvió a Eulogio, decir que era peligroso y que él no iba a participar en tan riesgosa maniobra. Pero fue allí, cuando el grito de "¡Eulogio cagón!" que se escuchó venir de fondo del taller, le tocó el amor propio. -¡Cagón, las pelotas!- retrucó el inventor con un bramante grito y de inmediato tomó la decisión de llevar a cabo la prueba.
Ahí estaba la Marga, linda piba, acostada sobre la parte inferior de la cámara reductora; con su pollerita corta y su musculosa ajustada, la que si bien le remarcaba los insipientes rollos, también le hacía resaltar aún más esos prominentes y tan admirados senos. Con carita de inocencia y cierto nervio, lo miraba a Eulogio como si fuese el salvador de sus excesivas ingestas. Ante el clamor de la concurrencia, cada vez más exaltada, Eulogio cerró la tapa de la cámara reductora, miró al cura y se persignó. Con dedos temblorosos accionó el botón de encendido, y al instante comenzaron los zumbidos y chisporroteos. Eulogio miró la cara de la madre de la Marga y forzó una sonrisa. Con un gesto de confianza y alegría doña Remigia le devolvió una agradecida mirada, mientras Eulogio pensaba -¡cuanta inconciencia!
Los fatídicos cinco minutos parecían no concluir jamás. La gente miraba sus relojes pulsera con avidez y las expectativas crecían en forma inconmensurable. Ya faltando pocos segundos para el tiempo predeterminado, los muchachos del café volvieron a la carga con sus cánticos de loas hacia el gran inventor, los que fueron coreados inmediatamente por la integridad de la concurrencia. Al cumplirse el tiempo establecido, Eulogio levantó su mano acallando todo tipo de expresión festiva y accionó el botón de apagado. Con parsimoniosa lentitud, quitó la traba de la cámara y abrió el compartimiento.
Allí seguía la Marga. Acurrucada, mostraba la misma sonrisita y carita de inocencia que al principio. Al notar que era el centro de atención de todos, sintió que era su instante de gloria y con un movimiento gimnástico se incorporó de un salto levantando sus brazos en pose casi circense. Al instante, los aplausos inundaron el taller. Al cabo de unos segundos se escucharon algunos murmullos, los que rápidamente se convirtieron en abucheo generalizado. Luego, todo se convirtió en un caos demencial. La Marga, si bien había adelgazado, ya no tenía tetas.
Le costó años a Eulogio reconstruir el tallercito. Los pibes del club se habían descontrolado aquella noche destruyendo todo lo que encontraban a su paso.
Trató de dominar sus pensamientos y convencerse de que esta vez todo había sido calculado y revisado, y que nada podía fallar. Tomó confianza y de a poco los recuerdos de Margarita Paredes comenzaron a desvanecerse.
-Esta vez, es todo distinto-, pensó. -Nadie sabe nada.

sábado, 19 de abril de 2008

Escaleras abajo


El día que se mudaron a aquella casa, Eduardo se paró en el dintel de la puerta de entrada junto a su hija y, mientras la miraba a los ojos, le dijo: “casa nueva, vida nueva”.
El último año había sido muy duro. El accidente de María lo enfrentó crudamente a una realidad para la que no se sentía preparado. El pasaje repentino de matrimonio feliz a viudo melancólico y triste le había opacado la vida.
Le tomó unos meses a Eduardo darse cuenta de lo irreversible de la situación y de las necesidades de Malena, que ahora, sin madre, requería todo el cariño y atención de él.
“Hay que volver a aprender todo”, pensó Eduardo, y creyó que una vida sosegada y calma lo acercaría más a su hija. Tomó así la decisión de abandonar el centro de la ciudad y comprar esa casa aislada junto al bosque, que siempre lo había atraído. No sin razón, pensó que la cercanía a la naturaleza y alejarse de las urgencias y apuros de la ciudad iban a fortalecer el vínculo con su hija.
La casa era la sensación de los arquitectos jóvenes de la ciudad. Sus líneas rectas, el blanco etéreo y su volumen integrado al bosque vecino le daban a la construcción el aspecto de una delicada volatilidad y, a su vez, de una fortaleza de una naturaleza fértil y fecunda. Si bien se encontraba un poco alejada de los suburbios, el rápido acceso con vehículo le daba a Eduardo la tranquilidad de saber que en pocos minutos alcanzaba cualquier punto de la ciudad, en caso de necesidad.
Rápidamente, se adecuaron a la nueva vida. Eduardo organizó sus actividades de manera tal que se superpusieran con los horarios escolares de Malena. Salían juntos de mañana y regresaban del mismo modo al atardecer. Pronto descubrieron que el living, en parte integrado a la cocina, era el lugar preferido de ambos. Un espacio totalmente blanco, amplio, con una iluminación diurna proveniente del gran ventanal que miraba al bosque, lo que le daba al ambiente un clima muy acogedor.
La rutina les hacía una buena pasada. Al regresar a la casa, casi diariamente, ambos disfrutaban sentarse junto a la gran mesa del living y jugar al dado. Inútil le había resultado hasta ahora a Eduardo intentar explicarle a una niña de cuatro años el juego de la generala, por lo que habían inventado el juego del único dado. Era sencillo: tiraban el dado una vez cada uno y Eduardo sumaba hasta que el ganador llegaba a cien. Así pasaban largos momentos, ya que la alegría de Malena, en esos momentos de tirar el dado, le daba a Eduardo la certeza de que estaba haciendo bien las cosas. Por ahora, el mundo de mayor regocijo de su hija giraba en torno de esa mesa, en la que reían y jugaban en torno al dado solitario.
Uno de los recuerdos que conservaban de María era una radio bastante destartalada que ella amaba. Aunque le faltaban algunas perillas, la radio funcionaba correctamente y, como tenía un contenido afectivo tan fuerte, Eduardo nunca fue capaz de reemplazarla.
El verano de ese año fue muy caluroso. Frecuentemente, debía interrumpir esos ratos de juego con su hija para ir al sótano a regular la intensidad del aire acondicionado.
Siempre le había llamado la atención ese sótano, tan planificado, con todas sus maquinarias relucientes y una tecnología sin escatimar gastos. Sin embargo, el hecho de que la puerta de entrada sólo tuviese acceso por medio de un picaporte exterior, le había hecho reflexionar al respecto. Ante tanta tecnología, el tener que poner un listón de madera entre la puerta y su marco para impedir que la puerta se cerrara sin la posibilidad de abrirla desde adentro, le parecía no sólo un anacronismo, sino también un enorme error de planificación.
–Un día de estos –se dijo para sí una vez más–, voy a tener que instalar un picaporte en esta puerta.
Ese día comenzaron a jugar temprano. Prendieron la radio y, como siempre, la pusieron sobre la mesa. Malena estaba en uno de esos días en los que el dado sólo mostraba el número seis, sacando gran ventaja sobre Eduardo. Después de un rato, el calor se estaba haciendo casi insoportable. Decidió interrumpir el partido para bajar al sótano y aumentar la regulación del aire acondicionado. Le dijo a Malena que lo esperase.
Bajó las escaleras y se encontró frente a la puerta del sótano. Eduardo la abrió, casi rutinariamente, y puso el listón de madera. Al cabo de una simple inspección, se dio cuenta de que la falta de refrigeración era causada por la pérdida de agua de una manguera. Abrió el cajón de las herramientas y comenzó a reparar la avería.
Ante la tardanza, Malena tomó la radio y se dirigió hacia el sótano.
Eduardo comenzó a escuchar los sonidos de la radio cada vez más cercanos.
Agachado, tratando de reparar la manguera, vio a través de la puerta entreabierta a su hija bajar las escaleras con la radio en su mano derecha y el cubilete en la otra.
De pronto, y ante su impotencia, Malena trastabilló y cayó escaleras abajo. Eduardo la vio desplomarse sobre el piso, el aparato rebotó escalón tras escalón. Como si fuese una ironía del destino, vio cómo la radio aterrizaba sobre el listón de madera. La puerta se cerró instantáneamente.
Tardó Eduardo algunos minutos en tomar conciencia de la situación. La imposibilidad de abrir la puerta desde el interior del sótano lo desquició. Su hija, afuera, seguramente lastimada, y él ignorando la gravedad de su estado. La radio, a un volumen altísimo, le impedía escuchar cualquier signo de vida de Malena.
Se dio cuenta del paso del tiempo cuando la radio, lentamente, acusó el desgaste de sus pilas. Lo último que creyó escuchar fue el resultado de la lotería nacional.
El dado, junto a la manguera reparada, marcaba un seis.

La historia de Capuano Rojas


Con las primeras luces de la mañana, Capuano Rojas abrió sus ojos sigilosamente. La tienda de campaña, aún a oscuras, permanecía en silencio. La mayoría de sus compañeros de tropa dormía profundamente. Unos minutos después, el toque de diana, revertiría toda esa laxitud, y la tienda se tornaría un pandemonium de corridas, gritos e insultos de los soldados que a oscuras buscarían sus uniformes.
La mañana no se presentaba fría. Sin embargo, el temor al crudo invierno ya comenzaba a hacer mella sobre la tropa, que a paso muy lento avanzaba hacia el frente ruso, eternamente lejano.
Capuano de Jesús Rojas Navarrete, era un joven oficial andaluz, proveniente de una familia patricia de Jaén. Había sido tomado prisionero por las tropas napoleónicas hacía mucho tiempo, tanto, que ni él mismo recordaba ya cuanto. Su simpatía, don de gente, y su habilidad para preparar el mejor gazpacho del Mediterráneo, le habían salvado el pellejo de un fusilamiento seguro. Hoy, Capuano Rojas, gozaba del respeto y confianza de sus pares, y de cierta simpatía entre los oficiales superiores.
Capuano había sido informado de que debería presentarse ante Le Comandant D'Artilleurs Jean Baptiste Laffitte La Fleur, tan pronto como hubiera terminado con sus deberes matinales de pasar revista a la soldadesca. Capuano se presentó puntual, se paró frente a la entrada de la comandancia, se alisó su uniforme con ambas manos y finalmente golpeó. "Entrez, s'il vous plaît" fué la respuesta que escuchó del otro lado de la puerta. Con maneras militares, Capuano giró el picaporte, entró, hizo sonar entre sí los tacos de sus botas y dijo con voz marcial "¡Bon jour, mon comandant!". El comandante Laffitte La Fleur, estaba parado junto a la ventana. Con su mano derecha acariciaba el extremo de su afilado bigote mientras observaba meditabundo el lánguido paisaje matinal del campamento. El comandante revoleó con suavidad su cabeza, en un gesto estudiado al detalle, que haría ondular su cuantiosa y esmeradamente cuidada cabellera. Finalmente, y con compostura castrense, se volteó hacia el soldado.
"Soldado Rojas", le dijo, "hoy deberá partir con esta carta hacia el poblado de San Boris, donde se encuentra nuestra infantería esperando instrucciones. Confío en Ud. Entregará este sobre al jefe del batallón apostado allí. La rapidez en la diligencia, será la garantía del éxito de nuestra misión", le dijo con gesto grave, mientras abría la puerta invitándolo a salir de la oficina.
Partió Capuano con su caballo, unos víveres, y un mapa de la zona. Si conseguía conservar rumbo hacía el Norte, estaría llegando a San Boris antes del crepúsculo, calculó con optimismo.
Al cabo de dos horas de marcha, y luego de haber atravesado el más tupido bosque de abedules que jamás hubiese visto, llegó a un claro. Allí le salió al encuentro un pequeño anciano, de larga barba, que se ayudaba a caminar con una rama a modo de bastón. Luego de los saludos de rigor, Capuano le preguntó sobre el camino a San Boris, y le confesó que lo tupido del bosque le había impedido seguir la posición del sol, perdiendo así el sentido de su marcha. El anciano, con gesto paternal, le informó que en esa dirección estaría llegando a San Boris en tres horas más de cabalgata. "Pero, buen soldado" le dijo a continuación, "Deberías saber que a una hora, en esta misma dirección encontrarás una bifurcación en el camino. A la derecha, el camino a San Boris, a la izquierda, el camino a Pecadstopol. Deberías saber también que recientemente se ha abierto en Pecadstopol el mejor burdel que tu alguna vez pudieses imaginar. Con las más hermosas jóvenes del país. Allí no falta la algarabía, la risa ni el mejor vodka de la región" le dijo el viejo. Tal revelación, totalmente impensada en tan inhóspita región, le llegó a Capuano como una anunciación celestial. Agradeció al viejo la información y partió raudo, con energías renovadas y la libido en alza.
Al llegar a la bifurcación tomó decidida y deliberadamente hacia la izquierda.
No le fue difícil a Capuano identificar el burdel, ya que la música de las balalaicas se dejaba oír a gran distancia. Además, un par de señoritas, casi sin ropas, se encontraban en animada conversación junto a la puerta del local. Capuano se apeó, con toda la hidalguía que aun conservaba de su señorío andaluz, se aproximó a las señoritas, les hizo una reverencia y del brazo de cada una de ellas hizo su entrada en el salón del burdel. La aparición de Capuano, con su colorido uniforme francés, acalló las conversaciones y silenció las balalaicas. Se hizo un espacio en el centro del salón donde Capuano, ya solo, se encontraba parado observando lo majestuoso del lugar. De inmediato, se abrió el muro de gente que lo observaba, e hizo su entrada una señora. Si bien era ella mucho mayor que las jóvenes del lugar, su presencia y vestimenta, no le hicieron dudar a Capuano de su condición de dueña del lugar. La Madama lo saludó con cortesía, y le dijo que podía elegir a la mujer que más le gustase. No sin salir de su asombro, y un tanto torpemente, Capuano comenzó a observar a las señoritas. Después de mirar a la mayoría, sus ojos se detuvieron en una pequeña joven, de ojos verdes y largo pelo rubio, de tez muy blanca y busto firme, de mirada inocente y gesto provocador. "¡Ella!", dijo Capuano firmemente, mirando a la Madama, con convicción. Hubo en la sala un entrecruzamiento de miradas entre las jóvenes y la Madama, como expresando algún contratiempo o inconveniencia. "Muy bien", replicó la Madama, "te irás con Irina, aunque no sé si es aconsejable que vayas con ella esta noche", dijo con cierto dejo de preocupación, "pero respetaré mi palabra. Puedes ir con ella".
Capuano tomó a Irina del talle y juntos subieron las escaleras bajo la atenta mirada de toda la concurrencia. Las balalaicas retomaron los compases tímidamente.
La habitación no era muy espaciosa, pero tenía la calidez que le brindaban las cortinas, las lámparas y el gran espejo ubicado al costado de la cama de dos plazas. Capuano, se sintió volar de emoción, y notó con satisfacción que sus partes comenzaban a iniciar el esperado proceso de inflamación. Delicadamente, Irina le dijo que debía ir a prepararse al toilette, y luego de abrir la puerta ubicada frente a la cama, la joven desapareció.
Sin mayor preámbulo, Capuano se sacó totalmente la ropa, se introdujo entre las suaves sábanas, y apagó la luz. No dejaba de imaginar a Irina, su belleza, su rostro, su pelo y ese par de pechos que lo habían hechizado a primera vista. Ella saldría del toilette en unos minutos, y todas sus fantasías se verían hechas realidad. Sólo era cuestión de esperar unos minutos más.
De pronto, unos golpes inesperados estremecieron la puerta de entrada. Capuano, pensó que debía tratarse de la Madama, con alguna última recomendación, o quizás trayendo algún licor para invitar al forastero, y comenzó a incorporarse para prender la luz. En el momento preciso de encender el chispero, quedó petrificado al escuchar la muy conocida voz que llegaba desde el exterior de la habitación. "Irina, mon amour, c'est moi, Le Comandant D'Artilleurs Jean Baptiste Laffitte La Fleur", anunció el comandante con aflautada y melosa voz. Capuano se tapó bruscamente hasta la cabeza con las sábanas, sumido en el más inmenso terror. Allí debajo, escuchó como la puerta se abría, y las botas del comandante daban los tres cortos pasos hacia la cama. Sintió como un pesado cuerpo se sentaba junto a él. Escuchó las dulces palabras del amante recién llegado: "Irina, mon pettit, veo que me esperas debajo de las sábanas. Ya estoy contigo" dijo el comandante mientras se escuchaban los sordos sonidos de la ropa al deslizarse de su cuerpo y caer al suelo. El ruido de los cintos, y finalmente el de las botas al caer pesadamente sobre el suelo paralizaron a Capuano, que a este punto ya era incapaz hasta de respirar. Sintió como el cuerpo de su comandante se introducía en la cama. Sintió con gran terror como la otra piel se deslizaba sobre su piel agonizante. Sintió las manos del comandante recorrer su cara y su torso. Y de pronto, oyó la voz confundida de Laffitte La Fleur que le decía "Mon Dieu, Irina, que pelo tan corto que tienes hoy". Capuano pensó que ya, indefectiblemente perdido, debía intentar algún último recurso, y le contestó con voz en falsete y acaramelado acento ruso. "Es que te esperaba con la sorpresa de mostrarte mi nuevo corte de pelo, mon chéri". "Très bien, Irina", respondió el comandante, "pero, que cutis tan raspador tienes hoy" exclamó dubitativo. "Es para hacerte cosquillitas al besarte, mon amour" respondió Capuano ya sin esperanzas. "Pero Irina, que pechos tan pequeños tienes hoy", dijo el comandante a modo de reclamo. "Es para que puedas contenerlos enteramente en tus manos, mon amour", respondió Capuano, sabiendo que la farsa ya llegaba a su fin. Al darse cuenta, el comandante, de que estaba siendo víctima de un engaño, llevó su mano hacia abajo, a modo de prueba final. Encontró lo que nunca hubiese deseado encontrar en ese lugar, en ese momento, y explotó de ira. Bruscamente se incorporó y gritó "¡Cochon! ¿Quién es Usted? ¡lo haré pasar por la guillotina, a Ud. y a todos los de este mísero burdel!" mientras golpeaba a su desconocido acompañante. Fuera de sí, y con demencial furia, el comandante saltó de la cama en busca de su sable.
Lo último que vió en vida el Monsieur Le Comandant D'Artilleurs Jean Baptiste Laffitte La Fleur, fue el fogonazo del trabuco que Irina disparó inmediatamente después de abrir la puerta del toilette.

Una habitación al amanecer


En el mismo instante en que Enzo cruzó el vano de la puerta, lo asaltó la imagen de la catástrofe. Esa imagen de Ana en el piso, duplicada por el espejo, lo paralizó por un momento, para inmediatamente reaccionar y correr hacia ella. Entre gritos de dolor y angustia, sintió la frialdad del cuerpo al tocarle la espalda. Juntó coraje para voltear su cabeza y observar su rostro. Esos ojos tan abiertos, como petrificados en una expresión de pánico, parecían mirarlo explicándole de una muerte dolorosa y tétrica. Aterrorizado, soltó la cabeza bruscamente. El ruido del rostro de Ana contra el piso de madera, retumbó en la densidad del aire cargado de muerte explícita. Casi de inmediato, las campanas del reloj de pared dieron las siete. Tomó un almohadón, y con dificultad e inmensa ternura, lo colocó bajo la mejilla derecha de ella.
Durante minutos se preguntó "¿Porqué? ¿Porqué?" sin encontrar justificación a esta muerte tan impensada. Se sentó en el borde de la cama, con sus pies casi tocando las piernas de su esposa. Se tomó la cara, y con sus codos sobre las rodillas, observó el cuerpo contorsionado e inmóvil. La expresión de terror se encontraba ahora semioculta entre el cabello enmarañado y los pétalos rojos del almohadón. La espalda encorvada. Sus brazos hacia adelante, con los puños firmemente cerrados. Sus piernas flexionadas, casi de costado. Observó con espanto la blancura de su piel. Junto a una pata de la mesa de luz, casi al lado de la nuca, vio el celular de Ana.
Con gran dificultad por su estado de total conmoción, tomó el teléfono, y llamó a su hermana. Ésta respondió con cierta sorpresa, dado lo temprano del horario. Enzo le dijo con voz desencajada y casi gimiendo "Ana está muerta. La encontré hace un rato tirada en el piso del cuarto. Yo volvía de viaje y me la encontré así ¡No lo puedo creer, no lo puedo creer!" Y a modo de súplica agregó "Por favor, llamá a la policía o a quién sea, yo no puedo más", y la despidió.
Con la pretensión de conservar el orden en medio del gran desorden, volvió a colocar el teléfono celular exactamente en el mismo lugar donde se encontraba. Volvió a recorrer con su vista el cuerpo de Ana, ahora con más detenimiento. Notó que en su mano izquierda faltaba el anillo de casamiento. Con sorpresa se dio cuenta de que un papel asomaba del puño crispado de la mano derecha. Con gran trabajo logró abrir los dedos rígidos y tiesos. Tomó el bollo, lo desenvolvió y apoyándolo sobre la cama le pasó la palma de la mano para alisarlo.
Era una carta. Con temor, la tomó y comenzó a leer.

"Amada Ana:
Con mucha vergüenza debo confesarte que esta carta es la victoria de la cobardía por sobre el amor. Me fue imposible decirte todo personalmente. Lo intenté sin éxito durante los dos últimos días, Incluso ayer, cuando nos vimos en el bar de Thames. Simplemente, no pude. No pude porque temía derrumbar tus ilusiones llenas de amor y esperanza. No me animé a cumplir con los planes que nos habíamos prometido con tanta pasión y frenesí. No me animé a mostrarte mi cobardía.
No puedo irme con vos. No puedo llevar a cabo nuestra fuga a Lima, a emprender una nueva vida juntos. No sé si algún día podrás llegar a perdonarme toda mi bajeza, toda mi traición. Yo no me lo perdonaré jamás.
Cuando leas estas líneas yo ya estaré lejos. He pedido al arzobispo un traslado a una capilla muy alejada, donde oficiaré de cura párroco. Allí no podrás ubicarme.
No significa esto que vuelva al llamado de Dios, sino que me refugio en la casa de Él. Penaré allí por no ser lo suficientemente fuerte como para cumplir nuestro sueño de conformar la pareja que durante tantos años soñamos formar.
Con amor eterno
Ovidio"

Al leer esto, las lágrimas de Enzo comenzaron a escurrirse por sus mejillas, caían al vacío y terminaban resbalando sobre el papel, dónde comenzaban a borronear las letras manuscritas. Abrió grandemente la boca, aspiró y soltó un grito desgarrador, que retumbó por todo el ambiente, y por todo su cuerpo. Comenzó a llorar con desolación, se arrodilló sobre el piso, junto al cuerpo de Ana, y se desplomó a sus pies. Después de unos minutos abrió los ojos. En la penumbra reinante debajo de la cama alcanzó a ver la silueta de un frasco de pastillas abierto, algunas pastillas esparcidas por el suelo, y un sobre verde. Recobró con torpeza cierta lucidez, y con un gran esfuerzo se incorporó. Al abrir el sobre encontró un pasaje aéreo con destino a Lima a nombre de Ana.
Como si la secuencia de eventos hubiese estado programada con antelación, el teléfono celular comenzó a sonar. Se agazapó para recogerlo.
En la pantalla de tenue luminosidad alcanzó a leer "Ovidio".
Lejanamente se comenzaban a escuchar unas sirenas.

Ella y los maletines


Nunca más la volví a ver. Sólo sé que después fue esposa, madre y amante de alguien por un tiempo. Pero fue ella la que ese día me lo explicó todo. Me comentó hasta los más insignificantes detalles. No dejó el más mínimo resquicio de duda. Me sorprendió mucho toda su planificación y su estudio de la situación. Yo había sido el elegido para dirigir la parte operativa del golpe. Eso me daba la posibilidad de lograr algún porcentaje mayor del botín. Esto terminó por decidirme. Eso y el beso, que aún no logro olvidar.
Llegó el día con una carga de expectativas y ansias que me amartillaban las tripas. Ella ya estaba instalada al volante del auto deportivo y yo, que debía verla cuatro minutos después, me iba con los otros dos colaboradores al lugar del operativo.
Todo salió como ella lo había planeado. La llave, la anulación de la alarma, el tomar por sorpresa al guardia, y la apertura de la caja fuerte. Perfecto, todo perfecto. Salimos caminando con los cinco maletines. Subimos al auto, y en la gasolinera ya determinada, nos detuvimos. Dos maletines para ellos, tres para nosotros. Y chaval, si te he visto, no me acuerdo.
La noche fue de esas en que no se duerme. Con ella acostada a mi lado, noche de amar y callar, y de mirar al cielo raso. Esbozamos tímidamente algún plan de a dos. Cuando logré dormir ya era tarde.
Al despertar, todo fue nada, nada de ella, nada de maletines.