domingo, 7 de septiembre de 2008

El lago del ocaso (5/5)

V- TORRESI

El asunto de la muerte de la joven no le permitió dormir. Durante la noche, se dirigió en repetidas oportunidades al cuarto de su hija. El verla dormir a través del vano de la puerta lo tranquilizaba, al menos temporalmente.
Cuando al fin pudo conciliar el sueño, el teléfono volvió a llamar a un horario totalmente inusual. Se vistió de prisa.
Al llegar a la estación se encontró con noticias que no podían haber sido peores: pescadores, en la zona de Punta Mojada, habían encontrado la chaqueta del Guardaparques Goitía flotando sobre las aguas del lago. Su tristeza fue demoledora. Su querido amigo Goitía, ese gran muchacho, por el que más de una vez había albergado esperanzas de una eventual relación con su hija, estaba desaparecido. El pronóstico no se presentaba nada alentador.
Rápidamente se organizaron patrullas de búsqueda, tanto por el lago como por el bosque, que partieron de inmediato para realizar rastreos.
El hallazgo del cuerpo de Goitía, fue posterior a la declaración de aquel joven desesperado y sollozante, que se presentó en la estación imprevistamente, promediando aquella luminosa mañana.

FIN

martes, 2 de septiembre de 2008

Espera de sala


Ese olor asquea. No voy a lograr olvidarlo en mi vida. Es como cuando se abre un tarro de gasa y sale ese olor, salvo que huele aún peor, una especie de mezcla con sangre, que gotea y se reseca en una repugnante negrura. Y cuando uno empieza a acostumbrarse a lo nauseabundo, empiezan a aparecer los ruidos. Desde afuera las interminables sirenas y gritos de los camilleros pidiendo lugar. Los camilleros y las camillas, con sus chirridos y sus quejidos, lamentos y sollozos. De todos. De pacientes y acompañantes. Y cuando todo este horror comienza a parecer normal, me doy cuenta del policía, que está sentado a mi lado, y tiene en su bolsillo la llave de las esposas que aprisionan mis manos.
Recién después de un rato, trajeron la camilla del hombre. Entró chorreando sangre, y la sábana con que lo tapaban sólo dejaba ver algo rojo y encarnado por sobre encima de sus hombros. El policía, con un ademán, me indicó que era él.
Yo venía manejando despacio, por la fila lenta. Cuando quise darme cuenta ya lo tenía debajo de las ruedas. Igualmente pisé el freno hasta el fondo, y fue eso lo que me hizo golpear la boca contra el volante. No estoy mal, pero al principio sangré mucho, yo también. Pero es que el tipo salió disparado desde los coches estacionados, corriendo, fue imposible evitar el accidente. Al abrir la puerta vi de inmediato su mano inmóvil aparecer desde abajo de la chata. Unos metros más adelante, estaba el revólver.
Mi golpe no es muy grave, seguramente voy a tener que esperar un poco a que me atiendan, pero no me importa. Sueño con el futuro.
Una banda había robado un banco, y a la salida los siguió la policía. Uno de ellos corrió solo para el otro lado, hasta que lo atropellé.
Me dice el cana que yo salgo rápido, fija. Me confesó que será casi un trámite. Y que no pudieron todavía encontrar el tercer maletín con dinero del robo. Que ya recuperaron dos, y que el que falta tenía trescientos mil dólares.
Me están llamando por el apellido. El agente se para y me hace caminar hacia el fondo del pasillo
Mientras camino hacia el consultorio, me cruzo nuevamente con la camilla. Ya no chorrea sangre, y la sábana tapa al cuerpo por completo.
El médico tiene un guardapolvo blanco e inmaculado. Parece como de un mundo ajeno a este infierno de hediondez, sangre y dolor. Me pregunta de qué me sonrío.
Una nueva sirena aturde la guardia, y ya presiento las próximas corridas y gritos.
Acostado bajo esa luz focalizada, la aguja resplandece de fulgores antes de insertarse en mi labio. Cuento mentalmente los puntos de sutura, casi con felicidad.
No sé si estoy sonriendo, sólo pienso en el compartimiento, casi imperceptible, en el respaldo del asiento de la chata.

domingo, 17 de agosto de 2008

Sine qua non


Braulio era de esa clase de tipos que la vida los había pasado por encima. Hacía rato ya que había doblado el codo y se encontraba en el tobogán vertiginoso de los años, que de forma impiadosa sólo lo veían caer más y más bajo. Contaba con una pobrísima jubilación producto de malos y nunca duraderos trabajos aquí y allá. Su rutina había sido un desorden total, hasta el día del descubrimiento, que le había hecho dar un giro imprevisto en sus expectativas de futuro.
Fue un domingo, que a simple vista hubiera resultado un domingo más. Sin embargo, ése día Braulio había acertado la tercera carrera de Palermo, con un matungo que de tan mala trayectoria, había pagado un dividendo muy elevado. Mucho dinero de una vez, como para que pase desapercibido, pensó Braulio. Detalladamente rememoró todo lo que había realizado ése día antes de salir para el hipódromo. Recordó que se había levantado un poco tarde y que se había vestido a las apuradas. No dejó de reparar en el hecho que cruzó a la churrería “Tres Hermanos” y desayunó de parado tres churros. Luego comprobó, no sin sorpresa, que su acierto había sucedido en la tercera carrera y que el caballo en cuestión llevaba el número tres.
Si bien Braulio, había juntado todas estas coincidencias con bastantes expectativas, su personalidad de tipo pesimista, le impedía creer que el hecho no había sido algo enteramente fortuito. Sin embargo, esperó al domingo siguiente con cierta excitación. Ése día se levantó tarde, pese a haberse despertado casi de madrugada. Se comió los tres churros en el local de enfrente, partió al hipódromo y apostó una suma bastante considerable al número tres de la tercera carrera. Los caballos habían cruzado el disco en forma muy pareja, por lo que el fallo demoró más que lo habitual. Cuando la pizarra mostró ganador a su caballo por un hocico, Braulio quedó absorto. Tenía conciencia que su estado de conmoción no estaba relacionado a la cantidad de dinero que había ganado, sino a la impresión de que estaba ante las puertas de un gran descubrimiento, el que probablemente le cambiase la vida.
Pasaron las semanas y Braulio pudo constatar que el resultado era infalible. Comenzó a llevar una vida sin sobresaltos, y a planear un futuro sin los sinsabores a los que estaba acostumbrado.
Aquel domingo de la tragedia, había amanecido lluvioso. Braulio comenzó a levantarse pensando que habría “cancha pesada”, lo que siempre ante la incertidumbre de las desempeños de los caballos, significaba mayores dividendos. Se vistió, salió de su casa y al cruzar la calle vio con desesperación el cartel que mostraba la puerta de la churrería: “cerrado por duelo”. Braulio tocó el timbre no sin un gran sentimiento de terror y la impresión de que algo había cambiado para siempre. Lo atendió la viuda. Entre otros comentarios sobre los últimos momentos del difunto, le contó que su esposo era el último de los hermanos fundadores de la churrería. A los hijos no les interesaba el negocio. Y le comentó esto último señalando el cartel de venta con su mano temblorosa de dolor y nostalgia.
La ceremonia del imprevisto pésame lo había puesto de mal humor. Se dirigió a una panadería cercana y pidió su rutinaria porción de tres churros. Ése día en la tercera carrera ganó una hermosísima yegua cuyo número era el ocho.
Se levantó el lunes con la firme intención de conocer las condiciones de venta del local. Para su gran decepción, ya había sido reservado, y según habían dejado saber los nuevos dueños, instalarían allí una perfumería. Fue entonces cuando, casi sin preguntar el precio, compró la máquina de hacer churros.
Instaló la churrera en la habitación del fondo y sacó de su bolsillo las anotaciones de la receta que con mucho detalle le había contado la viuda de enfrente. Luego de haber comprado los ingredientes, se dispuso a hacer su primera fabricación de churros.
Hacer funcionar la máquina fue todo un problema. Apenas la puso en funcionamiento saltaron los fusibles, y preparar una instalación acorde al consumo de la churrera le hizo perder bastante tiempo. Con el paso de los días pudo empezar a fabricar los primeros churros. La calidad fue mejorando de a poco. Al final ya no chorreaban tanto aceite, pero a su vez no estaban tan secos para que el azúcar no quede pegado sobre ellos.
El domingo, ya tenía todo listo. Tomó tres churros, y por una cuestión de cumplir los requisitos con la mayor exactitud posible, fue a comerlos junto a la puerta de la ex churrería.
Ése día ganó el número cuatro.
La desesperación de Braulio ya no tenía límites. Sabía el procedimiento inefable para ganar en las carreras, pero la inoportuna muerte del idiota de Ferreira, le había hecho que ya no pueda realizar más la totalidad de los procedimientos previstos. Llegó a la triste conclusión que lo que le estaba faltando era la mano de Ferreira, esa mano sapiente y experimentada que le daba a los churros ese toque particular que los convertía en la parte infaltable, ése paso sine qua non del proceso total.
Pasó el sábado tirado sobre la cama. Sus ojos abiertos y distantes eran sólo un adorno de su impostergable plan. El domingo, en lugar de ir al hipódromo partió temprano al cementerio de la Chacarita.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Desde el fondo del bolsillo


Tomó su lapicera fuente más preciada y verificó que el depósito de tinta estuviera lleno. Hizo unos garabatos sobre el papel a efectos de comprobar su buen funcionamiento y se dio por satisfecho.
La carta debería ser tan especial como la emoción que lo llevaba a escribirla.
No tuvo necesidad de cerrar los ojos para evocar su imagen, que decididamente lo intimó a volcar sobre el papel todos sus sentimientos.
Comenzó de la forma clásica, aunque el "querida" tenía para él un significado por demás profundo.
Le contaba que pensaba a menudo en ella y le reconoció que solía espiarla en los recreos, cuando ella compraba el sandwich y la gaseosa en el kiosco del patio. Le confesó que le producía cierto escozor, cuando ella se sentaba junto a él en su pupitre, para corregirle una composición o algún problema. O cuando pronunciaba su nombre al llamarlo al pizarrón.
Casi sobre los renglones finales recordó la imagen que no lo dejaba en paz. No había sido más que un gesto, rápido y casi imperceptible. Esa mirada, con un innegable ademán de complicidad, entre ella y el Director, el viernes en la sala de música. Eso lo había irritado de una forma que aún no alcanzaba a comprender.
Hizo un bollo con la carta, y con bronca la tiró al papelero. Rescató un chicle del bolsillo de su pantalón y se fue corriendo mientras pensaba si los chicos ya habrían llegado a la plaza.

jueves, 24 de julio de 2008

Orejas


No bien abro los ojos cada mañana, mis manos se dirigen hacia las orejas. Acomodo mi cabeza sobre la almohada de tal forma que pueda mirar el cielorraso. Con el índice y el pulgar de cada mano comienzo a palpar los lóbulos. Luego continúo por la zona curva, rebordeada, cartilaginosa del pabellón externo y llego al punto más cercano a la coronilla. Completo el recorrido con ambos dedos mayores. Me examino esa zona turbulenta y convoluta, que rodea al orificio auditivo y casi lo envuelve.
Como en estos momentos estoy medio dormido, mis inspecciones y mensuras son sólo cualitativas. Si bien confirman la tendencia que se me manifiesta desde hace un tiempo, sólo cuando me pare frente al espejo del baño, sabré con precisión cuantos milímetros han crecido desde la última noche.
Si bien la gente nada me dice al respecto, yo sé que lo perciben. Noto perfectamente las risitas y miraditas de las chicas de la oficina cuando me ven con mi nuevo sombrero de alas anchas y caídas. Pero no voy a entrar en su juego: con ellas sólo buenos días y buenas tardes. O el turro de Gómez el portero. Ese sí que la disfruta cuando me ve con las dos vueltas de bufanda por el cuello.
Sólo hablo del tema con mi primo Carmelo. Él me dice que está todo bien, que hasta quizás sea una ventaja: que a veces siento los pasos de las hormigas o que escucho los ruidos del interior de mi mesa de luz.
Nadie sabe del padecimiento de ponerse una polera; o la epopeya de girar en la cama; o de los días de viento cuando las orejas se me ponen a flamear como girasoles.
Aunque lo peor son las noches. El crujir de los tejidos cartilaginosos al estirarse, que retumban en mi cabeza, y seguramente en la habitación y en el edificio y en el barrio...

viernes, 11 de julio de 2008

El vestido rojo


Ni bien abrió la puerta de su departamento, un deseo impostergable de comenzar el fin de semana lo asaltó. Se quitó los zapatos, dejó el maletín sobre la silla e inmediatamente se dirigió a la cocina. De la forma habitual, tomó un hielo del congelador y lo puso en su vaso preferido. Lo llenó con whisky, aunque cuando ya se disponía a tapar la botella, sirvió esa porción extra que se permitía cuando el cansancio acumulado era demasiado, además, pensó, era viernes.
Con el vaso en la mano pasó junto al equipo de música y puso a sonar aquel compilado de blues que le gustaba escuchar en los momentos de relax. Abrió la puerta del balcón, y sintió con satisfacción esa tibia brisa de primavera, que tanto le agradaba recibir sobre el rostro. Se sentó y puso sus pies descalzos sobre la baranda. El cielo, despejado en gran medida, se preparaba para el espectáculo del ocaso, la hora en que los objetos se despiden de la luz y los sentidos se preparan para ser testigos de esa magia. Tomó un trago y reconoció el amigable sabor de la bebida recorrer su garganta. Pensó en lo fatigosa que había sido la jornada y tuvo la sensación de que el día, en la práctica, ya había concluido. Sólo después de unos minutos se daría cuenta de lo equivocado de su apreciación.
El balcón no era muy alto, sólo tres pisos lo separaban de la calle, pero la abundancia de casas bajas le permitían tener una vista panorámica muy poco común en ese sector de la ciudad. Además, la calle, al no tener salida, era de una tranquilidad inusual.
Le llamó la atención una mujer totalmente vestida de rojo, que se aproximaba por la vereda de enfrente, con un caminar muy sensual. Pese a la distancia, se podía advertir un rostro atractivo y una figura muy llamativa. A mitad de cuadra, justo enfrente a su balcón, ella se detuvo y abrió su cartera. Sacó una libreta y pareció constatar una dirección. De inmediato se acercó a la puerta y pulsó el botón del timbre. La casa a la que se dirigía la mujer, no le resultaba anónima. Varias veces se había fijado en ella, ya que la joven pareja que la habitaba, poseía un llamativo y lujoso coche deportivo, que estacionaban en la calle. Además, como para capturar la atención de cualquier espectador, era habitual que no cerrasen las cortinas de la habitación. Esto hacía que se pudiera observar, a veces, los pies de la pareja sobre el extremo visible de la cama. Era, pensaba él, como en el film: una verdadera ventana indiscreta.
Se abrió la puerta y observó la silueta de la joven rubia que con un beso y una sonrisa daba la bienvenida a la visita de rojo. Entraron y la puerta se cerró cuando ya el horizonte se vestía de rosa y púrpura. Mientras observaba los últimos segundos de vida de su hielo en el fondo del vaso, notó que se encendía la luz de la ventana. Al principio fue sólo la luz, sin nada que anunciara lo que iba a suceder no más tarde que unos pocos minutos. Las sombras que se percibieron luego, tampoco le llamaron la atención. Pero cuando observó, las prendas de vestir de color rojo depositadas en el piso, ya no pudo quitar su mirada de esa ventana.
Por momentos, vio como dos pares de pies, aparecían y desaparecían del extremo de la cama. Una mano casi al pasar y unos cabellos rubios, asomando apenas al campo visual, lo encontraron con su vaso totalmente vacío. Recorrió los pasos que lo separaban de la cocina con un apuro casi desmedido. Llenó su vaso nuevamente y se apresuró a volver a su puesto de vigía. Ya de noche, sólo la tenue luz de la ventana y los cuatro pies entrelazados y vibrantes, le dieron la nueva bienvenida a su balcón.
Con sobresalto notó que por la esquina se aproximaba lentamente el lujoso auto deportivo rojo. Los pensamientos lo arrasaron. Sintió una oleada de adrenalina que lo inmovilizó. Gestó para sí la imagen del marido que entra a su casa y encuentra la escena con la mujer de rojo. Imaginó violencia, sólo verbal al principio, gritos y llantos, amenazas y acusaciones. Se sintió inhabilitado moralmente de no impedir lo peor. Se sintió culpable y hasta cómplice de desatar una escena, de delatar el crimen. Se paró impetuosamente, y decidido a prevenir el fatídico e inevitable desenlace, se dirigió a la calle. Bajó las escaleras casi corriendo y trató de recobrar el aliento cuando el vecino se disponía a cerrar el auto.
-¡Buenas noches!- dijo en un tono medio agitado y con la incertidumbre de no saber como continuar. El muchacho le retribuyó el saludo con gesto de curiosidad, acelerando su propio proceso mental que le dijera si conocía o no a esta persona. Le pareció una cara conocida del barrio, pero no registraba ningún detalle adicional de este individuo que comenzaba a hablarle de su auto y hacerle preguntas sobre el mismo.
-No, no está en venta- respondió secamente. Era evidente que el tipo no sabía nada de autos, y que sus preguntas se dilataban en un sin número de vueltas inconexas, para repetirse y perderse en laberintos de palabras que jamás encontrarían un sentido.
El joven quiso terminar la charla, que ya presentaba visos de inverosimilitud, y dijo
-Bueno, muchas gracias por su interés- con la esperanza de que ese "bueno" prolongado y sereno, actuase como una invitación a concluir la conversación y despedirse. No logró su objetivo.
El hombre, comenzó a percibir que nada había hecho para alertar a la joven rubia, sino tan sólo postergar el momento del encuentro, por lo que comenzó a mostrarse molesto consigo mismo. Nada hacía percibir que desde adentro de la casa se hubieran anoticiado de la llegada del joven.
Casi desesperado y sin saber como continuar, en un acto impulsivo pasó su brazo derecho por el hombro del muchacho, y a modo confidente le dijo:
-Mirá, sé que esto te parecerá una especie de desubicación, pero si no te lo digo ahora, quizás no tenga oportunidad de pedírtelo en otro momento- le dijo en el instante en que las primeras gotas de sudor empezaban a brotar sobre su frente.
-Este auto me vuelve loco- le dijo a modo de declaración, y la idea ya comenzaba a tomar forma en la cabeza del hombre.
-Bueno- dijo el joven -ahora sí que me deja con la intriga. ¿Que es lo que me quería pedir? en una de esas puedo complacerlo- le dijo ya con la certeza de estar decidido a hacer cualquier cosa para despedir al hombre y finalmente entrar en su casa.
-OK, te voy a ser franco y voy a ir al grano- le dijo soltando el hombro del muchacho y mirándolo de frente.
-Siempre quise saber como es la sensación cuando uno se sienta frente al volante de esta joyita. Quizás te parezca que es una locura, pero te estaría inmensamente agradecido si me dejás sentar por un instante en tu auto y tomar el volante- le dijo con total conciencia de lo ridículo de su pedido. Por un momento se replanteó toda esta locura de jugar al Robin Hood barrial para evitar que se descubra la infidelidad de la rubia. La imagen del vestido rojo en el piso a los pies de la cama lo tranquilizó momentáneamente. Esos pies gozosos, vibrantes y entrelazados bien valían ser preservados y protegidos.
-No hay problema hombre. Me lo hubiera dicho desde un principio- exclamó el joven dirigiéndose a la puerta delantera del auto con la llave en su mano.
-Yo también, más de una vez, tuve de esos deseos. Venga, suba, que no hay ningún problema.
El hombre lo miró a los ojos y agradeció su gesto y en especial su comprensión. Entró al auto demorando el momento. Sabía que cuanto más dilatase la entrada del joven a la casa, más posibilidades de que desde adentro se dieran cuenta de la situación.
El auto olía a lavanda, su estado era impecable. El tablero, los asientos y los comandos le hicieron sentir que estaba a bordo de una nave del futuro.
El hombre sacó su mano del volante, con lentitud la llevó al costado y accionó con total alevosía la bocina del vehículo. Había llegado a la conclusión de que la joven rubia debería reconocer la bocina de su propio auto estacionado frente a la puerta de su casa.
-¿¡Qué hace hombre!? ¿¡Qué hace!? ¡déjese de joder con tanto ruido!, parece un chiquilín.
El hombre dio vuelta su cara, y con una sonrisa de niño travieso, lo miró de frente y le confesó:
-Siempre quise hacer esto- dijo como implorando comprensión.
-Disculpame y muchas gracias por tu amabilidad- pronunció mientras se bajaba del auto y observaba como el joven un poco molesto, cerraba con llave la puerta.
-Muchas gracias- repitió con alegría.
Después de una rápida pero casi torpe despedida el joven se dirigió a la puerta de su casa, en tanto que él se apresuró a regresar a su departamento. Se sentía contento por su propia acción. No dudaba de que los sonidos de la bocina hubieran alertado a la rubia. Calculaba, que aunque un poco escaso, el margen de tiempo había sido el suficiente para arreglar las apariencias de la situación.
Llegó al tercer piso, y sin dilaciones se dirigió al balcón. Enorme fue su sorpresa al observar en el extremo de la cama el par de pies entrelazados quietos y laxos. Pensó que su intento había sido en vano, que las mujeres con seguridad se habían dormido, y que no habían podido escuchar la bocina del auto. Sintió con tristeza que el final se aproximaba inexorablemente. Se sentó sin dejar de dirigir su mirada a la ventana.
Cuando los desnudos pies masculinos pisaron el vestido rojo, quedó perplejo.
Fue a la cocina por una nueva recarga de whisky y al retornar encontró a los seis pies fundidos en una incesante caricia que comenzaba a tornarse frenética fricción.
La noche fue larga y la temperatura descendió bastante esa noche en el balcón. Casi con la salida del sol, el vestido rojo emprendió su regreso. El auto del mismo color, contrastaba con los árboles que comenzaban a florecer.

lunes, 7 de julio de 2008

Juegos de a dos


Un caballero jugaba a las damas con una dama.
Se ubicaban frente a frente, separados por una pequeña mesa.
Después de analizar minuciosamente su próxima jugada, él levantó su mirada y dirigiéndola a los ojos de ella le preguntó:
-Vos, ¿te dejás comer?
Ella, obedeciendo a siglos de educación oscura y moralinas de damas, le respondió sin bacilar y en forma casi automática, con una negativa rotunda.
Él se levantó parsimoniosamente, juntó las fichas, plegó el tablero y guardó todo dentro del estuche.
-¡Muy bien!- dijo -de ahora en más, sólo jugaremos a los caballeros.
Y cerró la puerta tras de sí.