domingo, 30 de noviembre de 2008

Noche sin paz


Se fue a dormir con la alegría de saber que su tiempo estaba llegando. En pocas horas más, su marido se iría de la casa, tal como habían acordado ante los abogados, como parte del proceso del tan ansiado divorcio.
Hacía meses ya, que dormía en el cuarto de su hija. Dejar de dormir en el lecho nupcial le había dado cierta tranquilidad. En primer lugar demostrar con hechos su decisión de romper con las premisas de un matrimonio, que ya hacía unos años, no era lo que ella había deseado, ni siquiera imaginado. En segundo lugar, la seguridad que le brindaba la presencia de su hija, que si bien pequeña, le otorgaba la tranquilidad que, en principio, ningún acto de violencia se produciría ante los ojos de la pequeña.
Ya eran horas nomás. Tal como constaba en el convenio, él se iría el domingo, radicaría un nuevo domicilio y ella se quedaría en la casa. El régimen de visitas, la división de bienes y otras cuestiones, habían quedado perfectamente aclaradas durante las tediosas reuniones entre ellos y sus respectivos abogados.
Ella sabía que existía otra vida. La que había llevado hasta ahora, limitada, absorbida y encerrada no la hacía feliz. Tampoco la violencia, la denigración y la indiferencia que experimentaba de parte de su marido, las que prontamente llegarían a su fin.
Se acostó. La respiración de su hija dormida le contagió serenidad.
Pensó en aquel hombre. Lo había conocido hacía un año. Ella se había enamorado desde el momento en que descubrió que el amor podía ser algo diferente a lo que había sentido hasta ese momento. Se dio cuenta de que no sólo la pasión era algo que brotaba libremente, sino que también existían muchas cosas para compartir y soñar. En los brazos de él había encontrado una razón para seguir creyendo, como para sentirse más joven y para volver a confiar en que había sueños que podían ser llevados a cabo de a dos.
En el transcurso de los últimos meses, su amante le había dado muestras de un compromiso firme y de un amor auténtico, demostrado en más de una oportunidad. Los planes urdidos entre abrazos y caricias parecían poder concretarse en breve, y de allí una nueva vida en la libertad alejada de ese matrimonio esclavizante.
No escuchó la puerta abrirse. La despertó la mano fría de su esposo que se posaba sobre su hombro.
Entre sollozos, atenuados para no despertar a la niña, él le dijo que no podía irse. Bañado en lágrimas le repitió que la amaba, que su vida sin ella carecería de sentido. Sumido en un triste llanto le pidió, como tantas otras veces, una nueva oportunidad.
El hecho de haber sido despertada tan abruptamente la confundió. Las lágrimas le removieron viejos instintos y la lástima la abordó. Posó su mano izquierda sobre la cabeza de él y con la derecha apartó las lágrimas que brotaban de sus ojos. No rechazó el beso que él tímidamente le dio sobre sus dedos.
Quiso creer una vez más en él, en los juramentos de una nueva vida, de que cambiaría y de que todo sería diferente, a partir de ése momento.
Sin ningún fundamento, ella quiso volver a creerle y no rechazó la mano posada sobre su pecho, debajo del camisón. Tampoco supo porqué, accedió a ir a la cama matrimonial esa noche. Y con una convicción precaria hicieron el amor de modo triste y sin que la vergüenza estuviese ausente.
Él finalmente retiró el brazo donde ella apoyaba su cabeza. Puso el codo sobre el colchón y con la palma de la mano sujetó su mejilla. La miró a los ojos y con el mayor de los desprecios le dijo pausada y serenamente: "sos una puta".
A ella no le sorprendió su insulto. Volvió de repente a recordar la cantidad de veces que se había sentido ultrajada por ése hombre. La indignación comenzó a invadirla. No por el insulto recibido, sino por haber traicionado sus planes de liberación, por haberse traicionado ella misma, sucumbiendo ante un nuevo juramento de respeto, rápidamente incumplido. Pensó en su amado. Lo sabía totalmente ignorante del suceso, pero no se perdonaba esta infidelidad. No se perdonó no haber podido cumplir con lo que ella había deseado largamente.
Aprovechando que él ya se había dormido sobre la desarreglada cama, se levantó. Pasó por el cuarto de su hija. Le dio un beso en la frente, con la suavidad necesaria para no despertarla. Se quedó unos instantes sentada junto a ella, con la sola intención de observar su paz al dormir.
Se dirigió a la cocina. Abrió la heladera y sacó un frasco de dulce. Caminó por la casa como quién camina por un lugar ajeno y desconocido. Abrió el segundo cajón de la gaveta del escritorio y tiró al piso la franela con olor a vaselina.
Entró al baño. La traición a sus convicciones y al amor que la estaba esperando más allá del domingo, lleno de planes y esperanzas la estremecieron, una vez más.
Se untó el sexo con jalea de membrillo. "La bala atravesará con menor fricción" pensó. Y cerró los ojos.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Desde el mismo jardín


Una vez admitido el inconcebible resultado de su proceder, no le quedaron dudas de que su vida se tornaría irreversiblemente cruel a partir de ése momento.
Abrió la puerta de su habitación, justo en el momento en que la luna se escondía detrás de una nube solitaria. Hacía calor y el repentino cambio de luz, lo animó a salir al jardín. Sólo le bastó dar el primer paso para que el frío del rocío sobre el césped, se transmitiera invasivo, hacia todo su cuerpo. No le dio importancia y sus pasos lo alejaron de la casa en forma casi mecánica. Su nerviosismo lo había puesto en un estado tal de excitación que tampoco le molestó mojar su espalda al recostarse sobre la reposera húmeda y pegajosa. Luego de un prolongado y profundo suspiro, miró al cielo, ya sin aquella inoportuna nube y trató de comprender el significado de lo acontecido.
Su propia sombra se dibujaba tenue, delineando una difusa silueta sobre el césped, pero no reparó en ella. De a poco fue sintiendo como su cuerpo comenzaba a experimentar una sensación de laxitud, que hacía mucho tiempo no sentía. Trató de poner en orden sus pensamientos, pero éstos todavía se encontraban dispersos y conmocionados. Bajo ese cielo que lo cautivaba y le traía recuerdos de sus más placenteras vivencias, trató de alejar algunas recientes imágenes que le eran de encarnado dolor. Tuvo plena conciencia de sus actos, podía volver a reproducir con exactitud toda la escena, pero tendría que esmerarse para aceptar y entender el futuro a partir de su nueva realidad.
El canto de un grillo, lo hizo desviarse de sus pensamientos, y lo llevó por unos pocos segundos a imaginarse un mundo sin sonidos. No pudo recrear en su mente semejante abstracción, esa noche era de sombras, pensó, como si se tratase de un mandato de obligada obediencia.
Recordó su niñez, y las fiestas familiares en ése jardín, en las veces que les era permitido a él y a sus primos, jugar hasta horas bien tardías. Para esos momentos, a los mayores nada les importaba, gracias a las influencias de los vinos de guarda, que su padre sólo abría para esas ocasiones. Le vino a la memoria la noche en que el rayo había acertado caer sobre el viejo ciprés, atemorizando con el terrible estruendo y su refulgente luz a toda la familia. O esa primera noche con Emilia, cuando al amparo de los ligustros se juraron amor sincero mientras desparramaban sus ropas sobre ése mismo césped.
¿Qué va a ser de Emilia? pensó a modo de estéril interrogación. Por la tarde la había encontrado de un humor lúgubre y con la mirada ausente. Se preguntó porqué había accedido a casarse, a pesar de que con antelación, había descubierto que no era amor lo que lo había acercado a ella. Tenía la certeza de que había sido en parte insistencia de las familias, y en parte, la facilidad con que una joven bonita y de buena posición social, se le entregaba en forma dócil y sin resistencia. No podía decir que no la quisiera, quería creer que la había amado, aunque sabía que ese sentimiento hacía tiempo se había tornado una mezcla de hastío y conveniencia. Se le hizo presente cuando el bonachón de su suegro le había ofrecido, en una noche tardía, nombrarlo gerente de la empresa, y para sorpresa de él y de todo el entorno familiar, un mes más tarde cumplía su promesa. En ese mismo jardín se festejó el acontecimiento, recordó con un dejo de tristeza. Todos los invitados y toda la pompa de la celebración fueron insuficientes para alegrar el rostro de Emilia, que hacía una semana volvía a perder prematuramente su segundo embarazo.
Dirigió su mirada hacia la casa, y vio en la ventana de su habitación, una sombra estática y vigilante, sólo interrumpida de a momentos, por el suave balanceo de las cortinas. Seguramente, se dijo, tendría que acostumbrarse a ello.
Volvió a replantearse el día: su llegada después de una ardua reunión de directorio, en la que su opinión era diametralmente opuesta a la de su suegro, y el deseo imperioso de llegar a la casa. Deseo que se vería opacado con la recepción autómata y rutinaria del personal doméstico y la indiferencia de su siempre alicaída esposa. Sintió que ya no había otro lugar donde encontrar reposo ni contención. Pensó, no sin sorprenderse, de lo reciente de esta nueva situación; sólo horas lo separaban de ésa metamorfosis tan fantástica como inimaginada.
Se vio entrar en la habitación y encontrar a Emilia sollozando sobre la cama. No pudo resistirse a abrazarla e intentar una protección que ya no se sentía capaz de brindarle. Sin embargo no lo dudó, la abrazó y le susurró palabras de aliento junto a su oído. Conciente de que ni él ni ella lo creían espontáneo, lo siguió haciendo, con la certeza de saber que era parte del juego que los sustentaba a continuar.
Lo distrajo una luciérnaga que imprevistamente se posó sobre su muslo. No era habitual, para esa época del año la aparición de éstas, pero lo celebró con una nostálgica sonrisa. Era como la aparición de la luz, en una noche de abundante sombra.
Sus pensamientos regresaron rápidamente a la habitación. Se vio nuevamente sobre la cama, digiriendo los lamentos de su esposa vacua y lejana. Remembró la mutua ausencia de deseos, y la mustia sensación de hartazgo, de una Emilia poco amada y su propia e inescrupulosa ambición de progreso social, mal saciada. Ordenó un sinnúmero de recientes imágenes prematuramente envejecidas y decidió conservarlas como último recuerdo de ella. Y la vio tirada sobre la cama, con sus ojos casi inmóviles apuntando hacía arriba, sin ver ni percibir. Hinchados y rojizos, inundados en lágrimas y miserias, incapaces de concebir alguna imagen, rebosantes de oscuridad.
Un fugaz y repentino brillo de la luna sobre su anillo logró desviarlo de sus pensamientos. Por un momento trató de permanecer alejado de ellos; pero de inmediato regresó a aquellos abrazos, que se prolongaron por largos minutos, en los que el silencio imperó estruendoso. Emilia trató que el abrazo se convirtiera en beso, que él aceptó de forma casi involuntaria, o tal vez por concesión a una realidad que sabía ya el relicto de un pasado lejano. Al momento de darse cuenta de que ése beso significaba más lástima que deseo, se separó abruptamente de ella con un leve, pero significativo empujón.
Mientras observaba una vez más como la luna se escondía tras una nube grisácea y oscura, recordó como Emilia comenzaba a llorar con su rostro cubierto por ambas manos, mientras él mismo se incorporaba con un movimiento premeditado y veloz, quedando parado a los pies de ella.
Fue en ese momento cuando tomó coraje, recordó, y se dio la potestad de confesarle toda su verdad. Con tristeza y sin remordimiento le dijo lo que ella hacía tiempo sabía. El "ya no te quiero" sincero y largamente contenido resonó sin respuestas durante largo rato en la habitación fría. Ella, luego de dirigirle una mirada última, comenzaba a convertirse lentamente e inexorablemente en una sombra.
El no podía creer lo que estaba ocurriendo. Convulsionado, trató desesperadamente de tocarla, abrazarla o algo; pero ella ya era intangible y etérea. La sombra o Emilia, iba y venía por la habitación sin derrotero, casi sin ataduras, pero en cierta forma con una libertad nueva.
Recostado sobre la reposera, que al pasar del tiempo resultaba más fría, recordó sus últimos intentos de revertir la situación con palabras y promesas vagas. Todo fue inútil y vano. Luego de un largo rato de ver la sombra de Emilia deambular dentro de la habitación, se dio por vencido con una mezcla de espanto y conmoción.
Dirigió una vez más su mirada a la ventana de la habitación y vio como la sombra permanecía calma y sosegada sobre el alfeizar, justo cuando la tormenta se anunciaba feroz.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Fin de juego


Ahora, parado solitario frente a la puerta, sintió que el paso final estaba ahí, a menos de un metro por delante suyo.
El hombre había llegado a la última puerta. El proceso de alcanzar este punto culminante le había resultado arduo y tedioso. Aún recordaba, a modo de penosa búsqueda, todo el tiempo transcurrido desde el inicio del recorrido. Tampoco olvidaba los infranqueables obstáculos que había tenido que sortear, e incluso las veces que tuvo que volver atrás para comenzar un nuevo intento.
Imponente y de una impresionante fortaleza, la puerta era de color gris, totalmente sólida y construida en una sola pieza. No tenía visillo ni picaporte, ni ningún otro objeto que sobresaliera de su pulida superficie. El hombre se agachó y con sus manos trató de sentir si existía alguna corriente de aire proveniente del otro lado. Se agachó aún más, y con su cabeza contra el suelo quiso ver si alguna evidencia de luz se colaba entre la puerta y el piso. Nada, parecía totalmente hermética.
Al cruzar la puerta se encontraría con una enorme cantidad de cosas. Se imaginaba salir y sentirse invadido por las extraordinarias fragancias que emanaban de aquella cautivante pradera inundada de flores silvestres. Sintió el aroma penetrar invasivo en sus fosas nasales. Vio el lago, que se recostaba junto al verde, adornado por innumerables flamencos y cisnes. Vio el cielo diáfano, plagado de golondrinas que daban permiso al comienzo de la primavera. La suavidad del sol le iluminó el rostro, y sintió su tibieza sobre la espalda. Con agua fresca y cristalina del manantial, sació su sed acumulada. Pudo sentir y percibir todo lo que había imaginado. Finalmente, se imaginó plácido, recostado sobre el césped, mientras observaba unas pocas nubes que en forma lenta flotaban hacia el lago. Se dio vuelta y ya no vio la puerta, lo que lo hizo sentir más seguro.
De pronto, el ruido metálico de la cerradura, lo hizo volver a su realidad. La puerta, despaciosamente, comenzaba a abrirse en total silencio. La emoción y la ansiedad lo invadieron, mientras que su corazón parecía latir en forma desmesurada. Cerró los ojos y pensó que cuando los abriera estaría frente a aquella magnífica pradera del lago.
La puerta hizo un ruido seco y tosco, como indicando que había llegado a su tope. El hombre abrió sus ojos y con enorme asombro vio una pared de ladrillos que bloqueaba la salida. Sobre ella, una leyenda escrita con aerosol fluorescente: "Game Over".
Apoyé mi frente contra la pantalla y metí mi mano en el bolsillo. Al tiempo que el metal enfriaba mis dedos, las ganas de vomitar se me volvieron irrefrenables.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Cinco segundos


Apenas se dio cuenta de que bajaría del cielo en forma casi vertical, acomodó su cuerpo para recibirla. Gutiérrez sabía que si lograba pararla con el muslo, la podría amortiguar y dominarla rápidamente para dar un pase en profundidad sin que su rival pudiera obstruirlo.
El Serrucho Aguilera no pudo creer la forma inverosímil en que había quedado tirado en el piso. La reciente demostración de habilidad para dominar una pelota de aire lo hizo calcular mal y dar una ridícula pirueta, que lo dejó "pagando". Completamente desairado, oyó algunas risas provenientes del público cercano al alambrado. Con gran irritación, adivinó de inmediato que el griterío se volvería infernal cuando el puntero derecho tomase el pase en profundidad, bien pegado al lateral.
El clamor de las tribunas envalentonó al chiquito Sepúlveda. Recordó al instante la larga convalecencia de su última lesión y pensó en su novia, que lo estaría mirando desde la platea local. Empezó a correr junto a la raya unos instantes antes de que el pase partiese hacia él. Sin haber tocado aún la pelota, con un vistazo casi imperceptible pero efectivo, conoció al detalle la ubicación del resto de los jugadores. Se tranquilizó al no escuchar el silbato del árbitro, ya que por un momento había sospechado que podría encontrarse en posición adelantada.
El árbitro dudó, y su primera intención fue la de hacer sonar el silbato. Sin embargo, la maestría de la jugada y el hecho que el equipo local fuese en desventaja, lo hicieron cambiar de parecer. Continuó corriendo hacia adelante y pudo observar cómo la pelota era impulsada en forma de centro, que inequívocamente iba a ser cabeceada por el centrodelantero que ya se preparaba para recibirla.
Al momento de saltar a cabecear, Cacho Garisoldi comprendió que no se trataba de una jugada más. Él, que llevaba convertida una cantidad impresionante de goles, supo que era ése el momento de cimentar una historia larga y exitosa, o no. Midió la trayectoria de la pelota al mismo tiempo que se daba cuenta de lo importante de su decisión. Se convenció de que la conversión del gol sería bastante sencilla. Ya en el aire, la duda lo volvió a asaltar. Recordó la visita que había tenido en los vestuarios, y el color de aquellos billetes. Al momento de cabecear, fue también conciente de la mala ubicación del arquero rival.
El gato Herrera, guardavalla de larga experiencia, reconocería durante muchos años que su salida a cortar el centro había sido totalmente a destiempo. Desubicado junto al primer palo, había "regalado" involuntariamente todo el arco vacío para que la conversión resultase muy fácil. Escuchó el sonido del parietal derecho contra la pelota, un poco apagado por el estruendoso murmullo de los espectadores a su espalda. Con gran sorpresa vio como la pelota pasaba velozmente muy por encima del travesaño, un yerro muy difícil de explicar. En ese mismo momento se convenció de que los rumores que circulaban sobre la conducta del centrodelantero debían ser totalmente ciertos.

domingo, 26 de octubre de 2008

Lo oscuro de ahí


Llegué al bar atraído por esa inverosímil convocatoria que había leído en el diario del domingo. El aviso era pequeño y en página par, pero al descubrirlo me cautivó de inmediato. Se solicitaba la presencia de público entusiasta, para llevar a cabo un una suerte de experiencia colectiva.
Ese domingo el bar se veía interesante. Traté de llegar ni muy tarde ni muy temprano, como para sopesar el ambiente. Con cierta timidez abrí la puerta de cristal, e inmediatamente noté que la mayoría de las mesas estaba a medio llenar. Se había montado un escenario en el que sólo se podía ver, por el momento, un trípode que sostenía un importante micrófono en el sector central.
Preferí no sentarme muy adelante, para no ser tan partícipe, ni muy atrás como para no perderme nada, así que apunté al sector del medio. Allí, una cabellera rubia atrajo inmediatamente mi atención. Aparentando una fingida distracción, di una vuelta para observar con mayor detalle el rostro de aquella llamativa mujer. Era rubia y hermosa desde donde se la mirara, y para mi sorpresa, la silla a su derecha estaba libre.
Con un simple pedido de permiso me acomodé en el lugar, que quedaba junto a una especie de cortinado lateral. No hubo charla previa, más que las palabras de rigor. Los minutos anteriores al comienzo del evento me resultaron un suplicio: fue una lucha descomunal entre mis deseos de mirarla y mis pruritos de buenas maneras.
La entrada del coordinador significó una especie de alivio. Explicó con lujo de detalles el sentido de la experiencia. Sin embargo, la presencia de ella y algunas de sus miradas no dejaron de inquietarme. Esta situación desvió tanto mi atención que no logré entender en absoluto la explicación ni de la razón de la convocatoria. Yo sólo trataba de no enloquecer.
De repente, la luz se apagó.
Lo primero que llamó mi atención fue que nadie se alarmó. Se percibía una calma casi coordinada, quizás esperada, por lo que traté de proseguir al tono de la conducta de la concurrencia.
Al principio me asombró el sonido de las respiraciones de los asistentes, sentí que sonaban muchísimo más fuerte que con luz. Para no mencionar los carraspeos nerviosos que retumbaban de forma casi estrepitosa. A los pocos minutos pude notar algunas luces que se colaban por entre las ventanas, acompañadas invariablemente por sus propias sonoridades: una moto con su faro, un colectivo con su particular iluminación. Y otras veces, la ausencia total de luces y ruido que cautivaron fuertemente mis sentidos.
Me encontraba absorto entre esas sensaciones, cuando una mano interrumpió mi ciega contemplación. La mano venía desde la izquierda y no mostró ningún atisbo de timidez. Me tomó en un momento de distracción total, sumido en mis pensamientos sobre la experiencia de ausencia de luz. En silencio, dos manos tomaron mi cara y en forma simultanea nuestras copas fueron a dar al piso, causando un eco casi estruendoso. Le siguió un beso feroz, cobijado por el total anonimato de la negrura espesa, pero cargado de astucia y pasión ficticia. El marco de transgresión le agregaba al beso una indescriptible cuota de adrenalina y tentación. Me vi arrastrado voluntariamente hacia el cortinado, donde caímos casi rendidos ante los deseos de cada uno de nosotros. Las manos no encontraban destino fijo, mientras nuestras bocas no dejaban de buscar sitios nuevos. A su vez, implícitamente, divagamos en la condición tácita de no emitir el menor de los sonidos, lo que añadía una magia especial a nuestro momento. Cierres, cintos y botones se abrieron con el mayor de los sigilos. Y llegado el momento, la locura ya no tuvo contención ni límite.
La luz volvió con algunas palabras lejanas que nos tomaron por sorpresa. Las cortinas nos salvaron del ridículo pero no de ser el foco de atención de la concurrencia.
Todos me miraron con curiosidad cuando lentamente me senté junto a mi mesa. Todos la observaron, cuando elegantemente atravesó la puerta de cristal hacia la calle.
Ya en mi mesa me dí cuenta de su evidente ausencia. El paquete de cigarrillos vacío sobre la mesa resultó como un adiós sin despedida. Comprendí todo y todo comenzó a carecer de sentido. Hubiera dado mucho más que mi billetera perdida, por saber como se hacía para volver a encontrarla.

domingo, 5 de octubre de 2008

Con la guardia baja


Frente a la puerta adornada con un crespón negro, se arregló la vieja corbata oscura, suspiró de forma profunda y finalmente entró. Entró al velorio de la forma en que sólo lo puede hacer aquel que ya ha entrado a mil velorios: paso firme, gesto adusto y la mirada dirigida con exclusividad al féretro, que siempre se ubica en el extremo más alejado del salón.
Su entrada, con caminar decidido, siempre lograba atraer cierta atención, en especial la de los familiares más cercanos. Ellos, en lucha titánica con sus memorias, no lograban recordar al recién llegado, tan compungido y de evidente cercana relación con el difunto. Ante este leve pero repentino revuelo, que él tan bien conocía, se paraba solemne frente al cadáver, sacaba el pañuelo blanco, cuya punta asomaba elegantemente del bolsillo del saco, y de a poco comenzaba a sollozar. Eran estos minutos de tristeza fingida inicial los que le permitían hacerse el cuadro de situación: condición social, edad del finado, cantidad de familiares, calidad del ataúd, etc. Nada de lo que observaba le resultaba trivial, toda la información era absorbida con detallado interés. Sabía que para ése entonces, algún familiar, conmovido por su evidente dolor, se le acercaría con la intención de revelar su relación con el finado. Ése, era el momento crucial, o se superaba con hidalguía -y un poco de suerte- o la situación condenaba irremediablemente a una retirada lo más decente posible. Era en ése momento cuando toda la información adquirida en los escasos minutos previos debían proveerlo de una frase brillante, acertada, que tuviera la mayor posibilidad de resultar creíble.
Cuando con su mano derecha se había aferrado a las manos del muerto, una voz femenina y joven lo asaltó en el momento en que él calculó que debía ser abordado. Agradeció el anís, y con la copa pequeña entre sus dedos dio un par de pasos que lo alejaron del féretro. Sabía -o quería creer-que la joven lo acompañaría e intentaría comenzar alguna conversación. Ése momento sería la gran cosecha de la noche. Hablaría de su gran amigo del colegio, y a partir de allí, escucharía toda esa invalorable información que las circunstancias le brindasen. Sin embargo, las coronas del centro de egresados del secundario, del club Social y Deportivo y de los empleados de la estación de ferrocarril, le habían propinado un inmejorable obituario del difunto. Eligió el club porque al hombre se lo veía maduro, pero con una edad bien llevada, y hasta con un cierto aire deportivo. Arriesgó a preguntar si ella era la hija, y tuvo que contener una irresistible sonrisa de satisfacción cuando entre pucheros, la muchacha le contestó que "sí, que era la menor de las dos", mientras señalaba con el índice a su hermana mayor. Andaría por los veitimuchos o treintipocos, y el hecho de que no llevase alianza, ni que hubiese criatura alguna dando vueltas por el salón, le generaron una expectativa de interés, cuyo sabor le resultaba ya conocido. Le confesó que su padre solía hablarle de ella con infinito cariño y orgullo. Alabó al difunto dentro de los límites de lo creíble. Al ver que las primeras lágrimas comenzaban a surgir de sus ojos, comprendió que la noche había sido productiva al extremo.
Luego de la siempre incómoda presentación al resto de los deudos, quienes invariablemente desconocían su íntima pero bienvenida amistad, llegaba el momento del desenlace final. Logró apartarse del grupo de familiares sin que la hija menor dejase de estar a su lado. Allí su nombre, ocupación y situación financiera le llegaron sin mayor inconveniente.
Llegado el momento de la partida, la tomó de las manos y comenzó a despedirse. Se alegró al escuchar que ella le confesaba que la existencia de un amigo tan cercano -y desconocido hasta ése momento- a su padre la había sorprendido, y que deseaba volver a verlo.
El beso en la mejilla sobre la vereda húmeda, le dio la certeza de una futura victoria.
A veces era así. El lo llamaba "la ley de la guardia baja": en este tipo de situaciones, la gente no ofrecía resistencia y mostraba o daba lo que en otra oportunidad no hubiese ni siquiera sospechado
-Hoy había sido un seguro levante- pensó con satisfacción y recordó las ocasiones de cobrar deudas inexistentes, de obtener favores, o inclusive de gratificaciones a su persona a causa de esa -bien fingida- fidelidad a una amistad de años.
Las imágenes de los ojos de la hija menor no lo abandonaban; al tiempo que el colectivo lo acercaba a la pensión.

viernes, 26 de septiembre de 2008

A pique


El agobiante silencio de la tarde, finalmente, fue quebrado por una especie de queja de uno de los amigos.
-¡Che Fusa! ¿Estás seguro de que con hígado de carnada anda bien?
-Pero si, boludo, no ves que ya empiezan a aparecer burbujitas al lado de la tanza.
-Si, las veo- contestó desesperanzado Irusta- pero de pique ni que hablar ¿no?
-Bueno viejo, yo te lo advertí, que esto de la pesca era algo para pacientes.
-OK, no te jodo más con mis preguntas- replicó Irusta bajo el impiadoso sol de enero- pero insisto en que me parece que le erramos con la carnada.
-Bueno, pero vos tenés que ver las cosas desde un punto de vista más optimista- le aconsejó mientras volvía a tomar un trago de la botella de cerveza- mirá si no, que posición ganadora tenemos ante la vida.
-¿Ganadora de qué? ¿O te olvidás el motivo por el que estás acá? Casi de "vacaciones" te diría.
-Posición ganadora, te digo- agregó el Fusa con voz que denotaba algo de enojo -te digo nuestra posición frente a los pescaditos.
-¿Qué tiene que ver el pescadito?- volvió a preguntar Irusta casi sin entender de qué estaba hablando su amigo.
-¿Cómo que "que tiene que ver"?- respondió el Fusa mientras comenzaba a alzar su voz- ¿cómo que tiene que ver?- agregó de inmediato con algo de fastidio- Imaginate que fueras un pescadito y que para alimentarte a vos y a tu familia tuvieras que ir a robar ese pedazo de hígado que flota cincuenta centímetros debajo de la superficie del agua, y que lo sabés ajeno, y que a lo mejor, es de esas comidas que vienen con trampa y que el anzuelo te lleva al otro mundo.
-Mirá que pensás raro vos- dijo Irusta mientras se secaba la abundante transpiración que le corría por la frente.- Capaz que fue por esas boludeces que perdiste tu trabajo de trompetista en el cabarute aquel, en donde nos conocimos. Roshal Naits ¿no?
El Fusa no respondió. Se hizo un silencio forzado por los recuerdos de ambos y por viejas cuestiones nunca aclaradas del todo. El sonido del río acompasaba el ligero vaivén de las hojas de los sauces que crecían al borde de la playita de arena. Pese a que todo estaba en movimiento, la quietud de la tarde tornaba al ambiente vibrante y ajeno. El sol todo lo inundaba.
-Irusta- pronunció como anunciando una confesión- A lo mejor a vos siempre te quedó la duda, pero como buen amigo, nunca me lo preguntaste, y te lo agradezco hermano- terminó el Fusa ingresando a un silencio denso, que no fue interrumpido por el otro.
-Irusta querido- dijo mientras volteaba su cabeza ante su atento amigo- Yo fui uno de esos pescaditos.
-¿De que me hablás Fusa? ¿pescadito de qué?
-Yo fui uno de esos pescaditos, viejo- pronunció solemnemente mientras con su mano izquierda daba cortas palmadas en la espalda de su compañero.-Un pescadito que necesitaba comida, para él y para los suyos.
-...
-Y así fue como esa noche tomé coraje y fuí por la carnada. Mi última noche con la orquesta del "Royal Nights"- dijo el Fusa con la voz casi quebrada.
-¡No!- dijo sorpresivamente Irusta- ¿Entonces fuiste vos el que aquella noche....?
-Fui yo- sentenció el Fusa con gesto adusto.
-Y entonces toda esa historia que me contaste sobre tu estadía aquí ¿es puro verso?
-Puro verso.
A partir de ese momento ambos eligieron no mirarse ni pronunciar palabra por un largo rato. La tarde transcurría apacible pero a su vez inmersa en una tensión que sólo el paso de los minutos junto al fluir del río comenzaron a distender.
-Bueno...., entre vos y yo..., la verdad es que el turco ese era una mierda, y un poco se andaba buscando comerse un plomo.
-Ya no losé- reconoció con timidez el Fusa- antes pensaba como vos, pero ya no más.
-Bueno hermano- dijo Irusta con voz que pretendía mostrar cierto entusiasmo- en dos semanas más ya nadie se acuerda, y te tomás el piro de esta isla de mierda.
El Fusa no respondió. Su mirada se perdía en la salvaje vegetación de la costa de enfrente.
-¡Che boludo! ¡prestá más atención!, ¿no ves como se hunde tu corchito? seguro que hay algo grande que está picando- dijo el Fusa mientras su rostro se debatía entre ocultar una lágrima y un nuevo trago de cerveza caliente.